Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Aquí estoy.
En mi puto coche, esperando que ella salga, sin saber si lo hará. Si se vendrá conmigo a mi casa y si... follaremos.
Ni yo mismo me creo lo que le he dicho.
Todo para protegerla, me he dicho. Para impedir que se fuera con Giulano y acabara siendo una más en la lista de ese gilipollas.
Protegerla.
Cuando la verdad es que lo he hecho porque estoy celoso que te cagas, pensando en que ella estuviera con él, desnuda, dejando que la bese y que la toque y no ser yo el que lo haga.
Arranco el coche sin pensar en nada más, pues sé que si lo hago, me arrepentiré y la dejaré plantada, y entonces no habrá quien me salve.
Pronto llego a la puerta de la discoteca, sintiendo un intenso vuelco en mi corazón, pues ella está ahí, esperándome. Abrazada a su abrigo negro, el cual esconde esos preciosos muslos en los que esta noche me voy a perder.
Mierda.
Esto es real y ya no hay vuelta atrás.
La deseo, la deseo muchísimo. Y sé que está mal. Soy mayor que ella, pero es que no puedo más. La tengo metida en mis sueños y en mis pensamientos constantemente, desde aquel puto beso que le di el día de su cumpleaños. Me atormenta ese recuerdo, y de alguna manera tengo que comprobar que solo es eso, un recuerdo, y apagar este fuego que tengo por ella.
María se da cuenta de que la espero y camina hacia mi coche. Abre la puerta y se sube sin decir nada, sin dedicarme ni una sola palabra. Simplemente se ajusta el cinturón y desvía su mirada hacia el frente mientras conduzco alejándome de la discoteca.
No sé si estará nerviosa, pero yo estoy atacado perdido.
—¿Y dónde me llevas? —me pregunta, mirándome con esos sensuales labios rojos que tanto me excitan y que mi cabeza ve alrededor de mi polla, y a poder ser, esta noche.
—A mi casa. Allí estaremos más cómodos —solo la miro unos segundos para apartar después mi vista y mirar la carretera.
—Vale. Supongo que tendrás preservativos y todo eso.
—Sí, tranquila —le digo divertido por su pregunta—. María, ¿tú eres virgen?
—No, no lo soy —contesta, algo sorprendida por su respuesta, una que me ha puesto celoso. Celoso de que otro tío haya sido el primero y no yo. Joder, María, me afecta más de lo que pensaba—. Te he dicho ya mil veces que no soy una cría. Y nunca me crees.
—Sé que no eres una cría, María. Siempre has sido muy madura para tu edad.
—¿Y a qué viene la preguntita?
—Ya sabes. Por si es tu primera vez y todo eso... y tengo que ir con cuidado.
—Ay, Mario. Para. Solo va a ser sexo y ya está. No dramatices —María rueda sus ojos, y yo me estoy dando cuenta de que me encanta provocarla.