24 horas en cuarentena

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—¡Es insoportable, de verdad, yo dimito!

Aitana entra en la sala de descanso del personal del hotel como una fiera, desabotonándose la chaqueta y dejándola caer sobre una silla, sin dejar de escupir improperios.

»Es un chulo, un prepotente, un creído y un gilipollas. ¡Porque no tiene otra palabra! ¡GI-LI-PO-LLAS!

—Aitana, tranquila, por favor.

Raoul se acerca a su compañera lo más rápido que puede y hace amago de abrazarla, pero la chica coloca su mano entre ambos y le recuerda.

—Raoul, cariño, no podemos abrazarnos, ya lo sabes...

—Joder, pero, ¿por qué? Si tú y yo nos abrazamos unas veinte veces al día. Si estamos contagiados, lo estamos los dos seguro. No tiene ningún sentido que no podamos hacerlo.

—Pero son órdenes de arriba, Raoul. —interviene Miriam, intentando convencerle —No podemos llevar la contraria, ya lo sabes.

Y el catalán se da por vencido. Recula varios pasos hasta dar con el sillón y se sienta sobre él antes de volver a hablar.

—¿Qué ha pasado, Aitana?

La chica resopla fuerte mientras intenta ordenar sus ideas para que su discurso tenga algo de coherencia, pero fracasa en su cometido y las palabras salen de su boca como un torrente descontrolado.

—Que es Agoney es imbécil, Raoul. Que ya sabía dónde me metía cuando el jefe me dijo que me encargara de él, pero es que no puedo más. Todos sabíamos que es el artista de moda y que se lo tiene bastante subidito. Joder, si va con escolta hasta para mear, ¡y eso que no sale de la suite! ¿Quién le va a atacar? ¿El jabón? ¿El cepillo de dientes? —Raoul emite una carcajada inevitable y vuelve a prestar atención a su compañera —Bueno, eso y la estúpida manía que tiene de bajar al comedor solo para ojear qué platos hay y luego volver a su habitación y pedir algo completamente distinto por teléfono. ¡Tremendo gilipollas! Si ya ves que hemos cocinado pollo con patatas para un regimiento, ¡no me pidas ternera con verduras y salsa roquefort!

Se retoca el pelo, pasea arriba y abajo por la pequeña salita y en más de una ocasión Miriam tiene que recular para no incumplir la distancia de seguridad de un metro, porque parece que Aitana ya no atiende a razones.

»Pero es que en persona es todavía peor. No da las gracias, no se disculpa cuando te pisa lo que acabas de fregar, no te deja cambiarle las sábanas, porque quiere seguir tumbado en la cama todo el día. En serio, ¿qué le pasa?

Unas sutiles lágrimas amenazan con escapar de sus ojos y se las limpia con el dorso de la mano.

Necesita un abrazo urgente, necesita el calor de Raoul a su alrededor, pero sabe que esta vez no es posible, lo que le obliga a ser fuerte y a reconfortarse a sí misma.

»Le voy a decir al jefe que me cambie, que me mande cualquier otro trabajo. CUALQUIER OTRO. Lo que sea con tal de dejar de sentirme así de mal por un gilipollas con dinero.

—Aitana, cariño, vivimos rodeados de gilipollas con dinero. Trabajamos para ellos desde hace años y nunca has tenido problemas. —La chica le fulmina con la mirada y Raoul tiene que corregirse —Vale, es verdad, hemos tenido problemas con más de un imbécil y más de dos que se creían con derecho a tener esclavos a su servicio solo por tener suficiente dinero como para comprar cinco casas como la nuestra... Pero lo que quiero decir es que estamos más que acostumbrados a este tipo de gente. No me gusta verte así: enfadada, triste... Mírate, Aitana, estás a punto de echarte a llorar y ni siquiera puedo abrazarte.

Da un paso hacia adelante, dispuesto a romper las reglas un poquito con tal de reconfortar a su amiga, pero la mirada de Miriam se clava en sus pupilas y decide que quizás no es buen momento para enfadar a la gallega. Así que solo respira hondo, rueda los ojos y espera a que su amiga continúe hablando.

—Sí, estamos hartos de aguantar gilipollas en este hotel, pero es que este no es un gilipollas más. Es que es el rey de todos los gilipollas. ¡No puedo más, os lo juro! ¿Por qué tiene que salirse siempre con la suya?

Solloza de impotencia y esta vez Raoul no puede contenerse y se acerca a la chica hasta tenerla entre sus brazos y abrazarla con fuerza. Y Miriam no llega a tiempo para impedirlo.

—Ale, claro que sí, ¡expandamos el virus! —exclama la chica, enfadada.

—Miriam, cállate, en serio. Si mi amiga necesita un abrazo, va a tener un abrazo. Y, si por eso tengo que ir con mascarilla un tiempo, no pasa nada.

—Sois un par de irresponsables.

—Eh, yo no. —comienza Aitana —Que yo estaba aquí quietecita y ha sido este quien ha venido a pegarme el virus.

Se ríe suavemente en el oído de Raoul y el chico se alegra de haber escuchado una carcajada en medio del llanto. La aprieta contra su pecho un par de segundos más y se separa de ella cuando considera que se ha desahogado un poco.

—Escúchame, pequeña, ahora tú y yo vamos a lavarnos la cara y las manos, que una cosa es darte un abrazo y otra olvidar que nos tienen aquí encerrados por algo.

—Vaya, al fin se impone algo de cordura. Pero de uno en uno, por favor, que en el baño no cabéis los dos a la vez ni de coña. ¡Y menos con un metro de distancia entre vosotros! —completa Miriam.

Aitana, algo mejor, se seca una última vez las lágrimas y se dirige hacia el baño anexo a la habitación, seguida de Raoul, que no quiere pegarse a ella y prefiere seguir las instrucciones de la gallega antes de que explote.

Pero la castaña se gira antes de entrar y habla con decisión.

—En cuanto venga el jefe le voy a decir que le encargue a Agoney a otra persona, me da igual a quien, pero yo no pienso volver a atenderle.

Y Raoul, por supuesto, le da la razón con una sonrisa deslumbrante. Porque no quiere volver a ver así a su amiga.

—Haces bien, pequeña. ¡Y que se lo coma otro!

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora