Agoney pausa la reproducción del vídeo que tenía puesto en su ordenador portátil.
Su último concierto en Brasil fue todo un éxito. Un enorme estadio de fútbol repleto de gente. Más de ciento cuarenta mil personas coreando su nombre mientras alzaban al cielo las linternas de sus móviles y lloraban emocionadas cuando las últimas notas de su teclado daban paso al último número del espectáculo.
Pero él no está contento. No lo está, porque falló más notas de lo que es habitual en su garganta privilegiada, porque se equivocó en dos pasos de baile seguidos de su coreografía favorita y porque la batería dejó de sonar durante unos segundos debido a un fallo técnico. Y Agoney es muchas cosas, pero lo que es, por encima de todo, es perfeccionista hasta aburrir.
Solo así es posible labrarse una carrera tan grandiosa y sólida como la suya, al nivel de cantantes de fama internacional de décadas pasadas.
Siendo constante, reconociendo cada pequeño fallo, por mínimo que sea y corrigiéndolo para la próxima vez que se suba a un escenario.
Así es como pudo conseguir su primer trabajo como cantante después de muchos años de formación. Así es como pudo superar un casting de más de diez mil personas y aparecer en un reality show de cantantes en Televisión Española. Así es como pudo hacer que sus primeros fans se fijaran en él y le apoyaran aun cuando el programa nunca le hizo justicia. Así fue como pudo sacar sus primeros singles y hacer algunos conciertos. Y, por último, así fue como le dieron la oportunidad de sacar su primer disco, compuesto y producido por él mismo, que había sido el que le había catapultado al estrellato.
Porque, en solo doce temas, había revolucionado el panorama musical, había roto con todos los esquemas establecidos y se había definido en un estilo variado, pero que tenía un nexo común: su voz.
Porque, por distintas que fueran las melodías, los ritmos, las instrumentaciones y los efectos de sonido, su voz siempre permanecía inalterada, pura, mágica.
Así fue como consiguió todo lo que tiene. A base de trabajo, esfuerzo y una lucha constante por ser mejor cada día.
—Ago, ¿te encuentras bien?
Cepeda, su guardaespaldas de confianza, entra en la habitación en ese momento.
—Eh... sí, sí. —responde Agoney cerrando rápidamente la tapa del portátil y dejándolo a un lado -Solo repasaba el concierto de Brasil, ya sabes.
—Fue un concierto espectacular.
—No lo fue. Al menos, no tanto como me hubiese gustado. —mira al suelo y suspira antes de volver a hablar —Por favor, ¿puedes pedirle a Raoul que venga?
—Sí, por supuesto. ¿Qué necesitas? ¿Quieres la cena ya o...?
—No, no quiero que traiga nada, solo... que venga él, por favor.
Cepeda le mira sorprendido un instante, pero enseguida interpreta que es una más de las excentricidades de su jefe y decide ir al teléfono para solicitar lo que Agoney le ha pedido.
Apenas un par de minutos después, el chico rubio que ya se ha acostumbrado a ver en su suite cada pocas horas, entra de nuevo, pero esta vez con las manos vacías.
—Hola, Agoney, ¿qué necesitas?
El cantante hace un movimiento de cabeza y Cepeda se mete rápidamente en su habitación, porque ese gesto solo puede significar que quiere que estén solos.
—Nada. —responde el cantante con una sonrisa tímida, muy alejada de la expresión que tenía en los días anteriores —Solo que... me apetecía verte.
Los vellos de la nuca de Raoul se erizan de una sola vez.
—Ah, vaya... Pues ya estoy aquí. -se le escapa una risita estúpida que no tiene ningún sentido, pero que es su manera de liberar la tensión que se concentra en su interior.
—Sí. —Se hace el silencio un instante, hasta que Agoney encuentra las palabras para comenzar a hablar —Sé que anoche dije algunas cosas que te hicieron sentir incómodo.
Raoul asiente dudoso, sin entender a dónde quiere llegar.
No es que le molestara nada de lo que le dijo. De hecho, se sintió muy halagado de que una persona como él le dijera que es guapo. Pero sí es cierto que le incomodó un poco y agradece que el cantante lo reconozca.
»Y, bueno, quería pedirte perdón por eso, no debí empezar tan fuerte contigo.
—No te preocupes. Tampoco fue tan horrible. -Raoul deja ir una sonrisa tímida y Agoney le acompaña sonriendo a su vez.
—¿Te apetece tocar el piano? —pregunta el cantante rompiendo el silencio y dejando a Raoul fuera de juego unos instantes.
—¿Cómo sabes que yo...? —comienza el rubio sin entender.
—Te vi hace unos días, cuando todavía se permitían los espectáculos nocturnos.
Y Raoul traga saliva porque no se lo esperaba.
Porque, sí, es cierto que de vez en cuando canta en el teatro de la planta baja del hotel, pero nunca hubiera imaginado que alguien como Agoney, alguien de su categoría, pudiera querer escuchar un espectáculo de hotel.
—Ah... —es lo único que alcanza a decir.
—Tienes una voz preciosa, ¿sabes?
Una segunda risa nerviosa escapa de los labios del catalán, porque ahora sí que no se lo puede creer.
—Y, ¿cómo me dices eso, precisamente tú?
—Porque tienes una voz muy particular que no suele escucharse por ahí y me llamó la atención enseguida.
—A lo que me refiero es... ¿cómo es que tú, con todo lo que eres tú, perdiste tu tiempo en ver cantar a alguien como yo?
—Bueno, cualquier cantante sabe apreciar un buen concierto. La única diferencia es que normalmente suelo estar en la zona vip y esta vez te vi desde la última fila. También tiene su gracia pasar desapercibido de vez en cuando.
Agoney sonríe con algo similar a la nostalgia y Raoul no sabe qué más decir. Ni siquiera sabe qué hace ahí, en medio de la suite presidencial, sin ninguna tarea encomendada y sin tener muy claro si quiere irse o seguir ahí.
»Entonces, ¿te apetece tocar un rato? —repite.
—Claro, sí. Cómo no. Si quieres...
—Quiero. —afirma el canario.
Raoul titubea un par de segundos, pero decide seguir lo que su cabeza le pide.
La verdad es que sí que le apetece tocar. La cuarentena declarada hace cuatro días ha provocado que lo único en lo que piense sea en mascarillas, en guantes, en limpieza constante y en guardar la distancia de seguridad.
Y, por primera vez en este tiempo, le apetece desahogarse en forma de música.
Se sienta ante las teclas y observa el imponente piano de cola que preside el salón de la suite. Negro, reluciente, con las teclas brillantes y silenciosas esperando a que alguien las haga sonar.
—Tranquilo —añade el canario desde el sofá, viendo a Raoul preocupado —, acabo de desinfectarlas y nadie se ha sentado al piano desde hace rato.
Raoul carraspea para aclarar su garganta y coloca los dedos sobre las teclas blancas y negras para comenzar a tocar a un ritmo lento, dejando que los acordes llenen la estancia y lleguen hasta los oídos de Agoney, que cierra los ojos y se deja mecer por la dulce melodía que escapa de las cuerdas vocales del chico rubio al que apenas conoce.
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Quarantine |Ragoney|
FanfictionUn hotel de lujo se ve obligado a cerrar sus puertas a cal y canto por decisión de las autoridades sanitarias y todos sus huéspedes y empleados quedan aislados para evitar expandir el virus. Hay muchas reglas: lavarse las manos, llevar mascarilla y...
