Toc, toc, toc.
La madera de la puerta de la suite presidencial resuena familiar en ese pasillo para Raoul. No en vano, en los últimos días, llama a esa habitación más veces de las que podría reconocer. La verdad es que, cuando pase toda esta locura, podrían ponerle un timbre. Deberá comunicárselo a su jefe.
Deja unos segundos de silencio y, en cuanto escucha los pasos reconocibles al otro lado, se retira unos pasos hacia atrás para que, cuando el canario le abra, la distancia entre ellos sea suficiente.
Con la mano derecha sujeta el carrito sobre el que que reposan tres menús completos: Para Cepeda, para Agoney y para él mismo. Los mismos tres menús que prepara todos los días desde hace más de una semana.
El de hoy se compone de una crema de verduras finísima, una cortada de ternera con guarnición y un brownie con helado de vainilla.
Todo ello, por supuesto, aderezado por unas servilletas blancas con ribetes dorados, unos cubiertos con el logo del hotel grabados sobre el metal y tres copas de cristal.
Raoul solo puede pensar en el olor del brownie que se escapa de la fuente en la que está guardado y que llena el pasillo de un aroma a chocolate que haría a cualquiera perder la cabeza. Incluso al chico, que lleva con ese olor clavado en el cerebro desde hace ya varios minutos y siente que se le hace la boca agua.
Pero, cuando la madera oscura se retira y Agoney aparece al otro lado, su boca se seca de golpe.
Porque el cantante le recibe con el torso desnudo, los rizos húmedos cayendo sobre la frente y solo una toalla blanca rodeando su cintura, dejando parte de sus piernas torneadas a la vista para ser disfrutadas.
Raoul ni siquiera saluda, solo abre muchísimo los ojos y deja ir el aire en forma de jadeo involuntario. Se queda en silencio hasta que es capaz de hacer que dos neuronas conecten en su cerebro y habla deprisa y atropelladamente.
—Joder, ¡qué ganas de que lleguen esas pruebas!
—¿Qué? —pregunta Agoney sin entender nada.
La voz del canario saca a Raoul de su ensoñación y provoca que dé un respingo cuando se da cuenta de que está mirando demasiado y que no le ha dado ninguna explicación al chico. Que se había perdido en sus abdominales, en sus brazos fuertes y en las venas marcadas de sus manos y Agoney no sabe de qué va lo que ha dicho.
—Eh... perdón. —Raoul retira su mirada del cuerpo desnudo y la devuelve a los ojos del contrario —Deja que te explique.
—Pasa.
El canario sonríe divertido y se retira de la puerta lo suficiente como para que el catalán pueda pasar al interior de la habitación.
Raoul se queda quieto un par de segundos más, intentando asimilar que lo único que separa a Agoney de la desnudez total es una fina toalla blanca y su garganta deja escapar un sonido extraño, entre sorpresa y gemido, que no había escuchado nunca antes.
Traga saliva y empuja el carrito, prestando mucha atención para no tirar nada, porque sabe que, como vuelva a desviar los ojos a su cuerpo, la crema acabará esparcida por el suelo.
—Disculpa el recibimiento. —continúa Agoney —Me acabo de duchar y esta vez fuiste más rápido de lo normal y no me dio tiempo a vestirme.
—¿Y no podía, no sé, abrirme Cepeda, por ejemplo? —propone Raoul con voz entrecortada por el esfuerzo de no jadear.
Agoney deja ir una carcajada antes de responder.
—Claro que sí. —El canario ladea una sonrisa que hace temblar sus rodillas de nuevo —Pero entonces, no hubiera tenido tanta gracia.
—Eres tonto. —Raoul también ríe y se atreve a volver a mirarle.
Madre mía. Realmente podría ser una escultura digna de ser expuesta en un museo.
Pero es que, además, Agoney sabe cómo lucirse. Su postura corporal es imponente, tiene tanta presencia que parece ser más alto de lo que en realidad es y esto a Raoul le tiene fascinado.
Le admira desde la distancia con deseo encendiendo sus ojos color miel. Sigue la línea de sus pectorales, llegando hasta el estómago definido, pero cuando llega un poco más abajo de sus abdominales, su mirada se detiene sin poder evitarlo y, en ese momento, el canario comienza a sentir algo de vergüenza al ver los ojos del rubio salirse de sus órbitas.
—Raoul, sabes que mi cara está aquí, ¿verdad? —señala a su rostro y Raoul sacude la cabeza para ser capaz de responder algo coherente.
—Sí, claro, perdón.
Quita la mirada de donde la tenía posada y decide centrarse en poner la mesa mientras el canario se dirige hacia dentro de la suite.
—Voy a vestirme. Enseguida vengo.
Una última sonrisa y desaparece en su habitación en la que ya tiene lista la ropa para poder vestirse deprisa y que Raoul no tenga que esperar más de lo necesario.
En el comedor solo se escucha una respiración profunda, seguida de un intento del rubio por calmar la actividad de sus pulmones, que tratan de inspirar y espirar con tranquilidad, pero no lo consiguen. Su corazón se ha acelerado en exceso, su estómago se contrae necesitado y su entrepierna no ha podido evitar un pinchazo fuerte al verle así ante él.
Joder, le pone demasiado. Si ya le ponía con ropa, así es casi insoportable. No puede esperar a poder tocar ese cuerpo.
Cuando le dijeron que no podría tener contacto físico con nadie, pensó en quedarse sin los abrazos de Aitana y sin poder chocar la mano a sus compañeros cuando algo salía bien, pero jamás pensó que se haría tan duro.
Y es ese pequeño pensamiento el que le recuerda que tenía algo importante que decirle a Agoney. Algo muy importante que no le ha dicho porque su cerebro había entrado en cortocircuito nada más verle.
—¡Ago! —llama.
—Dime, pollito. —responde el cantante desde el interior de su habitación.
—Que en un par de días nos podrán hacer la prueba para confirmar si tenemos el virus o no.
—¿En serio? —pregunta el chico, asomándose un momento, ya vestido a falta de los zapatos.
—Sí. —Raoul sonríe brillante y Agoney nota sus piernas fallar, pero se aferra al marco de la puerta para no caerse al suelo —Entonces...
—Sí. En un par de días sabremos si lo tenemos o no.
—Y, ¿qué significa eso?
—Que, si hay suerte y todos damos negativo, el hotel estará limpio ya.
—Pero no podremos salir todavía, ¿no? —pregunta preocupado.
—No. Salir, no. Pero sí que podremos movernos libremente por el hotel.
—Dios, ¡qué maravilla!
—¿De qué te quejas? —se burla el rubio —Si prácticamente tienes un hotel entero para ti solo.
—Estaba pensando en que podremos relacionarnos con otras personas y no vivir solo hablando entre nosotros.
—Ah, ¿que ahora te aburre mi conversación? —bromea.
—Raoul, eres tonto. —Ambos se ríen —No, no me aburre tu conversación, pero...
—Sí, eso que estás pensando, sí. —Dos sonrisas brillantes se preparan para ensancharse todavía más —Si todo sale bien, en un par de días, podremos tocarnos.
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Quarantine |Ragoney|
Fiksi PenggemarUn hotel de lujo se ve obligado a cerrar sus puertas a cal y canto por decisión de las autoridades sanitarias y todos sus huéspedes y empleados quedan aislados para evitar expandir el virus. Hay muchas reglas: lavarse las manos, llevar mascarilla y...
