144 horas en cuarentena

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"Si en un par de días te pide que subas cena para tres, te acordarás de mí."

Maldita Aitana. ¿En qué momento se le ocurrió decir esa frase? Y, ¿en qué momento Raoul se burló de ella porque lo creía imposible? ¿Es que no podía estar calladita?

Porque solo un día más tarde, apenas veinticuatro horas de encierro después, Agoney ha llamado al servicio de habitaciones para pedir tres menús completos, en vez de los dos que pide habitualmente para él y para Cepeda.

Por eso Raoul se encuentra desconcertado en el ascensor, sin comprender muy bien desde cuándo Aitana es adivina ni desde cuándo alguna de las cosas que le dijo la noche anterior podían ser reales.

Porque no es posible, ¿no? No puede ser que Agoney se haya fijado en él, ¿verdad?

Es cierto que el día que subió a cambiarle las sábanas a deshora se sintió un punto más observado de lo habitual, y también es cierto que al día siguiente se disculpó por su atrevimiento, pero la insinuación de que iba a terminar la noche solo en la cama le hizo pensar que solo había sido su imaginación.

¿Y si no es así? ¿Y si realmente Agoney ha visto algo en él que le llama la atención y quiere seguir conociéndole?

Si lo piensa con detenimiento, es la única explicación lógica que encuentra a que en los últimos días le haya pedido que subiera para las tonterías más grandes. Desde tener una conversación cada uno desde un sofá alejado del otro hasta que toque el piano para él mientras el canario le observa desde su sillón favorito.

Parece mentira, pero esos encuentros y esas peticiones algo fuera de lugar del cantante, se han convertido en una rutina entre ellos. Extraña, pero rutina.

Pero esta vez está más nervioso que todas las anteriores y siente que el ascensor es más pequeño de lo que recordaba.

Quizás es porque ha tenido que coger el carrito grande para que quepan los tres menús diferenciados compuestos de un primer plato, un segundo y un postre, además del vino más caro del hotel. Quizás es por eso y no porque su vientre se revuelve al pensar que es posible que Agoney se haya fijado en él.

Sus pasos, como sumido en un trance, le guían de nuevo hasta su puerta, hasta la suite presidencial y los nudillos temblorosos, pero profesionales cubiertos de blanco llaman a la puerta una vez más (y ha perdido la cuenta de cuántas veces lo ha hecho en los últimos días).

De nuevo, escucha los pasos al otro lado de la madera, suspira intentando calmar su respiración acelerada y ve cómo la puerta que se retira a un lado para dejar a la vista al canario que solo saluda y se retira para que el rubio pueda pasar al interior.

—Buenas noches, Raoul.

—Hola, Agoney.

Atrás quedó el "señor" y el tratamiento de usted hacia el canario. Para él ya hace días que es "Agoney" o incluso en algunas ocasiones que se siente especialmente cómodo, "Ago".

Empuja el carrito al interior y se dirige a la gran mesa del comedor para colocar las fuentes repletas de comida en el centro de la misma, que ya se encuentra con el mantel preparado.

Esta vez, Agoney se ha adelantado y ha hecho parte de su trabajo, lo que le provoca una extraña sensación de bienestar.

—Trajiste tres menús, ¿verdad?

—Tres menús. —Raoul repite sus palabras mientras intenta concentrarse en destapar los primeros platos y dejar a la vista tres humeantes fuentes de una sopa que huele deliciosamente bien. No se le ocurrió preguntar qué es lo que había pedido el canario, pero, sea lo que sea, solo está deseando poder volver a bajar a su sala de descanso para compartir un plato de esos con Aitana —¿Por qué tres? —pregunta distraído.

—¿De verdad no se te ocurre por qué?

Raoul se queda congelado un segundo en el sitio en el que se encuentra, con las manos levantando la tapa del tercer plato y sin llegar a quitarla.

—No. —responde, escueto.

Escucha una suave risa a su espalda y se obliga a seguir hablando, aunque vaya a decir una tontería.

»¿Por qué?

Y Agoney rodea la enorme mesa a paso lento, guardando en todo momento la distancia de seguridad y sentándose en su extremo de la mesa favorito.

—¿Te apetecería cenar conmigo? —pregunta, algo tímido.

Y se hace el silencio en la habitación, porque Raoul lo sospechaba y Aitana estaba convencida, pero aún así había intentado quitarse esa idea de la cabeza, porque era imposible. No entraba en ninguno de sus planes.

Por eso no sabe qué contestar. O sea, sí, claro que sabe qué contestar. Pero su boca va más rápida que sus pensamientos y dice la primera tontería que se le ocurre.

—¿Cepeda, tú y yo?

Y la carcajada de Agoney desde el otro extremo de la mesa le obliga a bajar su mirada al suelo y volver a centrarse en colocar la servilleta en su sitio, aunque lleva bastante tiempo en perfecto estado.

—Ceno con Cepeda todos los días y la verdad es que es muy aburrido. Es el mejor en su trabajo, de eso no tengo la menor duda, pero no tiene demasiada conversación.

—¿Entonces? —se atreve a preguntar Raoul.

—Cepeda puede cenar en su habitación o en la cocina. O en cualquiera de las otras habitaciones de la suite. Tiene lugares de sobra para cenar. Pero yo quiero cenar contigo esta noche —Raoul contiene el aire en sus pulmones y, cuando termina la frase, cree que se va a ahogar —a solas.

A Raoul le tiemblan las manos, le tiemblan las rodillas y le tiembla el corazón. Pero mucho más cuando se ve con fuerzas de levantar la mirada y los ojos pardos de Agoney le miran iluminados y acompañados por una gran sonrisa sincera, que desestabilizaría a cualquiera en su situación.

»¿Tú quieres? —pregunta el moreno, provocando que Raoul tenga que aferrarse a la mesa para no desmayarse allí mismo.

—Sí. Claro que quiero. —sonríe de vuelta con dulzura y los ojos del canario brillan sin avisar.

Y esa noche, por primera vez, cenan los dos a solas en la inmensa y mágica suite.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora