1200 horas en cuarentena

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¡Buenas noches, bonitxs!

Sabéis que no suelo escribir antes de los capítulos, pero hoy tenía que hacerlo, porque quiero deciros una cosa.

Esta historia empezó como una excusa para entreteneros durante la cuarentena y que nadie tuviera la tentación de salir de casa, pero ya estamos empezando a hacer deporte o a pasear fuera y en una semana, si todo va bien, la vida empezará a volver poco a poco a la normalidad.

Por eso deja de tener sentido este formato. Y más, cuando a esto, se unen dos factores más: Por un lado, que la historia ya no tiene mucho más de dónde tirar y esto se está viendo en los últimos capítulos, en los que escribo por escribir y sin demasiado sentido. Y, por el otro, que llevo casi dos meses publicando un capítulo diario y empiezo a estar cansada, así que la historia está llegando a su fin.

Aún quedan algunos capítulos, pero, en principio, el próximo domingo pondré el punto final.

Muchísimas gracias a todxs lxs que habéis decidido leerme y que queréis quedaros hasta el final con mis personajes, os lo agradezco infinito.

Dicho esto, espero que sigáis disfrutando hasta el último minuto de esta historia.

Se acabó un montón 💛💜

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-Estoy nervioso.

Agoney deja el vaso de cristal encima de la mesa de la suite y respira hondo. Camina hacia el sofá y se sienta al lado de Raoul con algo de miedo. El rubio le coge las manos y se las acaricia con cariño.

-No te preocupes, amor. Les vas a encantar.

Un nuevo resoplido sale de la boca del canario.

-No me gustan las videollamadas y menos aún si en ellas voy a conocer a mis suegros.

-Pero es que no puedo darles más largas. Quieren conocerte, quieren saber quién es ese chico que me ha cautivado al fin.

-Ni que fuera el primero. -Ríe el canario.

-No eres el primero, pero sí el primero que ellos conocen.

-¿En serio?

-Sí. -responde Raoul con las mejillas sonrojadas -Por eso, en cuanto les dije que tenía novio se pusieron muy pesados con que querían verte la carita.

-Raoul, mi carita seguro que la han visto ya. Y, si no, diles que compren una revista.

-Ago... -el chico acaricia la mejilla y le da un beso en la frente -tranquilo, de verdad. Los conozco. Irá bien.

El canario vuelve a respirar hondo intentando calmarse y el catalán le regala una última sonrisa antes de colocar el ordenador sobre sus rodillas y pulsar al botón de videollamada.

La conocida musiquita llena el silencio de la suite y Agoney traga saliva cuando el sonido desaparece para dejar en su lugar dos caras juntas y sonrientes.

-Hola, hijo. ¿Cómo estás? -pregunta la madre de Raoul.

-Muy bien, mamá.

-¿Muy cansado con el trabajo?

-Sí, bueno. Ya me he acostumbrado a vivir aquí, la verdad. -responde.

Agoney, que todavía está fuera del encuadre del portátil, se ríe suavemente, provocando que las comisuras de los labios de Raoul se alcen a su vez.

-Me alegro mucho.

La mujer regala una sonrisa a la cámara y esta vez es el padre quien interviene.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora