1152 horas en cuarentena

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Esta noche, la travesía nocturna por los pasillos del hotel intentando ocultarse es más calmada que la primera vez que la hicieron. Agoney respira más y tiembla menos y Raoul aprovecha cada momentito de duda de su novio para darle un beso y calmar su nerviosismo.

Y es posible que el canario finja alguna vez que su corazón late con fuerza solo para recibir ese suave roce de labios que el catalán le regala.

Cogen el ascensor en la planta quince, bajan hasta la nueve, recorren el pasillo silencioso intentando que nadie se percate de su presencia y llegan hasta el segundo ascensor, que el rubio abre con su llave personal y que les baja directamente a la zona de los empleados.

Las puertas se abren ante ellos, Raoul el coge de la mano y ambos se internan en esa habitación, en la que multitud de trabajadores les saludan con una sonrisa. Algunos se acercan a presentarse a Agoney, porque la vez anterior que bajaron estaban trabajando y otros simplemente levantan la mano o le dicen "Hola" sin levantarse del sitio.

Analizan todo a su alrededor, buscando una melena conocida hasta que la encuentran. Miriam mira su móvil alegremente en uno de los sillones del fondo.

Caminan hacia ella despreocupados, pero, en cuanto la chica los ve, resopla y mira hacia el suelo, porque sabe lo que se le viene encima.

—¡Hola, Miri! —saluda Raoul, agachándose para darle un beso en la mejilla, al que la chica responde tímida.

—Hola, guapo.

—¿Cómo ha ido hoy el día?

—Pues bien. —responde la gallega —No tuvimos demasiado lío. Hoy está todo bastante tranquilo.

—¿Dónde está Aiti? —pregunta Raoul.

—Le tocaban cenas, así que está en el restaurante.

—Pero está mejor, ¿no?

—Sí, sí, tranquilo, todo va bien. Aunque también te digo que podrías bajar de vez en cuando y preguntarle tú, que eres carísimo de ver.

—Es que el de la presidencial me tiene explotado. —dice, guiñándole el ojo a Agoney, que se da por aludido y se enfada.

—¡Oye, mi niño, que nadie te pidió que vinieras!

—Sí, me lo pidió mi jefe. —Saca la lengua, ganándose una mueca graciosa de vuelta.

Miriam se ríe con ellos, porque son una pareja adorable, pero, cuando se pierde entre sus gestos de cariño y sus mejillas sonrojadas, un suspiro escapa de sus labios, porque recuerda la noche anterior.

Y, por supuesto, para los chicos no pasa desapercibido.

Dos pares de ojos se giran hacia ella, inquisidores, con las cejas arqueadas y una sonrisa traviesa en los labios.

—¿Y ese suspirito, Miriam? —pregunta Agoney.

La chica vuelve a bajar la cabeza al suelo para que dejen de mirarla, pero Raoul no le deja seguir así.

—Aunque mires al suelo no nos vamos a ir. Cuanto antes nos cuentes lo que pasó anoche, antes te dejaremos en paz.

—No pasó nada, chicos.

—¿Cómo que nada? ¿Me estás queriendo decir que la cara de tonto que traía Cepeda era por nada? —El canario curva sus labios en una sonrisa traviesa que se contagia a Miriam, cuando nota el calor subir a sus mejillas.

—No nos puedes engañar, que le vimos la cara. Y no tenía cara de "nada".

—Y, ¿por qué no vais a preguntarle a él? —Se queja.

—Porque sacarte información a ti es mucho más fácil. —dice Raoul, encogiéndose de hombros ante tal obviedad.

La chica resopla, se acomoda el pelo tras las orejas y se prepara para explicar todo lo que pasó la noche anterior.

—A ver, no fue nada del otro mundo. Simplemente, cenamos en el restaurante, hablamos de un montón de cosas y nos caímos muy bien. Ya está, no hay mucho más que contar.

—¿En serio sois así de decepcionantes? —dice Raoul.

—¿Ni un beso, ni una caricia, ni nada? —incide Agoney.

—No, todavía no. No sé, la noche estuvo muy bien, pero, ¿realmente tiene sentido ilusionarse con algo cuando en un par de semanas nos tendremos que separar y seguramente no volvamos a vernos?

—Joder, Miri —interviene Raoul —No te estamos diciendo que le declares amor eterno y que te cases con él pasado mañana. Pero os gustáis, eso es un hecho, ¿qué tal si solo disfrutas de conoceros y de lo que surja? Momento de preocuparnos tenemos todos.

Busca la mano de su chico y entrelaza los dedos cuando se da cuenta de que, en realidad, ese consejo, se lo está dando a sí mismo.

—Sí, en realidad tienes razón. Pero, no sé, la cena fue genial y no estuvimos incómodos en ningún momento, pero a la hora de despedirnos, no sabíamos muy bien qué hacer y, al final, optamos por irnos cada uno a nuestra habitación y ya está. Sin besos ni nada.

—Cuando tu obsesión por no tener contacto físico va más allá de la lógica razonable. —bromea Raoul.

—No va de eso esta vez y lo sabes. —aclara la chica.

—Sí, lo sé.

—¿Tú qué piensas, Ago? —pregunta Miriam, dirigiéndose al canario —Que todavía no has dicho nada.

—Es que tampoco sé muy bien qué decir. —Se lo piensa un momento y continúa —Aquí encerrados el tiempo funciona diferente. Parece que los días duran mucho y, al mismo tiempo, se suceden a toda velocidad. Es una sensación muy extraña que me cuesta explicar, pero lo que tengo claro es que lo que hay ahí fuera es una mierda. Fuera de estas paredes, solo hay tristeza, así que creo que lo único que podemos hacer es agarrarnos a todo aquello que nos haga felices. Y, si a ti te hace feliz ilusionarte con algo, hazlo. No te quedes con las ganas por miedo.

—¿Has visto lo bien que habla mi chico? —dice Raoul, buscando los labios de su novio para darle un pico rápido.

—Ya veo, ya, tú le venderías una nevera a un esquimal. —bromea la chica.

—No te creas. No son muy buen vendedor. Es solo que en estos años pasé mucho tiempo solo y tuve mucho tiempo para reflexionar sobre la vida.

—Y tu conclusión fue que me liara con Cepeda.

—No, no es así.

—Lo sé, pero esto se estaba poniendo demasiado intenso.

El silencio se instaura entre ellos unos minutos, en los que Miriam piensa en lo que el canario le acaba de decir y Raoul y Agoney también le dan una vuelta a su futuro más próximo.

La chica levanta la cabeza y luce una sonrisa preciosa cuando vuelve a hablar.

—Creo que te voy a hacer caso, aunque solo sea por hoy. Si mañana tengo que arrepentirme, pues me arrepiento.

—¿Vas a llamar a Cepeda? —pregunta Raoul.

—Tengo una idea mejor. ¿Me dejáis la suite un rato? —pregunta, con la mirada brillante.

—Verás... —Se ríe el catalán.

—Eh... sí, claro. —responde Agoney perplejo por la rápida conclusión de la chica.

Se levanta del sillón y se despide de ellos a toda velocidad, dirigiéndose al ascensor a paso acelerado. Se retoca los rizos en cuanto entra y se mira al espejo. Se dedica una sonrisa y las puertas se cierran a su espalda.

A unos metros de ella, Raoul y Agoney se miran, no creyéndose lo que acaba de pasar.

—Me van a destrozar la suite, ¿verdad? —pregunta el canario.

—Hoy nos toca a nosotros ponernos música alta cuando subamos. —responde el catalán, llevándose una mano a la frente, algo arrepentido de esa conversación.

—Nos lo merecemos.

—Sí, nos lo merecemos. —confirma Raoul.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora