Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Ha pasado una semana desde que me desmayé en casa de Mario.
Una semana en la que mi vida ha cambiado por completo, siendo consciente de que, a partir de ahora, nada volverá a ser igual.
Estoy en mi cuarto, apoyada en el alféizar, viendo cómo el cielo empieza a oscurecerse. Dentro de poco anochecerá. Bajo la mirada al móvil y releo el último mensaje de Mario.
No falla ni un día. Uno por la mañana, dándome los buenos días. Otro por la noche, deseándome dulces sueños. Y, aunque intente hacerme la fuerte, mi corazón se acelera cada vez que aparece su nombre en la pantalla.
No he querido verlo ni hablar con él. Sigo dolida. Mucho. Sé que tarde o temprano tendremos que sentarnos y afrontar todo esto, sobre todo porque vamos a tener un bebé.
Paso la mano por mi vientre y sonrío sin darme cuenta. Es increíble. Todavía me cuesta creerlo. Voy a tener un hijo. Un hijo suyo. En otras circunstancias estaría saltando de felicidad, riendo sin parar, contándoselo al mundo entero. Pero entonces recuerdo nuestra última conversación y esa alegría se queda a medias.
Hay una parte de mí que quiere correr hacia él, perdonarlo y llenarlo de besos. Y hay otra que solo quiere protegerse, no volver a romperse por dentro.
Soy un caos. Un torbellino. Río y lloro casi al mismo tiempo. Lo echo de menos. Muchísimo. Daría cualquier cosa porque estuviera aquí, abrazándome fuerte y prometiéndome que todo va a salir bien. Pero luego vuelven a mi cabeza sus palabras, una por una, clavándose donde más duele. Y entonces se me llenan los ojos de lágrimas otra vez.
Viene todos los días a casa. Todos. Hasta mis padres y mi hermano se han puesto de su parte. Cuando sé que está a punto de llegar, me encierro en mi habitación. No estoy preparada para mirarlo a los ojos. Ni para escucharlo. Ni para enfrentar lo que siento cuando lo tengo cerca.
Mañana empiezo a trabajar y sé que no podré seguir esquivándolo. Nos veremos. Koke me ha dicho que tenemos que hablar, que arreglar lo nuestro. Que él también está mal, que se siente como una mierda.
Pero yo todavía no quiero.
—El Atlético ha ganado —me dice mi madre, atravesando la puerta de mi cuarto para sentarse en mi cama—. Con gol de Mario. Ha sido un golazo. Y te lo ha dedicado, porque ha hecho un corazón con las manos.
—O a alguna de sus zorras, que tiene muchas.
—¡María! —me reprende mi madre, chasqueando la lengua un par de veces—. ¡Se acabó!
—¿Qué? —le pregunto, extrañada, incorporándome en la cama y mirándola con los brazos cruzados.
—Que se acabó. Llevas una semana ignorándolo.
—Es lo que se merece —le digo, apretando los labios, muy cabreada. Esa defensa a ultranza que hace de él no me gusta nada, porque parece que le importa más Mario que yo.