Oscar
Soy Oscar Piastri. Vivía en Seattle hasta hace poco, antes de mudarme a Miami con mi mejor amigo, Logan. A ambos nos transfirieron por el programa de fútbol americano, y aunque nos encantaba nuestra ciudad, sabíamos que este cambio era una oportunidad para comenzar de nuevo. Era la primera vez que vivíamos completamente solos, sin padres ni tutores, solo nosotros en una ciudad enorme con infinitas posibilidades.
Recuerdo que llegamos un martes, si no me falla la memoria. El vuelo había sido largo, el calor abrumador, y yo solo quería dormir durante días. Pero Logan, como siempre, tenía otros planes. Había escuchado hablar de un nuevo lugar en la ciudad, un spot donde se reunían estudiantes como nosotros, y aunque me negué al principio (varias veces, para ser sincero), terminó convenciéndome. Tenía razón. Si ese iba a ser nuestro nuevo hogar, debíamos explorarlo.
Al llegar, lo primero que notamos fue una mesa llena de chicos. Pensamos en acercarnos, quizá saludar, pero apenas comenzamos a caminar, ellos comenzaron a levantarse, recogiendo sus cosas. Decidimos sentarnos en una mesa cercana. Un par de minutos después, algo llamó mi atención: una luz persistente en uno de los asientos que habían dejado vacíos. Intenté ignorarla, pero seguía parpadeando insistentemente. Me acerqué por simple curiosidad... y ahí estaba: un teléfono olvidado, vibrando con al menos diez llamadas perdidas.
No tenía contraseña. Me pareció raro, en estos días todo el mundo pone clave a su vida. Busqué algo que me ayudara a identificar al dueño, alguna pista, pero solo encontré unas fotos. Regresé con Logan, le mostré el teléfono, y él empezó a curiosear.
—Una tal "SweetM" le escribió —dijo, leyendo una notificación de una app con interfaz anónima.
—Déjame ver —pedí, tomando de nuevo el teléfono. La conversación estaba ahí, esperándome como si fuera para mí... pero no la leí. Aún no.
Esa noche, ya en el pequeño departamento que nos habían asignado temporalmente, volvió a aparecer otra notificación de esa misma persona. La curiosidad me venció. Abrí el chat. Al parecer se iban a encontrar muy pronto. Ella estaba emocionada, él (quien fuera el dueño del celular) parecía que también... y sin embargo, por lo que vi en las fotos, tenía novia. Esa contradicción me dejó inquieto.
Seguí leyendo. No pude parar. Cada mensaje suyo me atrapaba más. Tenía una forma de expresarse tan dulce, tan sincera, tan jodidamente especial. Era divertida, aguda, un poco intensa... pero intensamente real. No entendía cómo alguien podía jugar con ella. ¿Por qué seguir hablándole por esa app si ya tenía una relación?
Sin darme cuenta, empecé a responderle. Supongo que al principio fue por impulso, por la injusticia. Pero luego... se volvió inevitable. Hablar con ella era lo mejor de mis días. Nunca supe su nombre, pero sentía que la conocía. Cada palabra suya me hacía querer conocerla más.
Así que decidí cambiar el lugar de encuentro. Quería conocerla. A mí. No al tipo que había perdido el teléfono.
Pasaban los días y cada segundo se hacía eterno. Llegó la noche. Logan me encontró caminando sin parar por la habitación.
—Vas a hacer un hoyo en el piso, deja de caminar por Dios —dijo, tirándome sobre la cama.
—¿Debería ir formal? Iremos a un restaurante, no sé qué se usa para estas cosas —confesé, con una frustración que me desbordaba.
Él abrió mi closet como si fuera su casa, tirando camisas, jeans y zapatos sobre la cama.
—Usarás esto —declaró—. No es demasiado casual ni muy elegante. Ahora báñate y vístete, que el restaurante está lejos.
Lo obedecí sin decir más.
Ya en el auto, mientras él manejaba, los nervios me tenían hecho un desastre. No era el tipo original con quien ella había hablado, pero aún así, me importaba su opinión. Me importaba todo de ella. Llegamos con 25 minutos de anticipación. Me quedé dentro del coche, respirando hondo.
—¿Ahora no caminas? —se burló Logan, y eso me hizo sonreír, aunque el corazón me latía con fuerza.
Chocamos los puños y salí. Entré al restaurante y pedí una mesa con buena vista. Me senté, jugué con mis dedos, revisé el reloj. Era la hora.
Y entonces... la vi.
Ella.
Era la misma chica de las fotos del teléfono. Mi corazón se detuvo por un segundo. ¿Cómo era posible? ¿Ella era ella? ¿Ellos habían estado hablando sin saber que hablaban el uno con el otro?
Me puse de pie, como si mis piernas se movieran solas, y me acerqué.
—Creo que tú debes ser SweetM —dije con una media sonrisa.
Se giró y sonrió de vuelta.
—Y tú debes ser Rockstar.
—¿Nos sentamos?
La conversación fluyó como si hubiéramos hablado durante años. Yo sabía muchas cosas gracias a los mensajes, pero no las usé como ventaja, solo me dejé llevar. Estuvimos dos horas hablando. Dos horas que se sintieron como diez minutos.
Todo era perfecto.
Hasta que dijo que debía irse.
Le pedí su número. Sus redes. Ya no tenía sentido seguir en la app. Ella me miró, y por un instante pensé en besarla. No podía evitarlo. Pero giró el rostro con suavidad, bajó la mirada.
—¿Hay alguien, cierto?
—Sí... yo. Lo siento —susurró.
—No tienes que disculparte. Soy yo quien debería hacerlo —dije.
Ella se inclinó y me dejó un beso en la mejilla antes de despedirse. Y se fue.
Volví al departamento y me tiré al sofá. Logan apareció con un tazón de cereal, como si el mundo siguiera igual que siempre.
—¿Qué tal te fue, Romeo? —preguntó, pausando su serie.
—No me lo vas a creer... —empecé, y supe que no iba a dormir esa noche.
—¿Recuerdas la pareja de las fotos? Ella era la chica de la app —dije, con una sonrisa que no pude evitar.
Él casi escupe el cereal.
—¡¿Qué?! ¡¿Ellos hablaban sin saber que eran pareja?! ¡Eso es de película! ¿Qué iban a hacer cuando se dieran cuenta?
—Muy loco, ¿no? Supongo que evité una discusión... o una ruptura.
—¿Y la app?
—Le pedí su número y sus redes. Creo que ya no usaré esa cuenta. Voy a cambiar la contraseña y borrarla.
—¿Vas a seguir hablando con ella?
—Quiero ser su amigo... aunque me guste y tenga novio.
Pasamos el resto de la noche viendo películas. Y antes de dormir, le escribí un mensaje.
¿Ya dormirás?
Sí, estoy muy agotada,
pero fue lindo conocerte al fin.
Hablamos mañana si quieres. Descansa.
Espero poder verte otra vez.
Ella ya no respondió. Supongo que se quedó dormida.
Y yo me quedé despierto... pensando en ella.
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𝑹𝒐𝒄𝒌𝒔𝒕𝒂𝒓. ᴸᴬᴺᴰᴼ ᴺ
Ficção AdolescenteMichelle nunca imaginó que un simple chat en una app anónima haría que se encariñara de rockstar sin siquiera conocer su rostro. Mientras su corazón latía por el chico detrás de la pantalla, Lando Norris aparecía en su vida, un chico que al principi...
