Los nervios de Raoul aumentan cada vez que pulsa el piso 15 en el ascensor y el sutil murmullo del mecanismo subiendo le recuerda que se dirige, una vez más, al que se ha convertido en su lugar favorito del hotel.
Y no es que tenga predilección por ese sitio. No es que le encante la habitación del último piso, ni que la terraza le genere sensación de una falsa libertad que le llena de vida, ni tampoco que las dimensiones de la suite sean superiores a la de cualquier piso en el que podría habitar con su sueldo.
Sino que el hecho de saber que, en cuanto llame a la puerta de madera, la sonrisa más bonita del mundo le va a recibir con un saludo le hincha el pecho y le llena el corazón de una sensación enorme de felicidad.
Porque Agoney se ha colado en su vida sin avisar, pero sin querer evitarlo.
Los últimos días, Raoul ha pasado más tiempo en la suite del cantante que en su habitación, más tiempo que con sus amigas y, por supuesto, más tiempo que trabajando.
Pero no echa de menos nada de lo anterior, porque Agoney es una persona tan apasionante que se podría pasar horas escuchándole.
Porque, sí, si Raoul definiera a Agoney con una palabra, sería apasionante.
Su vida llena de contratiempos, con un montón de dolor que no se merecía, con un esfuerzo sobrehumano ya desde bien pequeño. Una vida de lucha, de darse una vez y otra contra un muro hasta conseguir la primera actuación remunerada. Y cómo el destino le fue devolviendo cada intento infructuoso en forma de oportunidad que no dudó en aprovechar.
Pero lo que más le alucina en los últimos días es que, en cuanto llama a la puerta con los nudillos y el cantante le recibe al otro lado, se siente en casa.
Camina hacia el salón y se sienta sin preguntar sobre el que ya se ha convertido en su sillón. El canario cierra la puerta y le sigue hasta colocarse justo enfrente y mirarle a los ojos.
—¿Cómo va todo hoy? —sonríe y Raoul se derrite un poco.
—Bien. La cosa empieza a estar ya controlada. Parece que ninguno de los huéspedes tiene síntomas todavía y ya empezamos a estar cerca de los catorce días que parece que puede tardar en manifestarse el virus.
—Entonces, dentro de poco, nos dejarán salir, ¿no? —pregunta Agoney.
—Eso ya no está tan claro. Porque no somos los únicos que estamos confinados. Ya has visto en las noticias que todo el mundo tiene que quedarse en casa y es posible que, aun pasado ese tiempo de cuarentena prudencial, no podamos volver a casa durante algún tiempo más.
—¿Sabes algo del señor que se contagió?
—Sí, está bien. Apenas tuvo unos días de fiebre y algo de tos, pero nada grave. Ni siquiera tuvo que venir a por él una ambulancia. Simplemente, nos pidieron que se aislara en una habitación y que, si tenía síntomas más graves, que llamara de vuelta. Pero solo fue a mejor y hace ya tiempo que está en su cama viendo la tele igual que tú.
—Pero él no tiene gimnasio en la habitación. —el moreno quiña un ojo y a Raoul se le escapa una risa.
—No, no. No tiene tanta suerte como tú, desde luego.
—Ni como tú, que pasas más tiempo conmigo que en tu habitación.
—¿Por qué será? —Raoul finge pensar, aunque tiene la respuesta clarísima.
Y esta vez es Agoney quien contesta, leyendo la mente del rubio.
—Porque soy irresistible.
—¡Ago! —grita el chico, cogiendo uno de los cojines y lanzándoselo al canario a la cara, pero sin llegar a darle.
—Pero, ¡qué salvaje! ¿Y, si me has tirado un cojín con el virus y ahora me contagias?
—Al menos, dejarás de ser tan creído. —bromea.
—¡Uf! No me conoces estando enfermo. Soy insoportable. —dramatiza Agoney.
—Pero, al menos, te dejarían aislado y no tendría que venir aquí cada vez que me llamaras.
—Ahora me querrás decir que te estoy obligando a venir. —Le saca la lengua y Raoul se ríe a gusto antes de contestar.
—No, la verdad es que subiría aun a riesgo de contagiarme.
Y solo es una broma, pero Agoney nota que el corazón se le va a salir del pecho por esa afirmación. Sus mejillas se tiñen de rojo y responde.
—Bueno, si te contagiaras, podrías pedir mudarte aquí conmigo.
El rubio se queda paralizado un momento, porque no puede creer que acabe de insinuar que le gustaría que se quedara en la habitación con él. Y Agoney capta la sorpresa del rubio y corrige.
»Pero en otra habitación, claro.
—Claro, claro. —responde Raoul con una sutil sonrisa traviesa en los labios —¿Cómo va a ser en la misma habitación, si tienes cuatro?
—Solo podría ser en la misma habitación si... —respira hondo, sin saber si está yendo en la dirección correcta. Solo sabe que necesita arriesgarse —Si quisieras dormir conmigo.
Y el corazón de Raoul se acelera cuando le escucha reconocer que querría dormir con él. Joder, joder, joder. Agoney quiere dormir con él y acaba de decirlo. Con la mirada perdida en el suelo y las mejillas coloradas, pero acaba de decirlo.
El silencio se instaura en la habitación durante unos segundos, en los que el cerebro de Raoul va a mil por hora. Porque quiere contestar, pero no quiere asustarle. No ahora que acaba de decir que le apetece que duerma con él.
—Bueno... —se decide finalmente —si tú quisieras... a mí me encantaría dormir contigo.
Dos ojos más que miran al suelo, otro par de mejillas que se sonrojan sin avisar y una risa tímida que escapa de los labios del canario y se contagia a Raoul. Ambos ríen sin saber por qué lo hacen.
Bueno, sí.
Lo hacen, porque es una carcajada liberadora, una carcajada llena de verdades y miedos y una carcajada de dos personas que comienzan a sentir cosas muy fuertes la una por la otra.
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Quarantine |Ragoney|
Fiksyen PeminatUn hotel de lujo se ve obligado a cerrar sus puertas a cal y canto por decisión de las autoridades sanitarias y todos sus huéspedes y empleados quedan aislados para evitar expandir el virus. Hay muchas reglas: lavarse las manos, llevar mascarilla y...
