888 horas en cuarentena

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—¿Una más, Raoul?

—Amor, lo he repetido como veinte veces. ¿De verdad ninguna te vale?

Agoney se acerca al piano ante el que está tocando su chico. Sentado en la banqueta, acaricia las teclas para grabar la base de una de sus canciones. Después, su novio hará una producción básica para poder elegir la mejor propuesta para presentarla a la discográfica. Le han dado un mes de tiempo, así que trabajan con calma, pero sin parar.

Sobre todo, porque es la única forma en la que Agoney lo concibe. Dando todo de sí mismo cada segundo que pasa haciendo música en cualquiera de los sentidos.

Coge a su chico por los hombros y le da un beso suave en la mejilla.

—Sí me vale, pero quiero que todo salga perfecto. Y, si quieres que la base sea grabada por ti, no puede haber ni un solo fallo.

Raoul se eriza cuando nota los labios calientes de Agoney en su mejilla, pero, cuando se separa para hablar siente frío en ese mismo lugar en el que le ha rozado. Su boca siente envidia y se gira para pedirle otro beso a su novio con un puchero tierno.

Por supuesto, el canario le sonríe y adelanta su rostro para besarle. Como siempre, sus labios encajan y se dejan llevar por ese ritmo común que han logrado encontrar. Lento, dulce, deslizando sus lenguas en la boca contraria y jugando con ellas al mismo tiempo que sus corazones palpitan con fuerza.

Las manos de Raoul suben por inercia a acariciar a Agoney para volver a sentir su barba una vez más y las de Agoney le abrazan por la cintura, obligándole a acercarse más a él.

Es un beso con el que se dicen demasiadas cosas sin hablar.

Pero, cuando se separan y el canario abre los ojos de nuevo, Raoul capta una chispa de algo que no identifica en ellos.

No sabe de qué se trata, pero no es felicidad. No es esa luz que tenía cuando le conoció. Y, aunque de vez en cuando todavía la ve, ya no es una constante en su rostro y le apena pensar que él pueda tener algo que ver.

—Ago... —le llama cuando ve que se levanta para volver al sofá.

—Dime. —responde, colocándose el portátil sobre sus piernas.

—¿Estás bien? —pregunta, temeroso por la respuesta.

—Claro, mi niño. ¿Por qué no iba a estarlo?

Raoul respira hondo porque no sabe cómo encarar esa conversación, pero cree que es lo mejor que puede hacer para recuperar esos ojos que le cautivaron desde el primer día.

—Es que, no sé... Desde hace unos días siento que no eres el mismo de antes.

—Bueno, supongo que el encierro nos cambia a todos un poco, ¿no?

Agoney intenta desviar la atención con una obviedad, pero Raoul no se conforma. Quiere saber la verdad.

—Ya llevábamos tres semanas encerrados y todo estaba bien. Incluso estaba... más que bien.

No lo puede evitar y se sonroja recordando su último encuentro entre las sábanas.

Los cuerpos frotándose extasiados, el sudor recorriendo su estómago y las manos de Agoney aferrándose a las suyas para sujetarle contra la cama, cerrando los ojos para soportar cada embestida. El canario quemándole con la mirada, derritiendo su interior con cada movimiento y haciéndole sentir en el séptimo cielo.

Abandona la fantasía cuando ve que su novio le mira atento, esperando a que continúe hablando.

»Pero desde ese directo no hemos vuelto a... ya sabes.

Se hace el silencio y Raoul teme haber ido demasiado lejos.

No quiere que piense que lo único que le preocupa es que lleven algunos días sin sexo cuando antes era una constante en sus vidas. Todo lo contrario. Es decir, tampoco puede decir que le dé igual, pero no es lo más importante para él. La clave de todo es que Agoney vuelva a ser él al cien por cien, que deje de ser el personaje para volver a ser la persona.

El canario respira hondo y organiza sus ideas para explicarse lo mejor que pueda.

—Sé lo que quieres decir. Y supongo que se me han juntado varias cosas. Primero, el encierro. Es verdad que no debería sentirme encerrado, porque mi vida suele ser así. Solitaria, aislada, viviendo de videollamadas... Pero el hecho de que la decisión no sea mía, de tener que estar aquí quiera o no, me está matando un poco. A veces siento que me ahogo.

—Lo entiendo, porque yo a veces también tengo esa sensación. Creo que todo el mundo está así a veces, ¿no?

—Sí, pero en mi caso no es solo eso. También se ha unido el hecho de que te he metido en un jaleo del que ahora no puedo sacarte. Y sé que te gusta, ¿eh? Lo sé. Sé que estás feliz por poder grabar una canción y yo también lo estoy, no me malinterpretes. Pero tengo miedo de que todo se haya precipitado por mi culpa. Por el maldito directo que lo aceleró todo cuando no debería haber sido así.

—¿Aún sigues pensando que es tu culpa?

—Es que lo es. —recalca Agoney con los ojos brillantes, aguantando las ganas de llorar.

—Ago, ¿te acuerdas del día en el restaurante?

El canario contiene un escalofrío cuando lo recuerda.

—Sí.

—Pues ese día todo fue por mi culpa. Fui yo quien te echó a los leones y no me consideras culpable de nada.

—Pero tú no lo sabías. No sabías que eso podía pasar.

—Y tú tampoco sabías que mi reflejo iba a verse en un espejo, Ago, por favor.

Agoney baja la mirada al sillón, pero Raoul le obliga a levantarla, acompañando su barbilla con uno los dedos.

»Solo fue mala suerte, amor. Lo tuyo y también lo mío. No podemos seguir así, sintiéndonos culpables por algo que no previmos y que, cuando explotó ya no pudimos parar. ¿Lo entiendes?

El canario se seca las primeras lágrimas que han comenzado a resbalar por sus mejillas y Raoul le acompaña. Le acaricia con suavidad y continúa el camino hasta llegar a su pecho.

Agoney sonríe en cuanto se percata de que su corazón se ha acelerado solo por el roce de sus manos. No lo puede evitar, porque está tremendamente enamorado de ese chico.

—Tienes razón. Solo ha sido mala suerte. —reconoce, aunque le cuesta unos segundos.

—Una mala suerte que ha terminado con la mejor oportunidad de mi vida. —Le sonríe de vuelta —Así que, ojalá tengamos más mala suerte, ¿no?

Agoney cierra los ojos y adelanta su rostro para besar los labios de Raoul de nuevo, porque no puede estar más tiempo sin notarlos pegados a los suyos.

Su corazón se dispara una vez más. Su alma se ensancha y se siente pletórico por primera vez en mucho tiempo.

Por un momento, se le olvida la sensación de ahogo, la imagen de prisión que se había dibujado en su cerebro en los últimos días, los titulares descontextualizados que invadían sus sueños y, en su lugar, entra la sonrisa brillante del chico que se ha convertido en el protagonista de su vida.

Cuando se separan, con la respiración agitada y las mejillas encendidas, Agoney solo es capaz de mirarle a los ojos y decir lo que su corazón lleva gritando mucho tiempo.

—Raoul... te quiero.

—Te quiero mucho, Ago. Muchísimo. —responde el rubio, dejando ir las palabras que tenía guardadas para ese momento.

Y vuelven a besarse, mientras se funden en un abrazo intenso, de los que llenan la estancia y miman el cuerpo contrario durante varios minutos. Lo suficiente como para estar seguros de lo que están haciendo. Seguros de lo que son. Y, sobre todo, seguros de lo que quieren.

Quarantine |Ragoney|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora