120 horas en cuarentena

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—¿Hoy no le subes la cena a Agoney? —Aitana interrumpe los pensamientos de su compañero para hacer la pregunta.

El chico parpadea muy rápido, saliendo de su ensimismamiento y prestando atención a lo que su amiga le dice.

—¿Qué?

—Que si hoy no tienes que subirle la cena a Agoney. —repite la chica con una sonrisa.

—Sí, supongo que sí, pero no me ha llamado todavía.

—Por cierto, ¿ayer qué quería? —la mirada perdida de Raoul le obliga a concretar —Cuando te llamó antes de cenar.

—¡Ah, sí! —el rubio lo recuerda y siente el calor agradable subir por su cuerpo y teñir sus mejillas de un color rosado que significa muchas cosas —Bueno, quería... estar conmigo.

—¿Qué? —pregunta Aitana, extrañada.

—Sí, tal cual. Llegué allí, hablamos un poco y me ofreció tocar su piano un rato.

—Me estás vacilando. —exclama Aitana con los ojos muy abiertos.

—Que no, Aitana, que no. Que no quería nada concreto. O sea, sí, quería que yo estuviera allí. Simplemente eso.

—Y tú te negaste, ¿no? Quiero decir: esto ya roza la explotación laboral. Hacerte ir hasta allí para nada...

—No, en absoluto, Aitana. —Su mirada cambia por una comprensiva y  continúa —Me dio la sensación de que solo necesitaba compañía.

—Pero si el guardaespaldas ese no se separa de él ni a sol ni a sombra, es imposible que se sienta solo.

—Quizás está tan acostumbrado a estar rodeado de gente que la cuarentena se le está haciendo más cuesta arriba que al resto.

—Sí, claro, porque nosotros estamos aquí de vacaciones, ¿no te digo? Tenemos que hacer todos los turnos del mundo, los que nos tocan y los que no, y ahora me dices que la estrellita de los cojones lo está pasando mal. —su voz se eleva varios decibelios conforme su enfado aumenta —Mira, no, Raoul, eso sí que no.

—Joder, Aitana. Que no hablamos de lo mismo. O sea, creo que nadie valora más que yo el trabajo que estáis haciendo. Tía, si os ayudo en todo lo que puedo cuando estoy libre. Y sabes que solo podemos hablar diez o quince minutos al día. ¿Cómo voy a pensar que trabajamos poco o algo así?

—Es lo que estabas diciendo.

—No. Lo que estaba diciendo es que es posible que no sepa estar solo. Y que el hecho de tener que estar con su guardaespaldas en la soledad de su habitación puede que se le esté haciendo duro y por eso quisiera que le hiciera compañía.

—O eso o que ha visto lo guapo que eres y se ha encoñado.

La piel de Raoul se sonroja sin avisar, porque eso no es posible, ¿no?

—Sí, claro, Aitana, y ahora vamos a casarnos en el teatro y la ceremonia la va a oficiar Miriam. ¡Qué tonterías dices!

La chica le mira y sonríe de lado, porque ha reconocido esa reacción. Extrema, incoherente, descontextualizada, rápida. Reconoce las mejillas sonrosadas, la voz más aguda y la lengua que pronuncia rápido para volver a esconderse.

—Yo solo digo que el tío más gilipollas con el que he tenido la mala suerte de encontrarme, a ti te trató bien desde el primer minuto. Los primeros días no paraba de pedirte cosas inútiles que no le aportaban nada y ayer, sin venir a cuento, te hizo subir para tocarle el piano. —deja unos segundos de silencio para que Raoul asimile la información —Vale que no os vayáis a casar pasado mañana, pero reconoce que puede que un poquito sí que le gustes.

—Aitana, en serio, ¡no vayas por ahí!

—Vale, vale, como tú quieras. Pero, si en un par de días te pide que subas cena para tres, te acordarás de mí.

Y Raoul bufa desesperado, intentando pensar con claridad en medio de esa locura que Aitana acaba de desatar en su interior.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora