Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Estoy intentando mantener la calma.
Pero con ella no puedo.
No era capaz de pensar con coherencia mientras íbamos en el coche y he pensado que mejor me callaba antes de meter la pata. Y ahora, ahora ella se piensa que estoy enfadado y no es así.
Es la primera vez que una mujer me pone tan nervioso, haciéndome incluso sentir torpe. Y joder, tengo una edad en la que estas cosas no deberían afectarme, pero es que ella... me afecta más de lo que pensaba.
Espero a que salga del coche para ponerle la mano en la cintura y guiarla dentro del local. A estas horas todavía no hay mucha gente, así que la llevo hacia una de las mesas del fondo, donde podremos estar tranquilos.
Nos sentamos uno enfrente del otro, sin hablarnos. De hecho, ella coge la carta sin mirarme, lo que me hace aprovechar para mirarla.
Está nerviosa. Se muerde los labios cuando lo está, hinchándolos aún más con ese tono rojizo natural tan adorable. Y esto me hace sentirme mal, porque mi mente sucia me lleva a imaginar cómo sería tener esos condenados labios rodeando mi polla y ella tomándome bien profundo.
Una puta fantasía. Eso es lo que es.
—Mario —llama María mi atención, sacándome de mis lascivos pensamientos.
—¿Qué? —le digo algo brusco, arrepintiéndome al momento, pues no quería que sonara así—. Perdona, dime.
—¿Me has pedido perdón? ¿Tienes fiebre? —María pone su mano en mi frente. Su contacto es cálido y suave, y me río al verla burlarse de mí.
—Cuando quieres eres más tonta.
—Y cuando no, soy arrebatadora —me dice sacándome la lengua—. Venga, pide algo, que a mí me gusta todo.
—¿Quieres algo para los dos? —le pregunto, intentando sonar despreocupado.
—Oh, Dios —dice llevándose las manos al pecho—. ¡Voy a compartir algo con Mario Hermoso! Creo que me muero. Lo mismo hago una foto y lo pongo en mi Instagram.
Hace un gesto teatral con la mano, abanicándose incluso con ella. Le hago un gesto a la camarera y, cuando viene, le pido un helado para compartir los dos. En cuanto nos deja solos, decido que ya basta de silencios incómodos entre nosotros.
—¿Me vas a contar lo del tatuaje? —le pregunto, buscando su mirada. En ella aparece un brillo intenso, junto a una ligera mota de rebeldía.
—¿Vas a chivarte?
—No —le aseguro, cruzando los brazos, porque en verdad jamás contaría nada de lo que ella me dijera.
—Me lo hice en Londres, una noche... un poco loca.
—¿La perfecta y prudente María teniendo una noche loca? —alzo las cejas.