6. Pensar lo mejor de ti

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María ha intentado durante todo el camino que le cuente dónde la llevaba

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María ha intentado durante todo el camino que le cuente dónde la llevaba. Al no conseguir nada, hemos acabado hablando de música, su tema favorito; bueno, y de leer, que sé que también le encanta. Con ella es fácil mantener una conversación. Aparte de inteligente, es muy natural y le gustan las cosas sencillas, algo que adoro de ella.

Aparco mi coche junto al polideportivo del barrio de San Blas. Lo dejo justo en la puerta, pues necesito estar lo más cerca posible. Me quito el cinturón mirándola, viendo cómo observa alrededor sin saber todavía por qué estamos aquí.

—Mario...

—Ahora lo verás, pecosa.

Salimos ambos del coche, justo en el momento en que un muchacho moreno sale por una de las puertas. No tendrá ni diez años y, en cuanto se percata de mi presencia, viene corriendo hacia mí con el rostro emocionado.

—¡Mario! —exclama el muchacho al acercarse—. No creí que fueras a venir tan pronto.

Abro los brazos para recibir su fuerte abrazo, que se alarga más de lo que pensaba. Le revuelvo el pelo al separarnos, sonriéndole a un hombre algo más joven que yo, que aparece detrás del chiquillo.

—¡Mario! ¿No me digas que ya lo tienes todo? —me pregunta, estrechando nuestras manos a modo de saludo.

—Les he metido prisa a los de las camisetas y las he recogido hace un rato. Está todo en el maletero, Antonio.

—Ya verás lo contentos que se van a poner los chicos. Mira, hoy mismo van a poder entrenar con ellas.

—Pues me alegro de haber llegado a tiempo.

Abro el maletero del coche, siendo Antonio y Efrén —el chico moreno que me ha saludado tan efusivamente— quienes se encargan de sacar las cajas.

—¿Os ayudo? —pregunta María, que hasta ahora no había abierto la boca, pero que no parece molestarse por el lugar en el que estamos.

—Eh... —dudo un momento sobre qué puede llevar—. Ven —le digo mientras saco una bolsa no muy grande del maletero—, si no pesa mucho, puedes llevar esta.

—Está bien. Puedo con ella —me contesta, rozando mis dedos al coger la bolsa.

—Pues sígueme, pecas.

María asiente entusiasmada y camina a mi lado, manteniéndose un poco detrás, ya que no conoce el camino. Agradezco que en este momento no me esté acribillando a preguntas y se limite a ayudar. Más tarde le responderé a todo lo que quiera saber.

Entramos al polideportivo y Antonio nos indica que dejemos las cajas en el pabellón, que está al fondo del pasillo. Caminamos hacia allí, observando que los chicos de fútbol 7 ya están preparados para entrenar.

En cuanto se percatan de nuestra presencia y ven las cajas, saben perfectamente lo que traigo y dejan de calentar para venir hacia nosotros.

Los críos nos rodean en cuestión de segundos. Sus caras se iluminan como si fuera Navidad y el murmullo se transforma en gritos de emoción difíciles de ignorar. 

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora