Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
María apoya su cabeza en mi pecho y la abrazo con fuerza, mientras mis ojos se pierden en el techo pensando en lo rápido que cambian las cosas de un día para otro. Hace apenas una semana estaba borracho, maldiciéndome por mi mala suerte, enfadado con mi madre y con el mundo. Y ahora estoy aquí, con la futura madre de mi hijo.
Nuestro hijo. Cada vez que lo pienso, una felicidad brutal me recorre. Voy a ser padre. Y con ella.
Hasta hace poco no pensaba ni en tener una relación seria, y mucho menos en hijos. Y ahora, solo puedo sentir que esto que vivo es lo mejor que me ha pasado en la vida. Todo gracias a María. Mi preciosa y valiente María, quien es mucho más fuerte de lo que jamás imaginé. Tiene que serlo para aguantarme a mí.
—¿En qué piensas, Mario? —me pregunta, acariciando mi costado.
—En ti, en nosotros... ¿en qué voy a pensar? —le respondo, sonriéndole—. En nuestra vida juntos, en que vamos a ser padres. Dios... aún no me lo creo. Voy a tener un bebé contigo, amor.
—Yo tampoco me lo creo. Es increíble que aquí dentro... —continúa hablando no sin antes acariciar su vientre— haya una personita. Nuestra personita. Oye... prométeme algo, Mario. Si algún día te agobias con todo esto, me lo dices.
—¿Con qué me voy a agobiar, María?
—Pues ya sabes... cenar con mi familia, estar aquí en mi casa... todas esas cosas de pareja que tú tanto odias...
La quito delicadamente de mi pecho y me siento para mirarla a los ojos. Le cojo la mejilla con una mano pues quiero que me preste toda su atención y tenga muy claro lo que quiero decirle.
—¿Sabes una cosa, pecosa? Tú y yo ya somos una pareja... y tengo que admitir que me gusta hacer todo esto contigo. Pero te prometo que si me agobio, te lo digo, ¿de acuerdo? —le prometo dándole un suave beso en los labios.
—De acuerdo —me sonríe y vuelvo a recostarme—. Siempre me has gustado, Mario...
—¿Ah, sí? —le digo riéndome, levantando una ceja mientras la miro, no queriendo decirle que ya lo sabía porque me lo contó Tamara.
—Desde antes de aquel verano... del puto verano de mis 16 años. Te veía y no sé...
—A esa edad no. Pero con 18... no te digo lo que me imaginaba que me hacías...
—¡María! ¿Tenías pensamientos lascivos conmigo?
—Joder, pues claro, Mario. Que me gustas desde los 15 años. Lo único que quería era salir contigo y que me besaras hasta que me dolieran los labios... y luego, ya de más mayor... pues... ya sabes... me da vergüenza contarlo.
—Algún día me tendrás que explicar todas esas fantasías que tenías conmigo...
—Mario, estar juntos supera todas mis fantasías, créeme. Lo hemos hecho en tantos sitios... es más de lo que jamás imaginé que pasaría contigo...