600 horas en cuarentena

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ATENCIÓN: En este capítulo se narra una situación de estrés y agobio bastante fuerte. Si eres sensible a este contenido, espera al capítulo de mañana, que la calma volverá. Prometido.

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—¿De verdad tu vida siempre es así? —pregunta Raoul, que todavía no puede creer lo que vivieron anoche intentando huir del restaurante.

—Sí, Raoul. Por eso me cuesta tanto salir de mi habitación. Porque aquí estoy protegido.

Intenta cerrar su mente, pero numerosas imágenes de la noche anterior vuelven a atacarle.

El silencio sepulcral que les rodeaba los primeros minutos, los murmullos se que comenzaron a escuchar mientras comían el primer plato, cómo Agoney intentaba quitarle importancia a todo y cómo Cepeda se tensaba, apretando el tenedor entre sus dedos, escuchando todo lo que sucedía en el restaurante.

Cuando les sirvieron el segundo plato, Raoul intentaba sacar temas de conversación que les alejaran de la tensión que se sentía, pero Agoney prácticamente no le escuchaba. Miraba a un lado y a otro, con miedo, como si tuviera ante sí una jaula llena de leones y estuviera con los pies preparados para salir corriendo si alguno rompía los barrotes.

Un par de personas se levantaron de sus mesas y trataron de acercarse y la mirada fulminante de Cepeda les hizo volver sobre sus pasos en el mismo momento.

Pero, con el postre, todo se había descontrolado.

El guardaespaldas había tenido que levantarse de la silla y dejar la cena a mitad, porque la primera persona se había atrevido a llegar hasta ellos para pedirle una foto a Agoney. Este había sonreído con amabilidad, pero Raoul había detectado un punto de tensión en su mandíbula. En los dientes blancos apretados con miedo. Cepeda había confirmado que el canario estaba de acuerdo y había admitido que se acercara a él móvil en mano y cámara encendida.

Y fue ese click. Ese maldito click que resonó en medio del silencio del lugar el que hizo que todo estallara.

Una foto precedió a la siguiente. Una sonrisa falsa tras otra, la mesa se convirtió en un encuentro multitudinario. Un chico demasiado listo se acercó para meterle mano con disimulo y Agoney había tenido que aguantar estoicamente que le manoseara la cara interna del muslo sin su consentimiento.

Intentaba respirar hondo y mantener la calma, pero cada uno de los flashes que le cegaban le hacían sentir que, poco a poco, iba perdiendo el oxígeno.

Agoney seguía sonriendo, aparentemente tranquilo, pero con los puños que comenzaban a apretar el mantel rojo de la mesa.

Con el flash número veintitrés Agoney casi temblaba en el sitio. Frustrado por no poder negarse y al mismo tiempo odiando su fama por no permitirle hacer cualquier cosa que le apeteciera.

Ni siquiera podía salir a cenar con Raoul sin que un centenar de personas necesitaran acercarse, tocarle, hablarle y hacerle fotos sin saludarle siquiera. Como si fuera un mono de feria sin sentimientos.

No quería negarse, porque, al fin y al cabo, eran ellos quienes le mantenían en el lugar en el que estaba. Quienes pagaban por conciertos, quienes le llevaban al número uno de las listas de ventas una vez tras otra.

Pero también los que invadían su intimidad a cada segundo, los que le obligaban a refugiarse en su casa, sin salir más allá de lo imprescindible. Incluso ir a comprar al mercado le resultaba desesperante.

Así era su vida.

La cara oculta de la fama.

—Siento tanto haberte obligado a bajar... —Raoul se abraza a su chico con los ojos húmedos y la mirada triste.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora