Al día siguiente estaba en el salón, terminando de copiar lo que vimos en clase de Ciencias. Había disociado toda la hora. Alex había salido a comprar su desayuno... y también el mío. Escribí un último párrafo en el cuaderno, luego lo cerré y empecé a guardarlo en la mochila. Justo cuando me levantaba del asiento, lo vi.
Lando estaba de pie, recargado en el marco de la puerta.
Respiré hondo y caminé hacia él, deteniéndome a una distancia prudente.
—¿Se puede saber qué quisiste decir ayer con que yo soy tu problema? —preguntó. Su voz no tenía ese tono desafiante al que me estaba acostumbrando últimamente. Esta vez sonaba... derrotado. Y eso bastó para que yo bajara las armas.
—Eso mismo. Lo que acabas de repetir.
No sabía cómo decirle lo que realmente quería decir. Estaba confundida, y no... no es ese tipo de confusión romántica con mariposas. Es solo que no encontraba las palabras. Y tampoco quería encontrarlas.
—Michelle, ¿te puedes explicar mejor? ¿Quieres?
—Lando, lo siento, pero no puedo seguir hablando —le dije, dando un paso para intentar pasar, pero él estiró el brazo, bloqueando el marco de la puerta.
—Tendremos que hablar en algún momento —murmuró. Luego bajó el brazo, liberando el paso. Nuestras miradas se cruzaron. Pude ver en sus ojos el enojo, la frustración, la impotencia.
—Sí, pero no será hoy —dije antes de marcharme.
Más tarde, después de clases, caminé hacia la dirección para recoger un documento. La secretaria no estaba, así que me senté a esperar en una de las sillas del pasillo. Mi teléfono sonó.
Papá:
Cariño, después de clases iré por ti a la escuela para irnos a la nueva casa.
Sonreí y respondí con un "Está bien, aquí te veo". Seguía revisando el celular cuando, de reojo, vi que Lando se acercaba por el pasillo. Antes de que pudiera decir algo, la voz de la secretaria me hizo girar la cabeza.
—Hola, cariño. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Vengo a recoger un documento. Aquí está mi ticket —dije, entregándoselo.
—Muy bien —asintió ella, y luego miró a Lando—. ¿Y a ti, en qué puedo ayudarte corazón?
Él empezó a hablar con ella sobre algo. Honestamente, no escuché ni una palabra. Mi cabeza estaba en otro lado. Cuando terminaron, ella se levantó para buscar el documento y él se sentó justo a mi lado.
—Espérame aquí, cariño. Iré a revisar lo de tu documento —dijo ella, desapareciendo por la puerta de la oficina del director y dejándome completamente sola con él.
El silencio se estiró... hasta que él lo rompió.
—Michelle, por favor, yo...
No terminó la frase porque justo en ese momento la secretaria regresó con una carpeta en la mano.
—Toma, cariño. Dentro está el documento que solicitaste —me lo entregó, y luego miró a Lando—. En un momento podrás pasar con el director.
Revisaba el contenido de la carpeta cuando escuché pasos. Era mi papá. Entró por la puerta y enseguida notó a Lando.
—Hola, cariño —me abrazó—. Oh, hola, Lando —dijo al verlo.
—Hola, señor Lerea —respondió Lando, poniéndose de pie.
—¿Ustedes no estaban saliendo?
—Sí, señor. Así es —contestó Lando antes de que yo pudiera abrir la boca. Lo miré confundida.
—¿Y ya no se hablan? —preguntó señalándonos a los dos.
—Sí, señor, pero su hija últimamente ha estado evitándome —añadió, clavándome la mirada.
Porque eres un idiota, por eso te estoy evitando. Quería decirlo. Quería gritarlo. Pero no lo hice.
—¿Cómo? —dijo mi papá, pero justo en ese momento sonó su teléfono. Era mi mamá. Le pedía que nos diéramos prisa.
—Tenemos que irnos, pero continuaremos esta conversación después —advirtió, y comenzamos a caminar hacia la salida.
No supe qué iba a responderle Lando, pero conociéndolo, seguramente habría dicho que estaba celosa o alguna otra cosa por el estilo.
Después de unos minutos en el auto y un par de vueltas, finalmente nos detuvimos frente a una casa grande de dos pisos. Tenía un jardín hermoso, con un pequeño sendero que conducía al garaje. En el centro, una puerta de entrada blanca con detalles en madera oscura.
Nos bajamos del auto y caminamos hacia la entrada. Cuando papá abrió la puerta, me sorprendí. Por dentro, la casa era aún más bonita. Las paredes eran blancas y luminosas. A la derecha había una gran escalera y el olor a comida recién hecha nos guió hasta la cocina.
Mi tía estaba en la mesa cortando verduras. Al vernos, sonrió. Mi mamá estaba frente a la estufa, revolviendo algo en una olla con una paleta de madera.
—Llegamos —anunció mi papá y le dio un beso en la mejilla a mi madre.
—El almuerzo ya casi está listo —dijo ella, y luego me miró—. ¿Te gusta?
Vi la preocupación escondida en sus ojos. Sonreí.
—Me encanta, mamá. Es hermosa.
—Me alegra mucho. ¿Quieren ayudarme a poner la mesa? —preguntó. Ya nos estaba dando indicaciones de dónde estaban los platos, los vasos y el mantel.
El timbre sonó. Mamá me pidió que abriera la puerta.
Corrí por el pasillo, la abrí...
Y me congelé.
¡Esto debía ser una broma!
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𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓. ᴸᴬᴺᴰᴼ ᴺ
Novela JuvenilMichelle nunca imaginó que un simple chat en una app anónima haría que se encariñara de rockstar sin siquiera conocer su rostro. Mientras su corazón latía por el chico detrás de la pantalla, Lando Norris aparecía en su vida, un chico que al principi...
