48 horas en cuarentena

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—Y que se lo coma otro, y que se lo coma otro... ¡Raoul, definitivamente, eres imbécil!

El chico sube en el ascensor refunfuñando en voz alta y sujetando con la mano izquierda un carrito repleto de comida lista para la cena de Agoney. Se mira en el espejo y el ceño fruncido no le abandona desde que ha sido conocedor de la noticia.

Porque, sí, con su suerte habitual, el encargado de sustituir a Aitana no ha sido otro que él mismo.

»Muy bien, Raoul. ¡Enhorabuena! ¡El día que rifen una hostia, seguro que llevarás todas las papeletas!

Resopla enfadado y se mira en el espejo que ocupa la cara del fondo del ascensor intentando sacarle el lado positivo a la situación.

Bueno, si hiciera una lista de pros y contras, en el lado de los pros estaría el no tener que estar todo el día de arriba para abajo haciendo felices a todos los huéspedes, ni subiendo y bajando maletas, ni repartiendo comida en la cafetería, ni limpiando los baños.

No, esta vez solo tiene que atender a uno de los clientes.

Tiene que ser su ayudante de cámara, su perrito faldero, con el teléfono siempre disponible para que el cantante ese le pida cualquier cosa en el momento en el que se le antoje.

Que quiere comer, Raoul le sube la comida. Que quiere cenar, Raoul le sube la cena. Que quiere sábanas limpias cada diez minutos, Raoul le sube las sábanas, se las cambia y lleva las antiguas a la lavandería. Que quiere que le cuente un chiste, Raoul va y le cuenta un puto chiste.

Joder. Cuando aceptó este trabajo jamás pensó en convertirse en el mono de feria de nadie.

Pero su jefe se lo ha encargado, porque confía en él más que en cualquier otro de sus empleados. Solo espera que este sobreesfuerzo que va a realizar en los próximos días implique un ascenso o, como mínimo, una ampliación de sus días de vacaciones, porque, si es capaz de sobrevivir a Agoney, se merece un viaje a las Maldivas como mínimo.

El ascensor se detiene cuando llega al piso número 15 y las puertas de metal se abren silenciosas. Raoul empuja el carrito y sale al pasillo forrado de terciopelo rojo con finas vetas negras.

Camina los pocos metros que le separan de la puerta de roble negro con un nombre escrito en letras doradas.

"Suite presidencial"

La habitación más lujosa de todo el hotel. Que, más que una habitación, es un piso de tamaño medio con baño privado, cocina, sala de estar, comedor, gimnasio propio y biblioteca. Sí, hasta una puta biblioteca tiene la suite.

De hecho, está aislada en el último piso para que nadie moleste a sus inquilinos con los ruidos del pasillo. Aunque eso sería imposible, porque la habitación está completamente insonorizada.

Podría celebrarse allí mismo un festival de música electrónica que durara cuatro días seguidos y nadie escucharía nada en el resto del hotel.

Comprueba que sus guantes blancos están impolutos y llama a la puerta con algo de miedo por lo que pueda encontrarse al otro lado.

No conoce a ese chico y ya sabe que no quiere que le abra la puerta. Porque los tres compañeros que han sido enviados antes que él, cuentan la misma historia: Es un engreído, insoportable y quejica al que nada le basta. La cena siempre está muy caliente o muy fría o demasiado templada. ¿En serio? ¿Quién describe una comida como "demasiado templada"?

Raoul solo espera que no se ponga demasiado pijo, porque ya lleva dos días encerrado en el hotel sin poder respirar y sabe que no podrá contenerse mucho tiempo.

Escucha los pasos al otro lado de la puerta y el click característico del cerrojo al abrirse desde dentro le hace temblar, no sabe si de miedo o de rabia.

Un hombre algo mayor que él, alto y de aspecto fuerte le recibe con cara de pocos amigos y Raoul titubea antes de hablar.

—Eh... buenas noches. Aquí tiene su cena el señor Agoney. Espero... espero que la disfrute.

Baja la vista al suelo porque le intimida la complexión ancha del hombre, que coge la fuente que descansa sobre el carrito y responde con voz rasgada.

—Espere un momento aquí.

Y le cierra la puerta en las narices sin esperar respuesta por su parte.

Raoul mira perplejo a la puerta, porque no puede creerse que realmente ese hombre le haya cerrado sin un "Gracias", sin un "Adiós". No, es todavía peor. Le ha dicho que espere. Que espere, ¿a qué? ¿A que el sensor de movimiento de la luz deje de detectarle y se quede a oscuras? Porque es lo único que va a pasar si se queda ahí como un pasmarote delante de la puerta.

Pero, por otro lado, tampoco puede irse y lo sabe. Es el encargado de esa única habitación, así que tampoco tiene nada mejor que hacer.

Resopla de nuevo, sintiendo como la indignación crece por su cuerpo y, en ese momento, entiende a sus compañeros.

Entiende que odien tantísimo atender a ese huésped como para pedir el cambio pasadas unas horas. Porque, si a todos les han dejado solos en medio del pasillo y con la luz apagada, comprende que lo próximo que hayan hecho haya sido pedir el cambio.

Refunfuña para sí mismo cuando la puerta se abre y espera a ver de nuevo al guardaespaldas de Agoney. Pero, en su lugar, unos rizos despeinados y una sonrisa amplia le reciben.

Raoul se queda sin palabras cuando le ve, porque no le esperaba. No le esperaba al otro lado de la puerta. Pero mucho menos le esperaba así: sin gafas de sol, sin sus características vestimentas extravagantes, sin su inseparable maquillaje y sin ese pelo perfecto de anuncio. No, le recibe con unos vaqueros azules y una sencilla camiseta blanca.

—Buenas noches, eh... ¿Raoul? -lee en la chapa que luce su chaqueta.

—Sí. —responde rápido el chico sin poder dejar de mirarle.

—Que... la comida está en su punto. Muchas gracias.

Una sonrisa deslumbrante cruza su rostro y Raoul siente las rodillas temblar. ¿Qué cojones?

—Ah... pues... gracias. Se lo transmitiré a la jefa de cocina y...

—Sí, por favor.

Ambos se quedan en silencio, como si se estudiaran mutuamente.

Raoul piensa que así, lejos de todo el glamour, de todo el vestuario, el maquillaje, los focos y la purpurina, Agoney podría parecer un chico normal. Un chico muy guapo, pero normal.

Y es por eso que, sin querer, su semblante distante y profesional, su sentimiento de enfado y sus puños apretados cambian por una expresión amistosa y se despide de él.

—Espero que disfrute de la comida. —Sonríe una última vez, inclina la cabeza suavemente a modo de saludo y tira del carrito para dirigirse de nuevo al ascensor, pero esa voz le para de nuevo.

—Y yo espero que mañana seas tú quien me traiga el desayuno.

Raoul se gira un segundo para sonreírle y asentir, dándole la razón. Ve como Agoney le guiña el ojo en un jugueteo que lo saca de su expresión profesional y entra en la caja metálica, pulsa el botón de bajar y las puertas se cierran con suavidad.

Cuando el aparato comienza su camino descendente, se da la vuelta para mirarse en el espejo y le reciben unas mejillas sonrosadas que no esperaba encontrar.

¿Qué?

Respira hondo y se centra en cambiar ese color para volver a su níveo habitual, mientras escucha el sutil rumor del ascensor al llegar al piso de abajo.

Y sigue sin entender muy bien qué acaba de pasar.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora