Michelle
Había salido del aula. Caminé directo a mi casillero, necesitaba guardar mis cosas, fingir que todo estaba bien... aunque mis manos aún temblaban. Cuando abrí el papel, al principio creí que era una broma. ¿Quién no lo pensaría? Pero la seriedad en su rostro... no era parte de un juego.
Guardé los libros, respiré hondo y me encaminé a la cafetería. Mi bandeja temblaba ligeramente en mis manos. Me senté en una mesa apartada, buscando algo de silencio entre tanto ruido. Abrí el jugo y justo cuando iba a tomar un sorbo, lo vi acercarse.
No, no era Lando.
—Hola, Michelle. —Franco se detuvo frente a mí, con una sonrisa tímida.
—Hola.
—¿Me puedo sentar? Claro, si no te incomoda.
—Tranquilo, adelante.
—¿Y las chicas? Es raro no verlas contigo.
—Tuvieron un problema con una tarea, se quedaron con el profesor para ver si pueden rehacerla.
—Michelle... ¿te puedo hacer una pregunta?
—Ya la estás haciendo —dije con sarcasmo y una pequeña sonrisa que lo hizo reír.
—¿Te gusta Norris? —soltó, sin filtros.
Abrí los ojos como platos y de inmediato me atraganté con el jugo, comenzando a toser como si se me fuera la vida en ello.
—¿Estás bien? —preguntó alarmado.
—Sí, sí. Tranquilo —tosí una vez más— Estoy bien.
—Lo siento, creo que no debí decir eso...
—No te preocupes. No me gusta. Pero... me tengo que ir, ¿sí? Hablamos luego.
Me levanté rápido, esquivando su mirada confusa, y caminé con paso firme por el pasillo. Iba distraída, pensando en lo que acababa de decirme, y justo cuando llegué a mi casillero, lo vi ahí. A él.
Lando estaba apoyado con desfachatez contra el casillero, como si supiera que en algún punto aparecería.
Instintivamente intenté retroceder, pero su voz me ancló.
—Hey, Mich. —dijo con esa mezcla entre confianza y picardía que sabía usar como nadie.
No me quedó más opción que ir hacia él.
—¿Qué haces aquí, Lando Norris?
—Quería hablar contigo. No me esperaste en el salón.
—Tenía algo que hacer —respondí, evitando su mirada.
—Mmm, ya. Sabes que no me engañas con eso, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir?
Su sonrisa apareció de nuevo. Esa sonrisa molesta, arrogante... y tentadora.
—Sé que te gusto. Y por eso no puedes aguantar ni un segundo lejos de mí.
Abrí los ojos con incredulidad.
—¿Estás bromeando, no? De verdad que tienes un ego demasiado grande.
—No, es que simplemente estoy en lo cierto. Pero tranquila... yo te espero. —Se giró y se alejó, dejándome ahí, pasmada, sin palabras.
Cuando las clases terminaron, volví a casa con la mente hecha un nudo. Saludé a mi madre con una sonrisa automática y subí directo a mi habitación. Me dejé caer sobre la cama. No podía dejar de pensar en lo que había pasado. En todo.
Primero, Lando. Esa nota. Lo que me dijo.
Segundo, el trabajo. El bendito proyecto que teníamos que entregarle al director el lunes.
Bajé a almorzar con mamá. Ella tuvo que salir enseguida a trabajar, así que me quedé sola. Subí a cambiarme, y mientras bajaba las escaleras, aún dudaba si debía ir a casa de Lando. Algo en mí me decía que lo evitara. Pero otra parte... me empujaba a ir. Y esa parte ganó.
Tomé el Uber y este se detuvo frente a una casa blanca, sencilla pero elegante, las ventanas del mismo tono, un auto negro estacionado fuera. Respiré hondo, bajé del auto y caminé hasta la puerta. Toqué el timbre. Escuché pasos. Y por un instante quise huir. Pero antes de poder decidir algo, la puerta se abrió.
Su madre sonriente apareció frente a mí.
—¿Michelle, verdad?
Asentí con la cabeza, algo nerviosa.
—Adelante, cariño. Lando ya viene, estaba bañándose. —Me hizo un gesto para pasar— Soy Cisca, creo que no pudimos presentarnos antes.
—Un placer conocerla —dije, intentando no parecer tan tensa.
—Toma asiento, voy a traerte algo para beber.
Me senté en el sofá, mirando alrededor. La casa por dentro era luminosa, muy espaciosa. Vi a Cisca regresar con un vaso en la mano.
—Gracias —le dije, y ella sonrió antes de desaparecer por otra puerta.
Mis manos no dejaban de moverse. Me acomodé en el sofá, inquieta, y entonces escuché los pasos.
Era él.
Lando apareció con el cabello húmedo y desordenado, una camiseta negra y jeans rotos. Y, por alguna razón, sonreía.
—¿Sonríes porque te alegras de verme? —pregunté, intentando sonar indiferente.
Abrió la boca como para responder, pero no dijo nada.
—Comencemos con el trabajo —dijo al final, con esa sonrisa aún en su rostro.
Fue a la cocina y volvió con una carpeta roja y un libro. Nos sentamos en el piso, uno frente al otro. Él empezó a dictar. Yo escribía, enfocándome en cada palabra hasta que...
—Mierda.
Lo miré, confundida.
—¿Quién escribe eso en un libro escolar?
—No, Michelle, no es eso...
—¿Entonces qué pasa?
Vi cómo su expresión cambiaba.
—Tengo una abeja en la frente. Por favor... quítala. Va a picarme.
No pude evitar sonreír. Su cara era puro miedo.
—Ya voy.
Tomé una revista que estaba sobre la mesa, la enrollé y me arrodillé frente a él.
—No te muevas —dije en voz baja, y me acerqué más... hasta que le di un golpe seco. Él se tambaleó hacia atrás, y al intentar sostenerse, me jaló con él.
Caí sobre su pecho, mi rostro apenas a centímetros del suyo, su respiración estaba igual de agitada que la mía.
Y entonces pasó.
El acorto la distancia entre nosotros y sus labios se fundieron con los míos, cálidos, suaves, temblorosos. Era un beso que tenía muchas emociones mezcladas. Me tomó del rostro, profundizando el beso y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Y por un segundo, dejé de pensar. Solo sentí el calor de ese momento.
ESTÁS LEYENDO
𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓. ᴸᴬᴺᴰᴼ ᴺ
Teen FictionMichelle nunca imaginó que un simple chat en una app anónima haría que se encariñara de rockstar sin siquiera conocer su rostro. Mientras su corazón latía por el chico detrás de la pantalla, Lando Norris aparecía en su vida, un chico que al principi...
