264 horas en cuarentena

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Agoney se aclara la garganta, sujeta fuerte en su mano el micrófono que tiene conectado a la pequeña mesa de sonido que siempre lleva en su equipaje para poder ensayar. Así, no importa en qué punto del mundo se encuentre, siempre puede practicar sus canciones, seguir entrenando su voz y continuar componiendo para sus futuros proyectos.

No es un gran equipo, pero es suficiente para grabarse con una calidad decente y, por supuesto, para saber, a pequeña escala, cómo sonará su voz cuando resuene en un enorme estadio a través de los altavoces más potentes que existen en el mundo.

Las primeras notas salen de su ordenador portátil y entona la melodía de uno de sus mejores temas. Está realmente orgulloso de esa letra, le salió justo como la imaginaba cuando se le ocurrió la idea por primera vez.

Por eso, sigue estando cómodo cantándola, aunque hace casi diez años que grabó los acordes en su móvil por primera vez. Sonríe mientras su voz se desliza por las notas, porque recuerda cómo se sentía cuando decidió componerla y piensa en todo lo que ha cambiado su vida en ese tiempo. Demasiado.

Él, que prometió no componer sobre el amor, se sorprendió a sí mismo haciendo la canción más terriblemente moñas que hubiera imaginado. Y, en un principio, le dio rabia, pero más tarde se vio obligado a reconocer que es un romántico empedernido y que no puede evitarlo. Que ama el amor mucho más de lo que el amor le ama a él.

Aunque puede que esa frase, últimamente, esté tambaleándose en su cabeza.

Porque, cada vez que se acuerda del chico de pelo dorado y sonrisa de anuncio, piensa que quizás esta vez el amor sí le está devolviendo lo que siempre da.

Canta pensando en Raoul, porque no lo puede evitar. Porque, aunque no fue la musa que inspiró su composición, en el fondo, esa canción serviría para hablar de cualquier historia entre dos personas. Dulce, intensa, mágica, tanto que parece irreal.

Cierra los ojos y se imagina al chico frente a él.

Imagina que se acerca a su cuerpo caminando lento, que su mirada se ilumina en emoción y su sonrisa brilla por encima de todo lo demás.

Imagina que le abraza por la cintura, que eleva la cabeza y le mira a los ojos, que ambos bailan juntos mecidos por la dulce melodía que les acompaña en su movimiento.

Imagina que el roce de las manos de Raoul manda una suave descarga eléctrica que recorre su columna vertebral y enciende su corazón que se está abriendo a sentir.

Imagina que los ojos de Raoul comienzan a llenarse de lágrimas de la felicidad más pura y se sorprende a sí mismo, porque también está llorando.

Imagina que el fantasma del chico que tiene ante él adelanta sus labios y le besa. Dulce, sutil, lento, suave. Como si pudiera romperle por el contacto.

Y él mismo, sin ser muy consciente, termina la canción con el corazón acelerado, con las mejillas encendidas y con un calor agradable recorriendo todo su cuerpo. Porque le gusta ese chico. Y parecía que estaba mentalizado para asumir que ese pequeño sentimiento estaba yendo a más, pero en este momento lo ve con total claridad.

Es posible que se esté enamorando de Raoul.

Por eso, cuando las notas acaban y el silencio vuelve a reinar en la suite, abre los ojos y se sobresalta, porque el fruto de sus fantasías ha cobrado vida y el chico le está mirando unos metros más allá.

—Raoul, ¿qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

El rubio le sonríe y da unos cuantos pasos hacia él, aproximándose a donde se encuentra Agoney, pero sin sobrepasar la barrera imaginaria que saben que no deben romper.

—Me ha abierto Cepeda.

—Ah, claro... —Apaga el micrófono como un autómata y lo deja sobre la mesa sin pensar demasiado en lo que está haciendo —¿Necesitas algo?

—Esa pregunta te la suelo hacer yo.

—Ya, pero... esta vez fuiste tú quien apareció por aquí.

—He venido, porque me ha llamado Cepeda.

—¿Y eso? ¿Necesita algo? ¿Se encuentra bien?

—Está bien, tranquilo. Se acaba de meter en su habitación. Pero solo me ha llamado, porque quería que te viera cantar, pensó que me gustaría.

Y Agoney se muere de vergüenza.

Sí, el mismo Agoney que canta ante cien mil personas a la vez, el mismo que baila con todas sus ganas en un estadio repleto y que se frota con el pie de micro a la mínima oportunidad.

Ese mismo Agoney, que no puede evitar los nervios, porque una cosa es ver a Agoney, el artista, y otra muy diferente es verle a él, simplemente a él. Así, con el alma desnuda y sin esa burbuja que crea que le separa del público para que no puedan hacerle daño.

Titubea un instante, sin saber si se atreve a mirar a los ojos color miel y pregunta en un susurro.

—Y... ¿te gustó?

La respuesta de Raoul no se hace esperar.

—Me encanta.

Una sonrisa más que real escapa de la boca dientes separados y Raoul sonríe con él, porque no lo puede evitar.

—Gracias.

—Gracias a ti.

—A mí, ¿por qué?

—Por haber decidido regalarle al mundo tu voz. Creo que debería ser considerada la octava maravilla del mundo.

—Tampoco fue una decisión muy consciente. Esa, simplemente, lo que tenía que ser. No tengo plan B, nunca lo tuve.

—Pues gracias a ese plan B que no quiso diseñarse.

—Bueno, gracias a él estoy aquí. Así que... ¡Gracias, plan B! —Su voz suena aguda, divertida y Raoul ríe con él antes de repetir sus agradecimiento.

—Gracias, plan B, por haberme dejado conocer al hombre tras el artista.

—Y gracias a ti por haber querido pasar tiempo con este hombre, que no es el artista.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora