Cursi

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Hace 10 años... 

El auditorio de la escuela se había transformado en una villa navideña surrealista. El olor a pino natural se mezclaba con el de las palomitas de maíz y el perfume barato de cientos de adolescentes. Era una de esas noches en las que el instituto abría sus puertas a toda la ciudad, y el bullicio era ensordecedor.

—Esto es increíble. Hay muchísima gente —murmuró Nina, ajustando la correa de su bajo mientras subía los escalones del escenario. —No me digas que estás nerviosa ahora —le sonrió Sarah, siguiéndola de cerca. —No es nerviosismo, es adrenalina. Por fin las canciones suenan como deben después de esas palizas de ensayos.

Cara apareció de la nada y envolvió a Nina en un abrazo brusco pero cariñoso. —¡Esa es mi chica! Sin miedo al éxito. Sarah, sin embargo, tenía el ojo puesto en Emma. La rubia estaba inusualmente callada, escaneando cada rincón del auditorio con una intensidad felina.

—Evan no va a venir, retrasada —le soltó Cara, tronándole los dedos frente a la cara. —No es como si me importara —mintió Emma, aunque sus ojos decían lo contrario.

Antes de que pudieran seguir molestándola, un par de chicas del círculo de Jack se acercaron al escenario. —¡Cherry! Qué bueno que vinieron —saludó una de ellas, morena y de sonrisa eléctrica, dirigiéndose a Cara—. Todo el mundo habla de ustedes. Vinimos a ver si es cierto que rockean tanto como dicen.

Las chicas intercambiaron saludos rápidos, pero en cuanto las visitantes se alejaron, Emma entrecerró los ojos hacia sus amigas. —¿Qué se traen? Las vi cuchicheando. —Nada, ¿qué podría pasar? —Cara puso su mejor cara de inocencia, pero no convenció a nadie. —Escupe, Cara —sentenció Emma. —Bueno... ella es la que me contó algunas cosas sobre Evan —admitió Cara, titubeando—. Pero ni siquiera sabemos si es verdad, así que no hagas caso. —Seguro Matt sabe algo —añadió Sarah, tratando de suavizar el golpe—. Le preguntaré luego.

Emma las ignoró, apretando los dientes mientras ocupaba su lugar frente al micrófono. La tensión se evaporó en cuanto sus manos tocaron las cuerdas. —¡Hola a todos! Nosotras somos... bueno... —Emma miró a sus amigas, dándose cuenta de que seguían sin nombre—. ¡Hoy somos Las Ninas!

El público estalló en gritos. Sarah divisó a Matt en primera fila y sintió una descarga de energía. —Esta canción es nueva. Se llama Cursi.

Los acordes de División Minúscula llenaron el lugar. La voz de Emma, cruda y honesta, volaba sobre el ritmo de la batería de Cara. «Explícame por qué no puedo ni hablar / y me pones a temblar cada vez que estás cerca de mí...» Era una confesión pública, un grito de guerra contra su propia armadura de chica dura. Al terminar, la ovación fue genuina.

Al bajar del escenario, Matt interceptó a Sarah con una expresión de derrota absoluta y ternura. —Al final sí pudieron escribir la canción —admitió, rascándose la nuca—. Perdón si pensaste que no las apoyaba. Sarah sonrió al ver su mirada de "niño regañado". Se veía irresistible. —Tuvimos que quemarnos las pestañas, Matt. No como ustedes, que tienen a un compositor profesional dándoles empujoncitos. —Él solo nos asesora, Sarah, no lo hace todo —replicó él, rodando los ojos, aunque su molestia creció cuando Cara soltó una carcajada burlona detrás de ellos. —Ya basta, déjenlo —intervino Sarah, tomando a Matt de la mano—. Gracias por el cumplido.

—Vámonos de aquí, estos dos ya se pusieron acaramelados y me da diabetes —se quejó Cara—. ¿Vamos por comida? —Yo cuido a Sarah, no se preocupen —respondió Matt, rodeando a su novia con el brazo. —Solo no le cuentes nuestros secretos, que luego se va a querer robar nuestras letras —bromeó Emma antes de alejarse con las demás. —Como si lo necesitáramos —masculló Matt, harto de las pullas. —No les hagas caso, Matt. Solo juegan. —A veces las odio. Solo tú eres la mejor de esa banda. —Me encanta que pienses eso —susurró Sarah, recargando la cabeza en su hombro.

Caminaron entre los puestos de comida, pero Sarah no pudo evitar soltar la pregunta: —Esperaba ver a Evan por aquí. ¿Sabes algo? Matt se tensó de inmediato. Evitó su mirada, fingiendo interés en un puesto de churros. —Dijo que tenía cosas que hacer. Tarea o algo así. —¿Tarea un viernes? ¿Evan? —Eso fue lo que dijo —Matt la miró con los ojos entrecerrados—. ¿Por qué tanto interés? Voy a empezar a pensar que te gusta él. —Obvio. He estado secretamente enamorada de él todo este tiempo —bromeó ella. —¡Auch! —Matt se llevó la mano al corazón, fingiendo un dolor mortal. Sarah le dio un empujoncito—. Sé que es por Emma, pero no quiero hablar de Evan. Solo quiero besarte.

Matt la acribilló a besos por todo el rostro antes de ponerse serio. —Tengo algo para ti. Mi fan número uno. Sacó un disco de su mochila y se lo entregó. En la portada, escrito con marcador negro, se leía: «Para mi fan número uno y el amor de mi vida. Pd: Siempre tuyo, Matt». Sarah sintió que la garganta se le cerraba. Las lágrimas amenazaron con salir. —¿De verdad escribiste esto? —«Yo me siento tan cursi, mira lo que me haces escribir» —citó él con una sonrisa—. Buena canción, ¿no? —Quiero creer que tuve algo que ver con la inspiración —rio Sarah, limpiándose una lágrima antes de abalanzarse sobre su cuello para besarlo frente a todo el mundo.

Más tarde, la fiesta se trasladó a casa de Jack. El ambiente era denso, impregnado de humo de marihuana y risas flojas. Sarah descansaba sobre el regazo de Matt en el sofá, mientras el cigarrillo pasaba de mano en mano hasta llegar a Emma. Cara estaba en una esquina, riendo por nada, completamente ida.

De pronto, la puerta se abrió de golpe. —¿Qué onda, todos? —Evan entró con esa seguridad eléctrica que siempre lo precedía. —¡Miren quién llegó! ¡Es Evan! —gritó Cara, saltando sobre él y apretándole las mejillas como si fuera un niño—. Miren esa cara... Evan solo reía, acostumbrado a las locuras de Cara. —Oye, ¿y quién es él? —preguntó Nina, señalando al chico que lo acompañaba. —Es mi amigo, Teto —presentó Evan. Teto saludó a todas, deteniéndose especialmente en Emma. —La famosa Emma —comentó con una sonrisa—. He escuchado mucho de ti. Qué bueno conocerte por fin.

Emma, la chica que no le temía a nada, se puso roja como un tomate bajo la mirada de Evan. —Mírala, hasta se puso roja —se burló Nina. —No sabe ni qué decir —siguió Sarah. —Tiene cara de perrito enamorado —remató Matt, divertido.

—¿Podrían dejar de molestar? —protestó Emma, tratando de recuperar su compostura ruda mientras las risas de sus amigos la rodeaban. —¿Estás segura de que es solo Emma la del perrito enamorado? —le susurró Matt a Sarah al oído. —¡Claro! Yo soy mucho más digna. —Ah, ¿sí? Sin previo aviso, Matt la cargó al estilo nupcial y corrió hacia el jardín, ignorando los gritos de Sarah. —¡Matt, basta! ¡No! —¡Lánzala, Matt! ¡Se lo merece por mentirosa! —gritaba Cara desde la puerta. Matt saltó a la piscina con Sarah aún en brazos. El agua fría los golpeó, cortándoles la respiración entre carcajadas. Al salir a la superficie, Sarah seguía abrazada a él. —Sigo insistiendo... Emma tiene más cara de enamorada que yo —logró decir entre risas.

Desde el porche, Emma les mostró el dedo medio y se alejó hacia la parte delantera de la casa, buscando un poco de aire. Refunfuñaba para sus adentros sobre sus amigas cuando una voz la detuvo. —Hey —dijo Evan, apoyado contra la pared—. Siempre nos volvemos a encontrar.

Emma sintió ese giro familiar en el estómago. Odiaba lo mucho que le gustaba su voz, su altura, la forma en que tenía que inclinarse para estar a su nivel. —No imagino por qué —respondió ella, intentando sonar sarcástica, pero sus ojos la traicionaban. —Supe que fueron la mejor banda de la noche —Evan se acercó, rompiendo el espacio personal. —Así es. Tocamos una canción nueva. —¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama? —Cursi. —¿Te inspiraste en alguien para escribirla? —preguntó él, con una seguridad que casi quemaba. —En un chico alto y rubio... Evan, ¿por qué no fuiste? —La pregunta salió antes de que pudiera frenarla. Evan guardó silencio un segundo, buscando las palabras. —¿La tocarías para mí ahora?

Emma no podía tocar instrumentos allí, pero cuando Evan la rodeó con sus brazos, dejándola atrapada contra su pecho, ella empezó a tararear la melodía muy cerca de su oído. El perfume de vainilla de Emma envolvió a Evan, quien cerró los ojos, disfrutando del momento.

Al terminar, Evan le tomó el rostro con ambas manos. —Me encantas, Emma —susurró antes de sellar la frase con un beso que le robó el aliento. Al separarse, Emma notó el reloj en la muñeca de Evan. —Qué bonito reloj —dijo, solo para romper el silencio. Evan, sin pensarlo, se lo quitó y se lo abrochó a ella en la muñeca. —¿Qué haces? —preguntó Emma, sorprendida. —Desde ahora, quiero que siempre lo uses —sentenció él con una sonrisa traviesa—. Así tendré una excusa para besarte cada vez que vaya a buscarlo.

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