864 horas en cuarentena

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—Entonces me pidieron que hiciéramos una videollamada con Raoul.

Agoney cuenta en voz alta la aventura completa, desde que había sonado su teléfono dos días antes hasta que habían colgado la videollamada el día anterior.

Aitana la sigue atenta, con la cabeza entre las manos y los ojos muy abiertos cada vez que uno de los chicos interrumpe al otro para añadir intensidad y emoción a la historia. Todavía no puede creerse que una discográfica haya buscado a su amigo para proponerle grabar una canción. Pero, ¡si todavía está intentando asimilar que está cenando en la misma mesa que el cantante Agoney!

Miriam también escucha, pero en lugar de meterse de lleno en la narrativa como Aitana, se fija en los pequeños detalles que han cambiado en el rostro de Raoul. Las arrugas del ceño fruncido que tenía antes han desaparecido por completo y, en su lugar, una sonrisa que no le abandona ha llegado para quedarse. Se le nota más relajado. Sus gestos y miradas son más sinceras, más de verdad. Y ella solo puede agradecer a ese canario que le haga tan feliz.

Cepeda, por su parte, se centra en comerse la ensalada que tiene delante y en beber algo del vino que han subido del restaurante. No les hace demasiado caso. Y no es que no le interese lo que cuentan, sino que se lo han repetido tantas veces que se sabe la historia de memoria.

La escuchó ayer por primera vez, en cuanto terminó la videollamada, porque Raoul comenzó a llamar insistentemente a la puerta de su habitación para compartir su alegría con él.

Esta mañana, durante el desayuno, Agoney ha vuelto a narrar lo que hablaron con todo lujo de detalles e incluso le ha pedido algunos consejos que él no sería capaz de dar y que cree que alguien cercano a su trabajo, pero externo a él, sí puede ver con perspectiva.

Por la tarde, cuando se ha metido en su habitación para poder leer un libro con tranquilidad después de una mañana de completa locura, la voz exaltada de Raoul ha atravesado la pared de su habitación sin esperarlo. Y, sí, ha tenido que escuchar la historia de nuevo, mientras Raoul se la contaba a sus padres por teléfono.

Así que esta es la cuarta, aunque no la última ocasión en la que sus oídos reciben la misma secuencia de frases y ya puede permitirse desconectar.

No le molesta. Entiende la ilusión del chico y también entiende que Agoney esté ayudándole con todo. Al fin y al cabo, tiene muchos años de experiencia y su visión de una industria tan complicada ayuda a que Raoul tenga todas las opciones sobre la mesa para poder decidir con conocimiento de causa.

Pero prefiere pasar el rato atento a las tiras de pollo que encuentra entre la lechuga en vez de a la secuencia de hechos que ya conoce a la perfección.

—Después de un rato en el que no lo tenía muy claro, acabó diciendo que sí y colgamos la llamada.

Cepeda respira hondo cuando se da cuenta de que, al fin, han terminado y ahora podrán hablar de algo diferente que le resulte más interesante.

Pero se le ha olvidado que está compartiendo velada con Aitana, la persona más curiosa e insistente del planeta tierra, que interviene sin avisar.

—Entonces, ¿vas a grabar una canción o no? —pregunta, nerviosa.

—A ver, todavía estamos pensando cosas y barajando opciones, pero parece que sí. —responde Raoul con una sonrisa enorme en sus labios.

—Pero, ¿qué tienes que pensar, si está clarísimo? —se enfada —Yo quiero tener un amigo famoso.

—¡Oye! —se indigna Agoney, más de broma que en serio.

Aitana se sonroja sin poder evitarlo, porque ha hablado sin pensar y no quiere que el canario se enfade con ella. Es el novio de Raoul y necesita caerle bien a toda costa.

—A ver, que ya sé que tú eres famoso y eres mi amigo, pero... que lo que quiero decir es que... —Busca en su cerebro las palabras más adecuadas sin encontrarlas hasta que Agoney cambia su expresión de enfado por una sonrisa y rompe la tensión.

—¡Pero no me tomes en serio siempre! ¡Que es brooooooma!

La chica respira hondo cuando ve la tranquilidad en los ojos del canario y se da cuenta de que solo estaba jugando con ella.

—Es que... como soy experta en decir cosas que no debería, a veces me cuesta pillar ese tipo de bromas. Si algún día te pongo incómodo, dímelo, ¿vale?

—Tranquila, Aitana, que te lo diré enseguida. Pero dudo que vayas a incomodarme si no lo has hecho ya.

La chica le sonríe agradecida y contenta de que le haya dado vía libre a su lengua impulsiva, que habla sin filtrar antes sus pensamientos.

Vuelve a mirar a Raoul y le pregunta de nuevo.

—Pero vas a grabar algo, ¿no?

El chico se sobresalta cuando escucha a su amiga, porque se había quedado enredado en los rizos de su novio que caen graciosamente por su frente y le hacen ser todavía más guapo.

Se recompone en pocos segundos y le responde.

—Primero tengo que decidir qué canción es la que me gustaría sacar. Luego grabaremos una maqueta y la enviaremos a la discográfica para ver si les gusta.

—Les va a encantar, mi niño. —interviene Agoney con dulzura.

—Bueno, lo que tú digas, pero tienen que darle el visto bueno igual, ¿no?

—Sí, le tienen que dar el visto bueno, pero, si tu novio te dice que les va a encantar es porque les va a encantar.

A Raoul se le ilumina la mirada y lleva su mano al muslo de Agoney para acariciarlo suavemente.

—Ago, todavía no me acostumbro a la palabra novio dicha por ti.

—Pues ya podrías, ¿eh? Que te la repito unas cinco veces al día.

—Deberías decírmela seis. —bromea el chico mientras nota cómo el rubor sube por sus mejillas.

Por un momento se pregunta cómo puede tener tanta suerte. Cómo es posible que, de la noche a la mañana, haya conocido a un chico que es perfecto en todo. Es guapo, simpático, amable y divertido. Tiene una voz arrolladora y un talento innato, pero, además, es trabajador como pocos y perseverante con sus objetivos. Es dulce, tierno y blando cuando tiene que serlo y se torna todo pasión, intensidad y fuerza cuando ambos están en llamas.

No se explica cómo es posible que esa persona tan maravillosa sea para él.

Y Agoney piensa algo parecido cuando ve a su pequeño con esa mirada brillante e ilusionada. Le ve así, tan precioso que parece un ángel. Tan tímido a veces y con una personalidad tan fuerte otras. Tan perfecto para él que todavía le cuesta creer que se hayan elegido mutuamente y que sigan eligiéndose cada día.

¿Cómo pueden tener tanta suerte?

En ese momento, Cepeda rompe el embrujo que les ha hecho quedarse embobados mirándose cuando habla por primera vez desde hace más de media hora.

—Creo que solo me falta la vela.

Aitana se gira para mirarle, enfadada por haber roto un momento tan mágico para decir algo sin sentido.

Pero Miriam se gira hacia el gallego le estudia un par de segundos y estalla en una carcajada alta, que llena el comedor.

—¿Qué vela? ¿Por qué te ríes? —pregunta la Aitana sin comprender hasta que Cepeda responde, con fingida seriedad, pero provocando un nuevo ataque de risa en Miriam.

—Porque, si tuviera una vela en la mano, ya sería el candelabro perfecto.

Raoul y Agoney se unen a esa risa contagiosa y Aitana tarda también unos segundos, pero termina cediendo a la broma del gallego que da un punto de comodidad a esa cena entre amigos en la que, a pesar de no conocerse, se sienten más cercanos que nunca.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora