Quedan pocos minutos para que caiga la noche en un hotel de Ibiza cuando Raoul abre la puerta de la suite presidencial y entra en ella empujando el carrito con tres menús que arrastra cada día y cada noche desde hace algo más de un mes.
Lo que le extraña de todo es no haber tenido que llamar a la puerta, porque ayer Agoney decidió darle una llave para que pueda entrar sin preguntar. Y no es que sea algo relevante, pero le hace mucha ilusión sentirse en tanta confianza con alguien.
Hoy está más nervioso de lo normal, porque el menú lleva una sorpresa para Agoney que, ajeno a todo, se quita los cascos de las orejas y los deja sobre el sofá.
Cierra el ordenador, lo coloca a su lado y se levanta para dirigirse a la mesa.
—Amor, ¿qué cenamos hoy? —pregunta, sujetando por la cintura a su novio y dándole un beso en la mejilla.
—No tengo ni idea. Cuando he bajado Aitana ya lo tenía todo preparado y ni lo he mirado, la verdad.
—Ya decía yo que habías vuelto enseguida...
Recorre su estómago por encima del uniforme y Raoul lleva su mano a la cara de Agoney para acariciar la barba que roza sus dedos y le hace suspirar.
—Es que quería volver a subir para estar contigo. Precisamente hoy...
Se muerde la lengua cuando se da cuenta de que se le ha escapado. Confía en que Agoney no estuviera muy atento, pero el canario le pregunta sin comprender.
—¿Cómo que hoy? ¿Qué pasa hoy?
Raoul se pone nervioso, porque se ha delatado él solo y ahora va a tener que acelerar la sorpresa que tenía lista para su chico en medio de ese cúmulo de fuentes de comida.
—Hoy, porque... bueno... hoy es hoy y... ya sabes...—alarga las frases intentando que suceda un milagro para que los pensamientos de su novio vayan en otra dirección.
Y el milagro se hace presente en forma de Cepeda, que abre la puerta de su habitación y camina por el comedor hacia la mesa en la que se encuentra ya parte de la cena.
—Qué bien huele hoy, ¿no? ¡Qué hambre tengo!
Raoul suelta todo el aire que había retenido en sus pulmones porque esa pregunta y esa exclamación hacen que el canario se separe de él y se acerque a una de las fuentes para destaparla y comenzar a poner la mesa.
—Pues entonces cenemos ya.
Cepeda mira a Raoul intentando entenderle. Comparten un par de gestos silenciosos a espaldas del canario y el gallego sonríe cuando lo comprende todo.
Se acerca a Agoney, le quita la fuente de las manos y la destapa para ponerse un plato hasta arriba de comida. Busca un cuchillo, un tenedor, una servilleta y un vaso y lo coge todo con dificultad entre sus manos.
—Sí, voy a cenar ya. Pero en mi habitación.
Habla muy rápido y se retira sin dar más explicaciones a los chicos, dejando a Agoney con la mirada perdida siguiéndole hasta que desaparece y a Raoul con una sonrisa enorme y agradecida.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Agoney, señalando a la puerta por la que acaba de meterse su amigo.
Raoul se encoge de hombros como si no entendiera nada, aunque, en realidad, la reacción del gallego ha sido todo culpa suya.
—Ni idea, Ago... —Suspira, confiando en que no pregunte más —¿Cenamos?
El canario asiente, algo receloso. No se lo cree mucho, pero tampoco tiene razones como para sospechar de Cepeda. Es bastante raro y a veces se le cruzan los cables y hace cosas incomprensibles, así que no es de extrañar que le haya apetecido cenar solo por una noche.
Se sienta en su silla y busca el menaje que le corresponde para comenzar a cenar. Localiza el primer plato y se sirve, dejando más de la mitad para Raoul que se lo agradece. Busca también la fuente con el segundo y la deja aparte para que no pierda el calor al estar tan cerca del helado que tienen de postre.
Pero, cuando se para un segundo a contar el número de fuentes que hay sobre el carrito, se da cuenta de que hay una que no debería estar ahí.
Una bandeja de plata, estrecha y alargada cubierta por una tapa con la misma forma.
Mueve la cabeza rápidamente y vuelve a contar todos los recipientes, asegurándose de no equivocarse en ningún momento. Primer plato, segundo plato, postre, servilletas, cubiertos y vasos. No falta ninguno y no sabe qué hace ahí esa bandeja que no encaja con el resto.
—Raoul, ¿qué hay ahí? —pregunta, intrigado. Y las mejillas de su novio se tiñen de rojo al instante.
—Ábrelo.
La voz del rubio suena suave y dulce, invitando a seguir su dictado. Agoney le mira a los ojos y le sonríe sin entender de qué se trata.
Coge la pequeña bandeja y la coloca sobre la mesa delante de él. Frunce el ceño y retira con cuidado la tapa, descubriendo el interior.
Una rosa roja.
Los ojos del canario se iluminan en cuanto la ve. Su novio le acaba de regalar una rosa roja.
—¿Y esto, por qué? —pregunta feliz.
—Bueno, hoy es Sant Jordi y... es un día muy importante para mí. —explica Raoul —Sé que debería haberte regalado también un libro, pero, bueno, en el almacén teníamos rosas de las que ponemos en las cenas románticas y me pareció una idea bonita y...
—Mi amor, este es el regalo más romántico que me han hecho.
—Pero, ¿qué dices? Si solo es una tontería... Ojalá hubiera podido salir para comprarte el regalo que mereces.
Agoney coge la flor y se la lleva a la nariz para olerla. Cierra los ojos y permite que su aroma invada sus sentidos, provocándole un ligero temblor en todo el cuerpo.
Camina hacia su chico con la rosa en la mano y, cuando llega hasta él, le acaricia el cuello y le habla de nuevo
—El regalo que merezco eres tú, Raoul.
Sonríe y le da un beso que su novio sigue con gusto. Sus labios bailan unidos en una danza ensayada, la que han conseguido memorizar en el tiempo que llevan juntos.
Agoney deja la rosa sobre la mesa para poder abrazar al rubio por el cuello sin abrir los ojos, sin separarse de él, sin querer salir de esa burbuja de felicidad y amor que les cobija.
Así pasan los siguientes minutos, amándose en silencio, acariciando cada rincón de sus cuerpos y besando todo aquello que el otro les permite besar. Se quieren. Se quieren tanto que sienten que, como entre solo un poco más de ese sentimiento, sus corazones van a estallar.
Para cuando se separan, ambos se miran con los ojos brillantes y sonrisas amplias hasta que Agoney pregunta.
—Entonces, ¿falta un libro?
—Sí, claro. Pero en el hotel no tenemos ninguna tienda de libros ni sabía cómo conseguir uno. He preguntado por ahí por si alguno de mis compañeros tenía algo en la habitación, pero ha sido imposible.
Baja la vista, sintiéndose algo triste por no poder cumplir con la tradición en su día de los enamorados. Aunque no tanto por la tradición sino por el hecho de hacer sentir especial a su novio en esa noche romántica.
Pero Agoney le ayuda a levantar la barbilla mirándole de nuevo antes de dar la respuesta que ambos necesitan.
—Mi amor, yo tengo biblioteca.
Los ojos de Raoul echan chispas cuando se da cuenta. Se muerde la sonrisa sin poder evitarlo y se lanza a besar a su novio de nuevo. Porque es verdad, en la suite presidencial hay una pequeña biblioteca que todavía no han visitado juntos.
Pero que, esa noche, por primera vez, se convierte en el refugio escondido de dos personas que se aman con todas sus fuerzas.
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Quarantine |Ragoney|
FanfictionUn hotel de lujo se ve obligado a cerrar sus puertas a cal y canto por decisión de las autoridades sanitarias y todos sus huéspedes y empleados quedan aislados para evitar expandir el virus. Hay muchas reglas: lavarse las manos, llevar mascarilla y...
