Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Solo hace un par de minutos que hemos despegado y aún tengo la adrenalina pegada a la piel. Por el partido, por la expulsión y por ella. La he sentido más mía que nunca. Entregada, dejándose llevar y accediendo a todos mis reclamos.
Es mía.
Jodidamente mía.
Hasta que ella quiera.
No hay más. No voy a buscar explicaciones a lo que siento cuando estoy con María. Me gusta. Quiero mantener esto que tenemos, pero hacerlo bien. Ella y yo, y nada más. Sin presiones ni mentiras.
—Mario, cámbiame el sitio, anda —me pide Koke apareciendo delante de mí. Levanto una ceja mientras él intenta contener una sonrisa—. Es que me mareo si no voy en ventanilla.
—Tú nunca te mareas. Ni en barco.
—Hoy sí. Vamos, levántate, muro.
Koke me guiña un ojo, sin poder evitar sonreír. No protesto. Simplemente me levanto y dejo que se siente al lado de Sorloth. De todas formas, el cabrón ya está dormido y no iba a darme mucha conversación.
Camino hacia el asiento de Koke, que estaba sentado junto a María. Sé perfectamente por qué quería que le cambiara el sitio, y no me importa su estratagema.
—Hola —la saludo en cuanto me siento a su lado. Su expresión cambia al darse cuenta de que soy yo.
—Hola.
—¿Y tu mano? —le pregunto en cuanto me siento.
—No te lo vas a creer, pero todavía me pican los dedos. Aunque, la verdad, me he quedado a gusto.
Tomo su mano entre las mías y se la sujeto. Está algo roja. No me extraña: le dio una buena bofetada a Eu. Cuando todo el equipo salió del vestuario, María se cruzó con él y no lo pudo evitar. Le pegó. Le cruzó la cara y le dedicó unas palabras amenazantes, diciéndole que diera gracias a que no se lo contaba a su tío Isco, porque si no, no volvía a jugar en el Málaga.
Huyó el desgraciado, y ella se quedó más tranquila después de lo que había hecho. Y yo... yo me sentí jodidamente orgulloso de cómo se defendió a sí misma.
El avión avanza y está bastante silencioso. Estamos muy cansados y hay mucha gente aprovechando para dormir.
—¿Vendrás mañana al torneo de los niños? —le pregunto, mordiéndome el labio. Me apetece muchísimo que venga conmigo y solo espero que me diga que sí.
—Claro que iré —me responde sonriendo—, aunque espero que esta vez vengas a buscarme.
—¡Joder, María! —protesto, viendo cómo aprieta los labios para no soltar una carcajada.
El silencio se apodera de nosotros, igual que del resto del avión. Ella busca una postura más cómoda, revolviéndose en su asiento un par de veces. Acabo por tomarla de la cintura y tiro de ella hasta hacer que se apoye en mi cuerpo. Su cabeza descansa sobre mi pecho y pasa un brazo por mi cintura.