Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Febrero
Aparco el coche en una de las calles del barrio de Chamartín. Todavía no son ni las cinco de la tarde. El sol se retira poco a poco y la temperatura baja considerablemente. Me bajo del coche y espero a que María haga lo mismo. Ella mira el local que hay justo enfrente. Caminamos uno al lado del otro, dirigiéndonos hacia él, y le pongo la mano en la espalda para guiar sus pasos.
—Me parece increíble que abran un domingo solo para ti —me dice María al llegar a la puerta del establecimiento.
—Soy Mario Hermoso. Me dejo mucho dinero en este sitio como para que no me atiendan un domingo.
—Prepotente —me dice, sacándome la lengua.
—Y tú, culona —le respondo, dándole una palmada en el culo.
María protesta sin mucha convicción, mordiéndose los labios y dedicándome una seductora mirada. No lo hace a propósito. Ni para provocarme, es que en ella es natural estos malditos gestos que tanto me encienden.
Entramos juntos en el estudio de tatuajes. No es un sitio muy grande; a lo sumo, un par de habitaciones. Aun así, la decoración y los dibujos le encantan a María, que lo observa todo con mucha atención. Para una amante del arte como ella, este lugar es lo más parecido a un museo. Mira las paredes repletas de diseños y alucina cada vez más.
Al momento, un chico algo mayor que yo nos recibe. Es de mediana estatura, pero de complexión fuerte. Está rapado y lleva una barba poblada. Su piel está llena de tatuajes de colores brillantes.
—Jodido, Mario Hermoso. Este año espero que tu puto equipo me dé más alegrías que otros años. Quiero una Champions pero ya —me dice él acercándose hasta mi, fundiéndonos los dos en un amistoso abrazo.
—Le estoy intentando, no creas —le contesto haciéndome a un lado para presentarle a María.
—Esta es María, la diseñadora del tatuaje —le digo con orgullo.
María terminó su dibujo hace unos días y yo ya me di la primera sesión en este estudio el viernes. Hoy lo terminamos y la he traído para que vea el resultado. Quiero darle la sorpresa. Me siento en el sillón de tatuajes mientras observo cómo Miguel, el tatuador, prepara todos los instrumentos.
—Pues déjame decirte que dibujas de puta madre —le dice Miguel—. ¿Tienes más diseños hechos?
—Bueno... yo... —contesta ella—. La verdad es que tengo un block entero de dibujos, pero tampoco es que sean muy buenos, y la mayoría son de dragones...
—Si son la mitad de buenos que este, te aseguro que sería capaz hasta de comprártelos. ¿Por qué no me los traes algún día y les echamos un vistazo?
—Vale. La verdad es que me encantaría —responde ella, azorada.
—Quién sabe, lo mismo te interesa dibujar para nosotros...