Capítulo 13 - Noticias y despedidas

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Desperté con la esperanza de sentirme un poco mejor que ayer. Pero no fue así. La fiebre seguía ahí, instalada en mi cuerpo como un huésped que no planeaba irse. Me sentía más débil, más cansada. Más confundida.

—Llamaré al doctor —anunció mi mamá en cuanto entró a mi cuarto. Sus manos tibias rozaron mis mejillas y frunció el ceño antes de salir con el teléfono en la mano.

Me quedé sola con mi respiración y el celular entre las sábanas. Había revisado los mensajes al menos tres veces desde anoche. El de Lando. El de Rockstar. Ambos deseándome buenas noches. Ambos tan distintos. Ambos presentes.

Se sentía extraño.

Una parte de mí no podía creer que estuviera recibiendo mensajes de dos chicos completamente opuestos. Uno era Lando: tangible, molesto, terco... conocido. Y el otro, Rockstar, un completo desconocido. Un nombre en una pantalla, pero que, de algún modo, también se sentía cercano.

No les respondí a ninguno. No sabía qué decir. "Gracias" me parecía suficiente... pero tampoco sentía que quisiera empezar ninguna conversación. Así que los dejé en visto. Y punto.

Lando me había preguntado cuándo regresaría al instituto. Como si de verdad le importara. Como si necesitara saberlo.

La verdad es que regresaría el lunes. Hoy apenas era viernes. Tenía tres días para intentar ordenar todo esto que sentía: lo que pensaba de él, lo que no quería sentir y lo que ya no podía esconder.

El sonido de la puerta me sacó de mis pensamientos. Mi mamá regresó con el teléfono en la mano.

—El doctor dijo que viene en una hora —informó, sentándose en la silla frente a mi escritorio.

—Está bien —respondí, sin mirarla. Me quedé observando el techo como si ahí fuera a encontrar alguna respuesta.

El celular vibró sobre mi cama. Era un mensaje de Alex.

💬Lando habló conmigo. Voy a tu casa en cuanto salga.

Tragué saliva. Sentí las palmas sudorosas y el pecho apretado. Ese mensaje no presagiaba nada bueno. Cerré los ojos, intentando parecer normal.

—¿Sucede algo, cariño? —preguntó mi mamá. Al parecer, lo de "actuar normal" tampoco se me daba bien.

Negué con la cabeza y ella me observó por un segundo antes de asentir.

—Estaré abajo. Si necesitas algo, llámame —dijo antes de salir.

El doctor llegó puntual. Me revisó, me auscultó, me preguntó lo mismo que todos los doctores preguntan. Al final, dijo que tenía una infección de esas que estaban de moda últimamente. Me recetó medicamentos, descanso, y que no saliera hasta sentirme mejor.

Me quedé esperando a Alex con una taza de gelatina en las manos. Comía rápido, como si eso fuera a acelerar su llegada. Cinco minutos después, escuché los pasos que subían las escaleras. La puerta se abrió.

—Hola —saludó con una sonrisa, acercándose para abrazarme, pero extendí la mano como una barrera.

—Tengo un virus raro. No quiero contagiarte —expliqué rápido. Ella solo alzó una ceja, divertida, y se sentó donde antes había estado mi mamá.

—Bien, te contaré lo que hablamos Lando y yo —anunció, cruzando las piernas. Asentí en silencio, esperando el impacto.

—Me preguntó si lo de tu enfermedad era real. Dice que te vio esa mañana y juraba que estabas completamente sana.

Abrí los ojos como platos.

—¿Entonces sí me vio? ¡Yo me escondí como tonta entre los arbustos para evitarlo!

Alex soltó una risa ligera.

—Dice que quiere hablar contigo. Que lo que pasó necesita una conversación seria. Cree que fingiste estar enferma solo para no enfrentarlo.

Me tapé la cara con las manos. La vergüenza me recorría entera.

—Bueno... en parte tiene razón. Estoy enferma, sí, pero también necesitaba tiempo. No estoy lista para hablar con él.

—Yo le dije que estabas mal, que no estabas fingiendo. Le mencioné la videollamada como prueba.

—¿¡Videollamada!?

—Sí, obvio. Así te veía en tiempo real. Pero igual, dijo que si tiene que venir hasta aquí, lo hará.

Me dejé caer sobre la cama con un suspiro.

—No se va a dar por vencido.

—Yo creo que le gustas —soltó Alex, como si fuera lo más obvio del mundo.

Me incorporé de golpe.

—No, no... Lo que quiere es aclarar que no tenemos nada en común y que lo mejor es dejar todo ahí.

—Michelle... te estás montando una novela en la cabeza.

—Quizá. Pero algo de razón tengo, ¿no?

—¿Has hablado con Rebeca?

—No. Casi no he tocado el teléfono.

—Se va de intercambio. A Europa. A una escuela de proyección escénica.

—¿Qué?

—Quería contarnos en la escuela, pero como tú no fuiste...

Me sentí terrible. Por huir de Lando, me había perdido algo importante con una de mis mejores amigas.

—¿Cuándo se va?

—El domingo.

—¿Y los chicos ya lo saben?

—Sí, se los dijo hoy. Carlos no lo tomó muy bien, pero quiere organizar algo para despedirla. Si hacen algo, te avisamos.

—No sé si mi mamá me deje salir, pero igual la llamaré. Quiero hacer algo con ella mañana. Aunque sea entre nosotras.

—Me parece perfecto. El domingo también podemos acompañarla al aeropuerto.

Y así pasamos la tarde. Entre palabras, memorias, ideas. Entre planes para despedir a Rebeca y pensamientos que aún no sabía cómo ordenar.

Pero por unas horas, se sintió bien no pensar en Lando. No pensar en Rockstar. Solo estar ahí, con alguien que me conoce, siendo simplemente Michelle.

 𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓.  ᴸᴬᴺᴰᴼ  ᴺHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora