El fin de semana pasó tan rápido como un suspiro.
El sábado con las chicas fue una mezcla agridulce de risas, lágrimas y abrazos que se sintieron como promesas. Rebeca ya estaba empacando una nueva vida al otro lado del mundo, y aunque me sentía orgullosa de ella, dolía. Dolía de esa forma silenciosa en que duelen las despedidas que uno no quiere enfrentar. Me disculpé por haber arruinado su anuncio —aquel día en la escuela— y, como siempre, Rebeca me sonrió con esa calidez que me hace sentir segura incluso cuando todo lo demás está patas arriba. Me abrazó y me dijo que no había nada que perdonar.
El domingo, verla cruzar la puerta del aeropuerto fue como arrancar una página que aún no estaba lista para terminar. Alex se sostuvo mejor de lo que esperaba, pero aun así, sus ojos la delataban. Me dolía el pecho. Me dolía la garganta. Me dolía todo.
Y como si el universo quisiera jugar conmigo, al día siguiente el cielo estaba tan gris como mi ánimo.
El ardor en mi garganta persistía, pero mi mamá decidió que ya estaba lo suficientemente "recuperada" como para volver a clases. Me resigné. Me puse unos jeans, una hoodie amplia y bajé a la cocina.
—Buenos días, princesa. Te extrañé tanto —dijo mi papá con un abrazo de oso, uno de esos que casi me hace llorar.
—Buenos días —susurré, aún medio dormida, con la voz ronca y la cabeza medio nublada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con ternura.
—Bien —mentí, justo antes de estornudar.
Fruncí el ceño al ver la taza que mi mamá me ofrecía. Acerqué la nariz, pero mi olfato seguía de vacaciones.
—¿Qué es esto?
—Té de menta —respondió ella, firme.
—¿Y mi café?
—Nada de cafeína, estás enferma.
Genial. Ni café, ni voz, ni ganas. Me sentía como un fantasma con hoodie.
Después de intentar adivinar a qué sabía el té y comerme a duras penas un bowl de frutas, subí a mi cuarto para meter mis cosas en la mochila. Al bajar, mi mamá me esperaba con un paraguas.
El trayecto a la escuela fue silencioso, apenas interrumpido por las gotas que golpeaban la ventana del auto y por la preocupación de mis padres reflejada en sus miradas.
—Estás ronca —dijo papá al escucharme toser bajito.
"No me digas", pensé.
Cuando llegamos, me dejaron cerca de la entrada. Abrí el paraguas y caminé rápido, deseando que el clima se llevara también mi mal humor. Alex no venía conmigo, y por alguna razón, eso lo hacía todo más incómodo. Me hacía sentir... sola.
Me acerqué a su casillero, pero no estaba. Ni rastro de ella.
—Hey, Mich —me llamó Franco desde unos metros más allá.
Me obligué a girar la cabeza. No tenía energía para sonreír, ni fingir. Solo asentí.
—Tienes una cara terrible —dijo, hasta que notó mi expresión—. Lo siento... no quise...
—¿Te puedo ayudar en algo? —susurré. Apenas si mi voz salía.
—Solo quería ver cómo estabas. Si quieres... podemos ir juntos a clase.
Asentí otra vez. No quería caminar sola. No hoy.
Fuimos en silencio, pero fue un silencio cómodo. Me hizo bien no tener que hablar. Mientras caminábamos, recordé el trabajo del castigo, ese que tenía que entregar al director. Me aclaré la garganta con suavidad y le pregunté si había visto a Lando.
—Sí, estaba en el estacionamiento —respondió sin más.
Un simple "ah" fue lo único que salió de mis labios.
Entramos al salón.
Y entonces, lo vi.
O más bien, los vi.
Una chica rubia —alta, bonita, de esas que parecen sacadas de una revista— tenía su brazo sobre el hombro de Lando. Y él... él tenía su mano en la cintura de ella. Como si fuera normal. Como si fuera suyo.
Pude notar que al menos si habia alguien que lo tolerara en todo momento.
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𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓. ᴸᴬᴺᴰᴼ ᴺ
Fiksi RemajaMichelle nunca imaginó que un simple chat en una app anónima haría que se encariñara de rockstar sin siquiera conocer su rostro. Mientras su corazón latía por el chico detrás de la pantalla, Lando Norris aparecía en su vida, un chico que al principi...
