30. El Cabecero De La Cama

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—Lo siento, Maria, pero yo así no puedo

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—Lo siento, Maria, pero yo así no puedo.

Miro a Mario confusa por lo que acaba de decirme. Ya sabía yo que tantas demostraciones de afecto por su parte, tendrían un límite. Y parece ser que es ahora cuando se está dando cuenta de todo lo que me ha dicho y hecho hoy.

Voy a abrir la boca para preguntarle qué le pasa, pero no me da tiempo. Su mano se cierra con firmeza en mi cintura y me atrae hacia él sin aviso. Su boca encuentra la mía en un beso que no es suave ni tierno, sino de una rudeza exquisita, cargado de todo lo que ha estado conteniendo durante la noche.

Sus labios se mueven, probándome, marcando el ritmo, hasta que su lengua roza la mía y me arranca el aliento. No pienso. No puedo. Me limito a abrir la boca y dejar que me bese como si no existiera nada más, como si el mundo se hubiera reducido a nuestras bocas. Sus manos me acercan más a su cuerpo y siento el calor que desprende, la tensión que nos envuelve.

Estoy muy excitada. Lo deseo con una intensidad que me sorprende. Lleva toda la noche provocándome, con sus miradas escondidas, con palabras cargadas de provocación. En la cocina no pude soportarlo más y le hice una mamada cuyo sabor aún tengo en mi boca. 

Y ahora todo eso explota en este beso. Su lengua se enreda con la mía, insistente, lenta, arrancándome un leve temblor que nace en el vientre y se expande por todo mi cuerpo.

Sus labios recorren los míos una y otra vez, con prisa, como si quisiera aprenderse todo de mi con rapidez. Cuando su lengua repasa mi labio superior, me estremezco por completo, incapaz de ocultarlo. Finalmente se separa apenas, lo justo para mirarme. Sus ojos están oscurecidos por el deseo, cargados de una intensidad que me deja sin palabras.

Trago saliva, desorientada, olvidando dónde estamos y lo que acaba de hacerme sentir. Sin decir nada, me toma de la mano y tira de mí, sacándome de la pista de baile sin darme opción a despedirme de nadie.

 Caminamos deprisa hasta la habitación para recoger los abrigos y, antes de salir, Mario vuelve a clavar sus ojos en mí, como si ese beso aún no hubiera sido suficiente.

—Te deseo tanto que me duele todo el cuerpo —me confiesa mientras me entrega mi abrigo.

Me da un beso en los labios, breve pero intenso, y salimos de la casa sin decir nada más. Su mano se entrelaza con la mía mientras caminamos hacia el coche y el aire frío de la noche choca contra mi piel, devolviéndome de golpe a la realidad.

Doy un par de pasos más antes de detenerme en seco, tirando suavemente de su mano hasta obligarlo a pararse conmigo, en mitad de la calle.

—¡Mario! —le grito, estremeciéndome por todo lo que acaba de suceder.

—¿Qué pasa? —me pregunta confundido.

—¡Que me has besado delante de medio Atlético!

—¿Y? —responde, alzando los brazos como restándole importancia.

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora