Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Solo hace media hora que Mario llegó y ya me muero por besarlo. Le he robado un pequeño beso cuando mis padres no miraban, regañándome él con la mirada, pero ni caso le he hecho.
No es la primera vez que viene a verme. De hecho, todas las tardes lo hace y, por suerte, a mis padres no les extraña su presencia tan habitual en casa; es más, hasta le agradecen que esté aquí conmigo.
—Te juro que es superior a mis fuerzas, Mario —se justifica mi madre mirando el apósito que aún cubre mi tobillo—. Cada vez que veo los puntos, se me revuelve el estómago.
—¿Pero tan feos están? —le pregunto, pues yo tampoco he querido mirarlos.
—Son puntos. Con costra y sangre seca, claro que son feos —responde Mario, tomando mi pierna con mucha delicadeza para ponerla sobre uno de los cojines.
—Voy a necesitar cirugía estética entonces.
—No hay cirugía para tobillos —me aclara mi madre encogiéndose de hombros—, ya he preguntado.
—Esta es la última cura. En tres días te quitarán los puntos y podrás apoyar el pie —me recuerda Mario, quien al parecer está bastante puesto al día de mi lesión.
—Estoy deseándolo. Odio hacer reposo. Estoy muy aburrida —le aclaro, pegando un respingo al sentir sus dedos acariciando con disimulo mi pie.
—Y quejica, también —añade mi madre formando una mueca a la vez que toma la chaqueta que ha dejado sobre la silla—. Has sido tan pesada que tu jefe tuvo que mandarte cosas que hacer para no escucharte.
—Puedo trabajar desde casa con el ordenador. Me dieron permiso y no creo que sea nada malo.
—Reposo lo llaman —se burla mi madre de mí, bajando a continuación el tono de voz para que mi padre, que aún está en la planta de arriba, no nos escuche—. Por cierto, si aún quieres que tu amigo especial venga a visitarte, por nosotros no hay problema. Yo me bajo al sótano con tu padre para daros intimidad.
Siento mis mejillas calentarse por la mención que mi madre acaba de hacer. Mi mirada se cruza con la de Mario, quien reprime una sonrisa apretando con delicadeza los dedos de mis pies para activarme la circulación.
—Ni por mí tampoco, porque no va a venir —le respondo intentando no mirar de nuevo a Mario, porque mi madre es jodidamente lista y se va a dar cuenta de todo—. Está fuera. Por trabajo.
—Ajá.
Es lo único que contesta mi madre. Yo ruedo los ojos, deseando que deje de hablar. Mi padre entra en ese momento en el comedor, saludando a Mario en cuanto lo ve. Sentir sus dedos recorriendo mi piel es bastante placentero, y es en eso en lo que quiero concentrarme ahora.
—Nosotros nos vamos —nos dice mi madre, acercándose a mí para dejar un pequeño beso en mi mejilla—. Mario, ¿podrías quedarte hasta que volvamos? Vamos al ginecólogo y luego a comprar un par de cosas para el bebé.