Capítulo 28 - Cambios

1.1K 62 6
                                        

Al día siguiente, estaba sentada en la mesa del comedor con una taza de cereal y un sándwich. Mi madre no me dejó ir a la escuela, así que ahí estaba, comiendo... y digamos que no tan feliz. Me dolía un poco la cabeza y, aunque ayer no lo noté, mis jeans se habían rasgado y tenía las rodillas todas raspadas. Por suerte, los rasguños en mi cara no eran tan graves, apenas se notaban.

Terminé de desayunar y fui a la sala a ver alguna película. Me encontraba sola en casa; mi mamá tuvo que salir por una emergencia en su nueva línea de trabajo y mi papá también estaba en la oficina.

El teléfono de casa sonó. Me levanté del sofá para contestar.

—Buen día, ¿por favor con la señora Larea? —dijo la voz de una mujer al otro lado de la línea.

—Ella no se encuentra. ¿Con quién tengo el gusto?

—¿Y el señor Larea? Habla Mónica. ¿Con quién hablo yo?

—Tampoco está, habla su hija.

—Bueno, ¿me podrías hacer un favor?

—Claro...

—Diles que los llamó la agente inmobiliaria. Ya ellos sabrán cómo localizarme. Muchas gracias.

¿Agente inmobiliaria? ¿Para qué querrán mis padres hablar con alguien así? Nunca habían mencionado nada al respecto. Me quedé viendo la pared, confundida, y luego caminé a la cocina por algún dulce.

Un par de horas más tarde, mi mamá llegó agotada. Al entrar, me saludó con un beso en la frente y subió directamente a su habitación. No le pude contar lo de la llamada... Supongo que lo haré después del cine.

Ya me había arreglado y solo estaba esperando a que Franco pasara por mí. Esta mañana me envió un mensaje preguntando si me sentía bien para seguir con el plan o si prefería reprogramarlo. Pero necesitaba salir, distraerme, dejar de pensar en lo que pasó ayer.

Me puse unos jeans no muy ajustados porque mis rodillas aún dolían. También me maquillé un poco para cubrir las ojeras y disimular el rasguño más visible en la mejilla derecha.

El timbre de mi casa sonó y me levanté rápido para abrir la puerta. Ahí estaba Franco, muy sonriente, con las mejillas ligeramente sonrojadas. La verdad, nunca lo había visto tan feliz. Me pregunté si era porque saldría conmigo... No quiero sonar creída, pero es lo que parecía.

—Hola —le sonreí. Él me abrazó con fuerza durante unos minutos y me permití bajar la guardia. Luego dejó un beso en mi frente.

—¿Lista? —preguntó con una sonrisa.

—Sí, vamos —respondí y cerré la puerta detrás de nosotros.

Franco me abrió la puerta de su auto y me ayudó a subir. Durante el trayecto hablamos de todo un poco. Al llegar al cine, caminamos hasta la cartelera para ver las películas disponibles.

—¿Qué quieres ver? —preguntó, mirándome directo a los ojos.

—No soy muy buena eligiendo, en realidad...

—Confío en tu instinto. Están disponibles todas esas en color azul.

—Creo que nos quedaremos con la última —dije, y él asintió sonriente, como si hubiera elegido justo la que esperaba.

—Me parece bien, es muy buena —respondió—. Ven, vayamos a comprar las entradas.

—Mejor, mientras tú haces eso, iré a la fila de los dulces —sugerí.

—Está bien.

La dulcería no estaba muy llena. Caminé hacia la fila y esperé mi turno.

—¿Qué te doy? —preguntó un chico con ojos azules y una sonrisa encantadora.

—Eh... quiero unas palomitas grandes —asintió y las colocó sobre el mostrador—. Dos Coca-Colas, ah, y también una bolsa de gomitas y un chocolate, por favor.

Cuando terminé de pedir, noté que el chico sonrió. No le presté atención y comencé a buscar el dinero para pagarle. Cuando lo encontré, se lo di, pero él tomó mi mano y la sostuvo por unos segundos.

Me aclaré la garganta y él la soltó, pero una sonrisa coqueta apareció en su rostro.

Recogí las cosas y salí. Me encontré con Franco cerca de la entrada a las salas. Me ayudó con las bebidas y los dulces. Mientras avanzábamos por la fila, nos topamos con Lando. Al vernos, se acercó. Franco chocó su mano con él, y luego Lando se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

—¿Cómo estás? Aunque ya veo que estás mejor.

—Estoy mucho mejor, gracias.

—¿Ya le contaste a tu noviecito lo que pasó ayer?

—Sí, ella me contó todo —respondió Franco, haciendo que Lando apretara la mandíbula.

—Adelante —dijo una señora mientras retiraba una cinta roja para dejarnos pasar.

—Nos tenemos que ir —dije, tomando a Franco del brazo para avanzar, dejando a Lando detrás.

—¿Dónde nos sentamos?

—Allá arriba —dijo, señalando los últimos asientos.

Caminamos en silencio y nos acomodamos. Unos minutos después vimos entrar a Lando y Maggie. Se sentaron dos puestos adelante de nosotros.

—¿Estás bien? —me preguntó Franco.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por lo que te sucedió ayer...

—Tranquilo, ya pasó. Por suerte no fue nada más grave —respondí. Nos colocamos los lentes 3D y nos quedamos mirando la pantalla grande mientras pasaban los créditos.

Mi mirada se dirigió a la pareja frente a nosotros. Vi cómo Maggie recostaba su cabeza en el hombro de Lando.

Que comience la función.

Esperaba que ellos se dieran alguna muestra de afecto mayor, pero no pasó nada. Al contrario, Lando parecía incómodo, como si tratara de mantener cierta distancia.

La película estuvo bien. Pero, sin duda, la compañía de Franco fue la mejor parte. Sinceramente, me gustaría volver a salir con él.

—¿Te gustó la película? —preguntó mientras salíamos del cine.

—Sí, estuvo muy buena. Gracias por invitarme.

—Cuando quieras, podemos repetirlo.

—Me encantaría.

El camino de regreso a casa fue muy divertido. Platicamos y hasta cantamos. Cuando llegamos, Franco me abrió la puerta y me ayudó a bajar. Se despidió con un beso en la mejilla y luego se fue.

Entré a casa y vi a mis padres en la sala, viendo televisión.

—Hola, ya volví.

—Hola, ¿cómo te fue, cariño? —preguntó mi madre al verme.

—¿Dónde estabas? —preguntó mi padre, con un tono serio—. Después de lo de ayer pensé que no saldrías en un buen rato.

—Salí al cine con Franco.

—¿Franco Colapinto?

—Sí. ¿Lo conoces? —pregunté, algo confundida.

—Su papá es muy buen amigo mío.

Unos minutos después recordé la llamada de la tarde.

—Ah, por cierto. Llamó una tal Mónica.

—¿Qué quería? —preguntó mi padre, ahora más atento.

—No sé, solo preguntó por ustedes dos.

—Bien... esperen aquí —dijo mi papá, levantándose del mueble y caminando hacia la biblioteca.

Después de un rato, volvió con nosotras y se sentó en el sillón.

—Bien, mañana faltarás a las dos primeras horas de clase. Ya hablé con tus profesores y con el director.

 𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓.  ᴸᴬᴺᴰᴼ  ᴺDonde viven las historias. Descúbrelo ahora