Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Mayo
—Te estoy poniendo nerviosa —le digo a María, tomando una de sus manos entre las mías.
—No... no lo haces, pero tú sí lo estás.
—Estoy atacado de los putos nervios.
—¿Qué es peor, esto o jugar mañana la semifinal de Champions contra el City?
—¡María, por Dios! ¡Esto! ¡Al puto City le ganamos mañana sí o sí!
Ella ríe. Una carcajada que me atraviesa el pecho y me hace sonreír. Paso uno de mis brazos por sus hombros y la sostengo contra mí. Solo unos segundos, porque pronto se abre la puerta de la consulta y nos levantamos para entrar.
La ginecóloga, tras la mesa, se presenta con amabilidad, preguntando nuestro nombre y haciéndole a María unas cuantas preguntas para confirmar los datos que tiene.
—¿Y qué tal lo llevas, María? —pregunta, muy pendiente de sus respuestas.
—Mejor —contesta mi chica—. Desde hace un par de días ya no vomito tanto.
—Porque ya has rebasado el primer trimestre. A partir de aquí se supone que no tendrás tantos vómitos. Sigue tomándote las pastillas que te recetaron hasta que remitan. He revisado los resultados de los análisis y son muy buenos. Estás por encima de los límites de lo que es normal. Eres joven y muy sana, y por eso todo ha salido tan bien.
—Me alegro mucho.
—Así que vamos a ver a este pequeñín.
La ginecóloga se pone en pie y nosotros la imitamos. La seguimos hasta una sala contigua, donde una enfermera acompaña a María hasta un sillón reclinable y le indica que se suba la ropa para dejar al descubierto el vientre. Ella se acomoda y hace lo que le piden.
Le aplican el gel frío sobre la barriga y la doctora comienza a deslizar el ecógrafo con movimientos suaves y precisos. Busco la mano de María y la entrelazo con la mía, apretándola con delicadeza. La pantalla se ilumina y empiezan a aparecer imágenes y sombras que, para mí, no tienen demasiado sentido.
—Bueno, vamos a ver qué tenemos por aquí... —murmura la doctora sin apartar la vista del monitor.
Desplaza el aparato, teclea algunos datos y observa la pantalla con atención. De pronto, pulsa un botón y el sonido rítmico de un corazón llena la habitación.
Miro a María; abre la boca, sorprendida. Las lágrimas comienzan a resbalar por sus mejillas y me inclino para besarle la frente. La ginecóloga continúa concentrada en su trabajo, en silencio. Incluso la veo fruncir ligeramente los labios mientras vuelve a teclear, con un gesto un poco más serio.
—Perdonad que no os diga nada todavía, pero estaba confirmando los datos. Lo que hay en la pantalla, aparte de los latidos —nos dice, ahora con un gesto más relajado— os lo voy a enseñar ya, pero... tengo que deciros que... hay dos bebés...