984 horas en cuarentena

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—¿Cómo vas, amor? —pregunta Raoul recibiendo como respuesta el silencio.

Coloca el dedo en la página del libro que está leyendo y lo deja sobre sus rodillas sin soltarlo.

Agoney está al otro lado del sofá, enfrascado en la producción del segundo tema que han grabado y sin prestarle atención. Teclea algo rápido, desliza el cursor por la pantalla, acepta una opción que se despliega en la aplicación y cierra los ojos llevándose las manos a los cascos, seguramente para escuchar algo y comprobar que suena como desea.

Cuando termina el fragmento correspondiente y el canario vuelve a abrir los ojos, Raoul aprovecha para estirar un pie y darle un suave golpe en la cadera para llamar su atención.

Agoney se sobresalta, gira la cabeza y se encuentra con Raoul mirándole atento. Sonríe con dulzura y se quita los cascos para dejarlos a su lado. Acaricia la pierna de Raoul y habla.

—Dime, mi niño.

—Nada, quería saber cómo ibas con el trabajo.

—¿Con el trabajo? —Se ríe —Pero si ahora mismo solo estoy con tus canciones.

Raoul adelanta el cuerpo, preocupado.

—¿No estás haciendo nada del disco?

Y Agoney respira antes de hablar, intentando tranquilizarle.

—No puedo hacer mucho mientras los estudios de grabación estén cerrados, Raoul.

—¿Ya tienes todo el trabajo previo?

—Sí. Tengo todas las maquetas y ya las envié a la discográfica en los primeros días que estuve aquí.

—¿Te las han aceptado? —se interesa.

Agoney sonríe y deja el portátil sobre la mesa. Está claro que Raoul quiere hablar y a él también le encanta pasar el tiempo contándole cosas a su niño o escuchando cómo su niño se las cuenta a él.

—A mí hace años que ya no me aceptan nada.

—¿Cómo?

—Mira, en cuanto eres rentable, les da exactamente igual lo que saques, siempre que tus números sigan siendo altos. Y, por suerte o por desgracia, mis números son estables y muy altos. Seguramente, ahora mismo podría proponerles sacar un disco solo pegando a un colchón con un palo y me lo aprobarían.

—¿En serio? ¿No les preocupa la calidad? —pregunta Raoul frunciendo el ceño.

—No, en mi caso, no.

—Entonces, ¿me han propuesto grabar un single porque creen que mis números serán altos y no porque crean que canto bien?

El rubio tiene la cara desencajada, porque no puede creer que Agoney acabe de decirle eso. No es posible que le haya metido en ese jaleo y que haya sido capaz de mentirle. Pero el canario se da cuenta de su preocupación y respira hondo antes de explicarse mejor.

—No es así. A la discográfica le preocupa mucho la calidad del producto cuando empiezas. Porque una buena canción tiene más posibilidades de ser rentable que si el tema es malo. O sea que, por esa parte, estate tranquilo. Si te lo propusieron es porque consideran que puedes grabar algo bueno y no te permitirán sacar al mercado algo que consideren que no reúne unos mínimos de calidad.

—Pero tú has dicho... —interrumpe Raoul.

—Lo que pasa —continúa —es que una vez ya eres un personaje conocido y tus ventas se estabilizan a un nivel alto, les importa bien poco la calidad, porque saben que, sea como sea, tu público va a comprarte igual.

—Entonces, ¿cómo sabes que lo que haces está bien? ¿No te asusta?

—Porque tengo a un equipo muy grande detrás. Un grupo de personas que trabajan conmigo codo con codo. Ellos sí que lo escuchan todo, proponen cambios y me ayudan cuando me quedo atascado. Pero no hay nadie que tenga que aprobar mis canciones, por así decirlo. Lo que sale de mí ya está aprobado para publicarse, solo por el hecho de ser mío.

—Entonces, ¿todo este trabajo que estás haciendo con mis canciones, tú no lo haces?

—Lo hago exactamente igual, porque quiero ponerme a prueba a mí mismo. Porque no quiero bajar la calidad de mi trabajo ni un milímetro, pero no porque alguien me ponga mínimos de calidad a la hora de crear.

—Y, ¿cómo lo haces para estar seguro de que lo que haces es bueno, si nadie externo lo valora?

—Te lo acabo de decir. Tengo un equipo humano buenísimo y son ellos quienes me critican para hacerme crecer. Quienes me dicen lo que está bien y lo que debería mejorar. Los que me dan una visión desde fuera para que no me quede encerrado en mí mismo.

—Son valientes, ¿no? ¿Quién podría llevarle la contraria al gran cantante Agoney?

—Es que para ellos no soy el gran cantante Agoney. La mayoría fueron los que me acompañaron desde el principio, desde que era solo Agoney. Y los que se unieron más tarde, poco a poco se han integrado y se han dado cuenta de que solo soy un chico al que le gusta cantar y que ha tenido suerte.

Raoul deja el libro sobre el sillón y se acerca a su novio para sentarse junto a él. Le encanta tenerle cerca, sentir su calor sobre la piel y poder besarle cuando le apetece. Y hacerlo a distancia es imposible.

—Me alucina que sigas siendo una persona normal con todo lo que te ha pasado.

—Bueno, también tengo personas que me tiran para abajo cuando se me va la cabeza, que se me va, claro que sí. Cuando bajas del escenario en un estadio inmenso te sientes el rey del mundo y es muy difícil hacerte volver al mundo real. Pero, por suerte, tengo a mi lado a la mejor gente. La que me recuerda quién soy y qué hago aquí.

—Me encanta escucharte hablar, ¿sabes? —reconoce Raoul con voz melosa.

—¿En serio? —Sonríe inevitablemente, mirando a su novio con ojos brillantes —Pues a mí me encanta besarte.

Adelanta el rostro y roza sus labios con suavidad. Raoul lleva su mano a acariciar la barba y la baja, anclándola al cuello para que no se separe de su beso. Un sonido de ventosa suave se escucha cuando terminan y se alejan un poco.

—A mí también me encanta besarte.

Más que mirarse, se admiran. Se disfrutan, se embeben de la imagen del contrario, se aprovechan de las mejillas rojas para recordarse que ellos mismos también las tienen, se cogen de la mano y se vuelven a besar. Lento, despacio, resbalando en la boca del otro, en un baile sin final.

—¿Te está gustando el libro? —pregunta Agoney, cambiando de tema.

—Sí. Está muy chulo. Acabo de empezar, pero tiene muy buena pinta. Creo que elegí bien mi regalo.

El canario asiente y sonríe.

—Bueno, si no te gusta, siempre puedes cambiarlo. Ahí dentro hay muchos más.

—No. —Se sonroja Raoul —Quiero que sea este. El protagonista me recuerda a ti y quiero que, cada vez que lea esta historia, me acuerde de quién me la regaló.

—No te podrás olvidar, si te das la vuelta en la cama y estoy ahí.

Los ojos de Raoul se iluminan de ilusión.

—¿Estarás?

—Siempre que quieras, estaré.

Y se besan una vez más. En silencio. Despacio. Lento. Notando cada milímetro de piel que entra en contacto. Sintiéndose vivos, plenos, calmados y felices.

Queriéndose muchísimo en esa suite de hotel que ya se ha convertido en su refugio particular.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora