21

52 7 1
                                        

Sarah apretaba la mano de Emma con una fuerza nacida del miedo. En la penumbra de la habitación del hospital, el pitido rítmico de las máquinas era el único recordatorio de que su mejor amiga seguía allí. Los médicos habían actuado rápido; un lavado gástrico y una dosis de emergencia habían revertido lo que pretendía ser un adiós definitivo.

Cuando Emma empezó a removerse, Sarah se puso en pie de inmediato, acariciándole el cabello con dedos temblorosos. —Emma... ¿me escuchas? —susurró. —¿Dónde estoy? —La voz de Emma era un hilo seco y quebrado. —En el hospital. ¿Recuerdas lo que pasó? —Solo que tomé... un montón de pastillas.

Los ojos de Sarah se cristalizaron al instante. —¿Por qué, Emma? Tu mamá está aterrada, viene viajando desde Japón. ¿Fue por Evan? —Terminamos —confesó Emma, y las lágrimas empezaron a surcar su rostro pálido—. Me siento tan estúpida por no haber confiado en mi instinto. Sé que fue Lucy.

—¿Lucy? ¿Esa mujer otra vez? ¿Qué tiene que ver ella? —Hubo una fiesta en casa de Cherry... salieron fotos en Instagram donde estaban demasiado juntos. Me volví loca, Sarah. Fui a buscarlo a su casa y... —Emma sollozó, limpiándose la nariz con el dorso de la mano—. Dijo que es difícil estar conmigo. Que no quiere ser el "accesorio" de una estrella de rock. Que mi fama lo abruma. Ni siquiera parecían sus palabras, Sarah... sonaban a ella.

—¿Intentar suicidarte era la solución? —le recriminó Sarah, incapaz de contener la rabia y el dolor—. ¿Querías darle el gusto a Lucy? Que se quede con él si eso quiere, pero no le des el placer de verte hundida. —Para ti es fácil decirlo —escupió Emma con amargura—. Matt y tú se adoran. Yo... yo sin él me voy a morir. Siento que me hundo.

—¿Crees que drogándote vas a solucionar algo? —Es lo único que me ayuda a no sentir, Sarah. No pueden quitármelo. No puedo con este dolor. —No habrá más drogas, Emma. Se acabó.

El rostro de Emma se transformó en una máscara de furia. Intentó incorporarse entre gritos, forcejeando con los cables. Cuando Sarah intentó sostenerla, Emma la rasguñó con saña, gritándole que la odiaba, que se largara. Los enfermeros irrumpieron en la sala para administrarle un sedante mientras Sarah retrocedía, sollozando, viendo cómo su amiga se desvanecía de nuevo bajo el efecto de los fármacos.

Dos semanas después, Sarah se encontraba frente a la cámara de su laptop. Tenía el cabello recogido en un moño descuidado y ojeras que ni el mejor maquillaje podía ocultar. Necesitaba controlar la narrativa antes de que los tabloides destruyeran lo que quedaba de la banda.

—Hola a todos... —dijo forzando una sonrisa—. Sé que hay muchos rumores, pero quería aclarar las cosas personalmente. Emma no intentó suicidarse. Ella está bien, pero la presión por terminar el disco y el agotamiento de la gira le causaron una crisis por falta de vitaminas y exceso de cansancio. No está en rehabilitación; simplemente se está tomando unas vacaciones desconectada del mundo. Emma los adora y volverá pronto. ¡Aún hay Next Band para rato!

Cortó la transmisión y dejó escapar un suspiro que le quemó los pulmones. Mentir se sentía como ceniza en la boca.

Al día siguiente, mientras intentaba concentrarse en el estudio de grabación, entró a Instagram para desestresarse. Pero lo que vio la dejó paralizada. Su corazón se hundió en un abismo de hielo. Tomó su bolso, salió corriendo del estudio y manejó como una loca hasta el departamento de Matt. Entró con sus propias llaves, el pecho subiendo y bajando con violencia.

Lo encontró en el sillón a las cinco de la tarde, recién despertado, con el cabello revuelto y el torso desnudo. —Amor, ¿qué haces aquí? No te esperaba —dijo él, acercándose para besarla. Pero al ver sus ojos rojos y las lágrimas, se detuvo—. ¿Pasó algo con Emma? No me asustes, Sarah.

—¿Quién es ella, Matt? —La voz de Sarah se quebró. Temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie. —¿Cuál ella? ¿De qué hablas? —¡No te hagas el idiota! —le gritó—. Hay fotos, Matt. Fotos de anoche. ¿Quién es? El rostro de Matt cambió. La confusión fue reemplazada por una culpa pesada y evidente. —Sarah, déjame explicarte... —¡No! ¡No me toques! —gritó ella cuando él intentó rodearla con sus brazos—. Me das asco. Besarte con ella frente a todos... ¿eso es "nada" para ti?

—Fue solo un maldito beso, Sarah. Estaba borracho, no significó nada. Tranquilízate y hablemos. —¿Que me tranquilice? Esto se acabó, Matt. No quiero volver a saber de ti en mi vida.

Sarah salió del departamento como si el edificio estuviera en llamas. Manejó por horas, sin rumbo, con el mundo desmoronándose a su alrededor. Matt era su ancla, su certeza, el hombre por el que habría apostado su vida. Y ahora, no quedaba nada.

Sin saber cómo, terminó estacionada frente al edificio de Cara. Subió por el elevador en un estado de trance. Cuando la puerta se abrió, no fue Cara quien la recibió, sino Ross.

—¿Dónde está Cara? —logró decir antes de que el llanto la venciera de nuevo. Ross la observó con una mezcla de sorpresa y preocupación genuina. Al ver que no podía articular palabra, la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo protector. —Shh, tranquila. Todo va a estar bien —le susurró mientras le acariciaba el cabello, guiándola hacia el sofá—. Cara y Noah fueron al supermercado a comprar cosas para una barbacoa. No tardan. ¿Qué pasó, Sarah?

—Él... me engañó —sollozó ella, aferrándose a la camiseta de Ross como si fuera lo único sólido en un universo que se caía a pedazos.

Ross la estrechó más fuerte, sintiendo una rabia silenciosa contra Matt mientras Sarah se rompía en sus brazos. En ese momento, la puerta se abrió: Cara y Noah entraron con las bolsas de las compras, pero las soltaron de inmediato al ver la escena. Cara corrió hacia su amiga, envolviéndola en un abrazo compartido mientras el silencio de la traición llenaba la habitación.

Next BandDonde viven las historias. Descúbrelo ahora