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Emma observaba el paisaje a través de los ventanales de la clínica. Frente a ella se extendía un jardín inmaculado, un exceso de verde y flores perfectamente cuidadas que bordeaban un lago artificial. Sus días se habían convertido en una secuencia mecánica: despertar, desayunar bajo vigilancia, terapia individual, comida, terapia grupal, un breve descanso, más terapia, y finalmente, la soledad de su habitación para cenar y dormir.

No lograba comprender cómo alguien podía "rehabilitarse" en un lugar así. Aunque el lujo era evidente, sentía que las paredes se cerraban sobre ella cada vez que la obligaban a desmenuzar sus sentimientos. Su único ancla con la realidad era un cuaderno y una pluma que le permitían conservar. Escribir se había convertido en su purga; la creatividad fluía con una violencia inusitada, quizás porque la depresión le había quitado todos los filtros.

A la mañana siguiente, mientras esperaba la señal para el desayuno, un enfermero entró en la habitación con una sonrisa profesional que a Emma le resultaba irritante.

—Tienes visitas —anunció el hombre—. El doctor considera que estás lista para ver a alguien.

Emma rodó los ojos, ocultando el vuelco que dio su corazón. Moría por una voz que no fuera la del personal médico. —Como sea —murmuró con desdén—. Lo único que me importa es saber cuándo me sacarán de este lugar.

Caminaron hacia una amplia sala común donde otras figuras espectrales aguardaban a sus familiares. De pronto, una silueta conocida se puso en pie. —¡Emma! —Elizabeth la estrechó en un abrazo asfixiante, mojándole el hombro con lágrimas instantáneas. Emma, incapaz de mantener su armadura, se aferró a ella.

—¿Cómo estás, mamá? —Bien, cariño. El doctor dice que has progresado mucho con el tratamiento. —¿Cuándo me voy? —soltó Emma de inmediato, bajando la mirada—. Estoy harta. Tengo que regresar, hay un disco que terminar. —Emma, primero tienes que estar bien tú. Lo que pasó... fue muy grave. —Solo quiero salir de aquí —insistió ella, sintiendo el peso de la culpa.

Elizabeth le acarició el rostro con suavidad. —Hay alguien más que quiere verte. Emma pensó de inmediato en Sarah. Recordó los gritos en el hospital, los rasguños y el "te odio" que le lanzó a su mejor amiga. No se sentía lista para pedir perdón, pero la persona que apareció tras su madre no era Sarah.

Evan estaba allí, de pie, con los ojos inyectados en sangre y unas ojeras que contaban la historia de sus noches en vela. Elizabeth les dio privacidad con una mirada suplicante hacia el chico. Evan se acercó con cautela, pero Emma retrocedió un paso, tensando el cuerpo.

—No me mires así, Emma. Vine en cuanto me dejaron. No sabes cuánto te he extrañado. —¿Que no te mire así? —replicó ella, con la voz quebrada—. Evan, lo que me dijiste... irme de tu casa sabiendo que no me amabas fue lo que me empujó al abismo. Me destrozaste.

—En cuanto cruzaste esa puerta me arrepentí —confesó él, con la voz temblorosa—. Intenté llamarte mil veces, pero me habías bloqueado. Cuando me enteré de lo ocurrido, solo sabía lo que decía la prensa. Ver a Sarah en la televisión diciendo que solo estabas "agotada" me volvía loco. Hablé con ella y me gritó que todo era mi culpa... y tenía razón. Emma, te juro que si te pasaba algo, yo me moría contigo.

Evan se veía tan alterado, tan roto, que Emma no pudo sostener el rencor. Se lanzó a sus brazos y lo apretó con fuerza. —No digas eso, Evan. No lo digas. —Es la verdad. Estaba cegado por los celos. Veía las fotos de ustedes con Noah y sentía que nunca podría darte esa vida. En San Diego todos decían que me habías superado, que yo era un lastre para una estrella de rock... y me lo creí. Me porté como un imbécil porque me sentía menos que tú.

—Yo nunca te habría cambiado por nadie —susurró Emma entre sollozos. —Lo sé ahora. Pero en ese momento el miedo me ganó. Perdóname, por favor.

Evan la tomó del rostro y la besó con una desesperación que sabía a perdón y a promesa. —Todo va a estar bien, mi amor —le aseguró él—. Solo dime... dime que no volverás a intentar algo así. No quería sentir nada, Evan. Solo quería que el dolor se detuviera. —Promételo —insistió él. Emma asintió.

—Tienes que aprender a confiar en mí. Noah es solo un amigo. Evan... ¿por qué no te mudas conmigo a Los Ángeles? —propuso ella con una chispa de esperanza—. Si vives conmigo, verás que las fiestas y las reuniones son solo trabajo. Podrías transferirte a la universidad aquí y visitar a tu familia cuando quieras. Yo daría todo por tenerte cerca.

Evan sonrió por primera vez en semanas, con una alegría que le iluminó el rostro. —Nada me haría más feliz. Me mudaré contigo, Emma. Lo haré. —Espero que Sarah no se moleste por compartir el departamento —rio ella débilmente—. Me porté fatal con ella. —Te va a perdonar. Ella solo quería protegerte porque te ama tanto como yo.

Un enfermero interrumpió el momento anunciando el fin de la visita. —Vendré todos los días si tu madre lo autoriza —prometió Evan mientras retrocedía hacia la salida—. No olvides que te amo. Jamás me perdonaré haberte lastimado, pero voy a estar aquí cada maldito segundo para que nunca vuelvas a dudar de mí. —Yo también te amo, Evan.

Emma lo vio marcharse, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el aire en sus pulmones no pesaba tanto.

Next BandDonde viven las historias. Descúbrelo ahora