Una noche más en la que Agoney y Raoul comparten el calor en el sillón del comedor de la suite presidencial.
El rubio se ha quedado completamente dormido sobre el pecho de su chico, mientras los dedos del moreno le acarician el pelo, la frente y las mejillas.
Disfrutan de ese tacto, del roce constante de sus pieles y Agoney se da cuenta de que ya se ha acostumbrado al peso de Raoul sobre su cuerpo.
Le hace feliz, está cómodo con él y, por un momento, piensa que podría quedarse a vivir en ese momento para siempre.
Ha conseguido pasar prácticamente toda la tarde sin acordarse de nada. Un par de sonrisas de Raoul demasiado cerca de sus labios, unos cuantos besos descontrolados y se habían dormido juntos en ese mullido sillón que se estaba convirtiendo en su segundo hogar.
Pero la paz tenía que terminar tarde o temprano. Porque la nube negra vuelve a sobrevolar su pensamiento y le saca de esa burbuja de tranquilidad en la que se encontraba sumido.
A su mente vuelven los insultos, las proposiciones indecentes y completamente fuera de lugar, las ofertas millonarias para que Raoul fuera a la televisión a hablar de su relación con él.
Asqueroso.
Su relación convertida en circo mediático.
Y no sabe qué le da más rabia. Si que digan que Raoul es su novio o que digan que no lo es y busquen cualquier otra excusa para que estuviera en su suite semidesnudo.
Todo es una mierda. Y él ya había perdido la fe en la humanidad, pero siempre se aferra a cualquier rescoldo para recobrar la esperanza.
Y, en este momento, ese pequeño hueco es el chico rubio que se revuelve sobre su cuerpo, abre los ojos y sonríe cuando le mira sin poder evitarlo.
Es una sonrisa tierna y enamorada que Raoul acompaña con un leve pestañeo y deja a Agoney embobado, olvidando por completo todo lo que rondaba por su cabeza.
Le besa la frente por inercia y el rubio vuelve a cerrar los ojos para sentir todavía más esos labios que le miman con dulzura.
—Buenos días, mi niño.
Raoul se revuelve de nuevo, ronronea sobre su pecho y se levanta un poco. Lo mínimo para poder mirarle a los ojos, pero sin despegarse demasiado de su cuerpo. Todavía está cansado.
—Hola, amor. —suspira, enamorado y adelanta su rostro para chocar los labios del canario, que le reciben con ganas.
Se besan, se comparten y sus corazones bombean con fuerza conforme la pasión aumenta. Se acarician las mejillas y los brazos de Agoney rodean la cintura de Raoul, atrayéndole más a su cuerpo y recolocándole hasta que se encuentra sentado a horcajadas sobre él, mordiendo su labio inferior, con delicadeza, pero tremendamente sensual.
—Ago, ¿has visto esto? —Cepeda sale corriendo de su habitación sin preguntar antes y se queda parado en mitad de la sala cuando les ve así, besándose con ganas.
Se queda en silencio unos segundos, confiando en que los chicos se darán cuenta de su interrupción. Pero parecen demasiado centrados en quererse con todas sus ganas y el guardaespaldas tiene que carraspear fuerte para que le escuchen.
Se sobresaltan y Raoul gira la cabeza con rapidez para encontrarse con Cepeda, que les mira en la distancia con una sonrisa.
—Lo siento, chicos, de verdad que no quería interrumpir.
—No, claro, es mucho mejor quedarte mirándonos en la distancia. Eso no da absolutamente nada de miedo. —dice Raoul, provocando una carcajada en Cepeda.
—En realidad, no sabía que estabas aquí.
—¡Pero si prácticamente vivo aquí!
—Eh, mi niño, tampoco te vengas tan arriba. —interviene Agoney —Que yo ahora mismo te echo de aquí y...
—Mentira. No puedes vivir sin mí. —replica Raoul poniendo morritos.
Los ojos color miel brillan de felicidad y el canario no puede hacer otra cosa que acariciarle la mejilla y darle la razón.
—Pues es verdad.
Cepeda vuelve a carraspear, unos pasos más cerca de ellos y, al fin, Raoul y Agoney se separan y se sientan en el sillón, dejando un hueco para que Cepeda se siente entre ellos.
—¿Qué querías? —pregunta Agoney.
—Pues que he encontrado un vídeo que creo que deberíais ver.
Se coloca en el sofá, en el medio de ambos y pulsa el botón de reproducir en la pantalla de su móvil para que un vídeo se inicie.
En él, aparece un gran escenario de madera con un piano en el centro y un chico rubio que toca unos acordes y comienza a cantar.
No es posible.
Se trata de Raoul, sentado ante el piano en el teatro hace unos días, cuando decidió cantar "Libertad" en público como homenaje al que, desde hacía poquitos días, era su novio.
Los dos se quedan sin habla. Atienden a la canción como si fuera la primera vez que la escucharan y Cepeda mira a un lado y al otro para tratar de identifcar qué sienten, pero no es capaz de deducirlo.
Cuando el minuto y medio que dura el vídeo termina, la habitación queda sumida en un silencio absoluto y el guardaespaldas se ve obligado a preguntar.
—¿Qué os parece?
Y la respuesta de Agoney no tarda en llegar.
—¿De dónde lo has sacado?
—Lo acabo de encontrar en twitter. Se ve que uno de los huéspedes grabó la actuación del otro día y la gente se ha puesto a retwittear como si les fuera la vida en ello. ¡Se ha hecho viral!
—¿Cómo? —pregunta Raoul sin comprender.
—Que ahora tú también eres famoso.
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Quarantine |Ragoney|
FanfictionUn hotel de lujo se ve obligado a cerrar sus puertas a cal y canto por decisión de las autoridades sanitarias y todos sus huéspedes y empleados quedan aislados para evitar expandir el virus. Hay muchas reglas: lavarse las manos, llevar mascarilla y...
