840 horas en cuarentena

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Raoul está nervioso. Agoney está nervioso. Miriam y Aitana también están nerviosas, porque hace un par de horas han tomado un café con su amigo y les ha contado que tiene una reunión con una de las discográficas más importantes del mundo.

El único que no está nervioso es Cepeda, que se bebe un vaso de agua con tranquilidad mientras ríe en su fuero interno al ver a Raoul pasear arriba y abajo por todo el comedor de la suite. Agoney conecta su ordenador y comprueba que todo está correctamente configurado para que la videollamada sea lo más profesional posible.

—¿Cómo vas, Ago? —pregunta el rubio, estresado.

—Parece que está todo en orden.

Raoul camina por detrás del sofá, se dirige a la ventana, mira a la nada a través de ella y vuelve sobre sus pasos. Bordea la mesa en la que cenarán dentro de un rato y se sienta al lado de su novio, para levantarse de nuevo tras un par de segundos, como movido por un resorte.

—Y, ¿por qué no llaman? —pregunta.

Vuelve a iniciar el mismo recorrido, como si fuera un león enjaulado y no supiera por dónde huir o hacia dónde correr para atacar a su enemigo.

Cepeda se ríe flojito, pero no lo suficiente como para que quede disimulado en ese silencio cortante.

—¿Qué pasa? —Agoney levanta la vista de su portátil para mirar a su guardaespaldas.

—Nada. Que el niño va a desgastar el suelo con tanto paseo.

Intenta fingir seriedad en su frase, pero se le escapa una nueva sonrisa que se contagia rápidamente al canario.

Se ríe con él, porque es cierto que el nerviosismo es extremo. Demasiado alto para alguien como él, que está acostumbrado a dirigir las reuniones con su discográfica.

Son tantísimos años con ellos que siente a los directivos de la compañía como si fueran uno más de su equipo.

Pero quizás lo que le pone nervioso es que, en esta ocasión, no se trata de su carrera, que está más que lanzada y encauzada y que solo han que seguir alimentando de música para que continúe su camino.

Esta vez se trata de su niño. De ese pequeño al que conoció hace apenas un mes siendo un cantante de hotel y que a día de hoy tiene un vídeo con un millón y medio de reproducciones en Youtube.

Raoul le mira con ojos llorosos desde su sitio, como si quisiera sacar el nerviosismo en forma de llanto, pero Agoney no lo va a permitir. Deja el ordenador a un lado, se pone en pie y camina hacia él con una sonrisa dulce.

Rodea su cintura con los brazos y permite que Raoul entierre la cara en su cuello.

Se deja mecer y respira entrecortadamente haciéndole cosquillas con cada aliento que sale de su boca.

Agoney solo cierra los ojos e intenta inspirar y espirar con lentitud para que su chico se una a la misma velocidad pausada.

Pasados unos minutos, nota que el cuerpo del chico ya no tiembla entre sus brazos y se atreve a mover el hombro para que levante la cabeza y le mire a los ojos.

Siguen brillantes, pero ya no está a punto de echarse a llorar. Ahora solo ve en ellos la ilusión más grande que ha podido ver jamás.

Y, en parte, se reconoce en esa mirada de felicidad y esperanza.

—¿Estás bien, cielo? —le pregunta con voz suave.

Raoul solo asiente y adelanta su rostro para besarle los labios con dulzura antes de contestar.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora