72 horas en cuarentena

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—Te lo juro, Aitana, no me chilló, no me gruñó, no se enfadó ni se quejó de la cena. En serio.

—Me estás vacilando. —dice la chica, incrédula.

—Que no, que te lo digo en serio. Que solo se asomó, me dio las gracias y se volvió a meter dentro de la suite.

—Es mentira. Raoul, es mentira. Me estás engañando.

Bueno, más que engañarle, le está ocultando información, porque acaba de omitir la ficha descarada que salió volando hacia él justo después. Pero solo fue un comentario sin más y no quiere alterar a su amiga.

—Aitana, escúchame, que no es para nada como me lo habíais pintado. No es la estrella que me hacíais creer. Ni siquiera me recibe ya su guardaespaldas. Esta mañana ha salido él mismo a recoger su desayuno.

—Me parece increíble. Un día y ya no te recibe el segurata con cara de perro enfadado. Yo a Agoney no le veía la cara, solo se comunicaba conmigo a través de la pared y siempre para criticar algo de lo que yo hacía.

—Pues te aseguro que conmigo es muy diferente.

—No doy crédito, Raoul, te lo juro. A ti te abre la puerta él con sus propias manitas (increíble que sepa hacer algo por sí mismo) y a mí siempre me hablaba protegido detrás del guardaespaldas ése con el que duerme.

La última frase de su amiga le hace arquear la ceja y poner cara de extrañeza.

—¿Duerme con él? ¿En serio? —pregunta.

—No, joder, claro que no duerme con él. Esa suite tiene cuatro habitaciones. ¡CUATRO! No tendría ningún sentido que compartieran cama.

—Pero a Agoney no se le conoce ninguna pareja, ¿no? Quiero decir que todas las opciones están abiertas...

—No, que yo sepa no. Tampoco es que sea seguidora de él, pero alguna vez sí le he cotilleado y sé que las revistas del corazón siempre se empeñan en buscarle novias. Pero no sé por qué, sospecho que hetero no es.

—Eso ya te lo aseguro yo. Hetero no es. Mi gaydar explotó la primera vez que lo vi por la tele.

Ambos ríen, divertidos, hasta que Aitana decide continuar.

—Por eso lo digo. Que saberlo, no lo sé, pero es posible que ese guardaespaldas sea algo más que su protector. —guiña un ojo y Raoul suelta una carcajada.

—Nunca lo sabremos, supongo.

Aitana suspira.

—No, nunca lo sabremos.

En ese momento, Miriam entra en la sala de descanso, acelerada y con dificultad para respirar, como si hubiera llegado corriendo desde la otra punta del hotel.

—Raoul, Agoney te llama, porque quiere que le cambies las sábanas.

—¿Ahora? —pregunta el chico, extrañado.

—Sí, ahora. —confirma Miriam.

—Pero si le he llevado la cena hace un cuarto de hora. ¿No me podría haber avisado entonces y hacía un solo viaje?

—No. Se ve que el imbécil ése acaba de decidir en el último momento que quiere sábanas nuevas para meterse en la cama fresquito. —rueda los ojos, aburrida y agotada de las constantes peticiones del cantante.

Raoul mira a Aitana, se levanta del sofá y se dirige al baño para lavarse las manos una vez más.

La piel se le empieza a irritar por el exceso de agua y jabón, pero sabe que debe seguir haciéndolo cada poco tiempo. Es un precio pequeño a pagar para la que está cayendo.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora