Capítulo 55 - Cosas que no se han dicho

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Michelle

Salir de la librería con los brazos llenos de libros fue como salir flotando. Había comprado como diez, pero no se sentía como un exceso... más bien como un regalo. Oscar caminaba a mi lado con esa calma suya que nunca parecía alterarse, y por primera vez en días, me sentía realmente tranquila. Si ganarse mi corazón implicaba tardes como esta, definitivamente los libros eran un acierto. Aunque no había resuelto nada con Lando, intentar algo con Oscar... no sonaba tan imposible.

Caminábamos por la plaza, observando escaparates y a la gente pasar. Yo todavía hojeaba uno de los libros cuando la voz de Oscar rompió el momento.

—Hay algo que debo contarte —dijo, serio.

Lo miré, sorprendida. Había estado callado casi toda la tarde, pero esa frase tenía peso. Estaba a punto de responder cuando lo vi.

Mattia.

Estaba justo fuera de una tienda, y al verme, sonrió como si el universo le acabara de hacer un favor.

—Bueno, vaya. Esta sí que es una sorpresa —me dijo antes de abrazarme con fuerza—. Espero verte mañana. Tendré la nevera llena de Coca-Cola solo para ti.

—No me perdería una fiesta tuya —sonreí, recordando cómo había dejado todo la última vez solo para llevarme a casa—. Soy una grosera. Mattia, él es Oscar Piastri, es un muy buen amigo mío.

—Un placer, Oscar Piastri —respondió con esa amabilidad tan suya—. Espero verte en la fiesta también. Cualquier amigo de Mich es amigo mío.

—Gracias. Escuché que tus fiestas son legendarias —dijo Oscar, devolviéndole la sonrisa.

—Claro que lo son —rió Mattia. Entonces giró la cabeza hacia un punto detrás de nosotros—. Estoy aquí, hermano.

Seguí su mirada y sentí un pequeño golpe en el estómago. Lando.

Caminaba hacia nosotros con un par de bolsas en las manos. Su presencia llenó el espacio, como siempre.

—Mich. Oscar —saludó, remarcando su nombre más de la cuenta.

Oscar respondió con tranquilidad, yo solo asentí con una media sonrisa.

—¿Vas a casa ya, Mich? Voy a llevar a Lando. Podría llevarte también —ofreció Mattia, sin notarlo.

—¿Oscar puede venir con nosotros? También se quedará en mi casa —dije de inmediato.

—¿Tendrán una clase de noche de películas o así? —preguntó Mattia, medio en broma.

—Él vive con ella —intervino Lando, seco.

Mattia me miró, confundido. Tuve que intervenir antes de que dijera algo más.

—Te cuento en el camino. Vamos —le dije, tomándolo del hombro y empujándolo suavemente.

Durante todo el trayecto de regreso, Oscar contó cómo había dejado Australia para venir a Miami, cómo el fútbol lo había traído aquí y cómo había terminado viviendo en mi casa. Todos escuchaban con atención... todos menos Lando. No dijo ni una sola palabra. Estaba completamente ausente, y aunque quise ignorarlo, no pude evitar notarlo. Algo había cambiado desde la tarde, y no sabía por qué.

Ya en casa, mi mamá nos hizo sentarnos a cenar. Logan estaba allí con la chica con la que estaba saliendo y me pareció demasiado tierno que la trajera para conocer a mis papás. La casa se llenó de voces, risas y ese calor que tanto me gusta. Los chicos le daban vida a todo. Incluso Lando, aunque no dijera nada.

OSCAR

Después de ayudar a la mamá de Michelle a recoger la mesa y lavar los platos, subí a su cuarto. Tenía que decirle. Había querido hacerlo desde la plaza, pero la aparición de Mattia —y especialmente de Lando— había cambiado todo. Respiré hondo frente a su puerta y toqué suavemente.

Nada.

Toqué de nuevo. Silencio.

Empujé la puerta apenas y la vi. Dormida.

Su respiración era profunda y pausada. Se veía tan en paz que me partió un poco el alma. Me acerqué para correr las cortinas. Sabía cuánto le molestaba el sol en la mañana. Solo esperaba que, cuando despertara, no me odiara por lo que le iba a decir.

Eran las 4:40 a. m. y yo seguía despierto, dando vueltas en la cama. La ansiedad no me dejaba en paz. ¿Y si no me perdonaba? ¿Y si decidía no hablarme nunca más? ¿Cómo iba a vivir en su casa por un año entero si no podía mirarla a los ojos?

Pensé en callarlo todo. Logan y ella se habían vuelto tan cercanos. Pero yo no podía más con esto. Estaba matándome. Solo quería que amaneciera para terminar con esto.

En la escuela, todos estábamos como siempre, frente al casillero de Michelle. El grupo hablaba y reía, pero yo no podía dejar de mirarla. Me dolía hasta el pecho.

Ella me miró, sonrió y me tomó del brazo, alejándonos un poco.

—¿Qué pasa? Me vas a desgastar si sigues mirándome así —dijo, y su sonrisa fue como un puñal. No podía arriesgarme a perder eso.

Mentí.

—Quería que fueras mi tutora en química. Estoy algo atrasado.

Ella rió y asintió. Otra mentira más a la lista. Aunque, si era sincero, sí necesitaba ayuda en química.

Volvimos con el grupo. Cada uno se fue a sus clases, y el día se sintió eterno. Nadie hablaba de otra cosa que no fuera la fiesta. Y yo, aunque me moría por verla feliz, solo pensaba en ese momento en que ya no pudiera sonreírme así.

MICHELLE

Faltaban pocas horas para la fiesta, y la emoción era real. Alex, Madi y Sumer estaban por llegar a mi casa para arreglarnos juntas. Me sorprendió muchísimo que Madi y Sumer hubieran viajado cuatro horas solo por la fiesta. Eso sí era ser aferradas. Revoloteaba entre ropa, zapatos y maquillaje, tratando de elegir el look perfecto. No era cualquier noche, iba a ser una que todos recordaran.

—¿Puedo pasar? —la voz de Oscar me hizo voltear.

Estaba recargado en el marco de la puerta, con esa sonrisa suya que se había vuelto una constante en mi vida.

—Estás básicamente adentro —dije, y él rió.

—Quería decirte algo...

—Claro, dime...

Pero en ese momento, Madi y Sumer entraron a toda velocidad, lanzándose sobre mi cama.

—¡Llegamos! ¡Listas para la fiesta! —gritaron mientras saludaban a Oscar y comenzaban a interrogarlo sin piedad. Sabían todo sobre él por mí, pero recién lo conocían en persona.

—Ok, basta —dije, riendo—. ¿Qué querías decirme?

Oscar negó con una sonrisa suave.

—Descuida, puede esperar. No les quito su tiempo de chicas —respondió y se despidió antes de cerrar la puerta tras de sí.

—Es súper lindo. Si no viviera tan lejos, te lo quitaría —dijo Sumer, provocando una risa escandalosa de Madi.

—Era una broma —aclaró, entre risas.

Después de un rato, Alex llegó y entre las cuatro nos sumergimos en la rutina de maquillaje, peinados y mil cambios de ropa hasta que, por fin, llegó la hora. Los chicos ya estaban abajo esperándonos. Era hora de irnos.

Que empiece la noche.

 𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓.  ᴸᴬᴺᴰᴼ  ᴺHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora