Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Ya hay bastantes coches aparcados en los alrededores, señal inequívoca de que no he llegado de los primeros... o de que aquí ya hay media familia reunida. Desde fuera se escucha un jaleo constante que se escapa por las ventanas abiertas: risas, voces, algún grito infantil y el inconfundible sonido de una casa llena de gente y vida. Sonrío sin poder evitarlo. Este tipo de ruido siempre me ha gustado.
Por suerte, hoy el tiempo acompaña. Para estar en noviembre, el frío todavía no aprieta demasiado y el sol se deja ver, agradeciendo que el día sea así de soleado. El aire es fresco, sí, pero no incómodo; de esos días en los que apetece estar fuera sin abrigo grueso y respirar hondo antes de entrar en calor humano.
Aprieto un poco más los paquetes que llevo en las manos y noto cómo la ilusión me recorre por dentro. Estoy deseando ver la cara de mi enana cuando descubra lo que le he comprado. Solo imaginar su expresión, esos ojos enormes abriéndose de par en par y esa sonrisa que se le pone cuando algo le hace especial ilusión, ya hace que todo merezca la pena.
El día que Maya y Marcos me pidieron que fuera su padrino creo, sin exagerar, que fue uno de los más felices de mi vida. No supe qué decir durante unos segundos, algo poco habitual en mí. Sentí un nudo en la garganta y un orgullo difícil de describir. Desde ese momento, supe que ese papel iba a significar mucho más de lo que nunca habría imaginado.
El recuerdo del bautizo vuelve a mi mente con una claridad sorprendente. Sostenerla en mis brazos mientras la bautizaban, sentir su peso, su calor, su manita aferrándose a mi dedo... Es de esos momentos que se te quedan grabados para siempre, de los que no se borran con el paso del tiempo por mucho que cambie la vida.
Me acerco a la puerta y llamo al timbre. No pasa ni un segundo cuando la abren, sin preguntar siquiera quién es. Subo las escaleras como puedo, cargado de paquetes y esquivando algún juguete traicionero por el camino. Antes de que me dé tiempo a decir nada, aparece Maya en el rellano, con una sonrisa enorme en la cara, de esas que te hacen sentir como en casa incluso antes de cruzar la puerta.
-Miedo me das con lo que traes ahí -me dice ella abrazándome, con esa ternura y cariño con la que siempre me recibe.
-Soy su padrino, ¿qué esperabas? -le digo haciéndome el fastidiado.
Maya me da un beso en la mejilla y me hace pasar dentro, entrando en el comedor para dejar los regalos en una mesa que casi se desborda por la cantidad de paquetes que sostiene.
-¡Mario!
Sonrío al ver a mi princesa de ojos azules corriendo hacia mí. Solo tengo que agacharme, y ella se arroja a mis brazos. La alzo del suelo y la colmo de besos, riéndose ella por todas las cosquillas que le causo.
Esta niña me da la vida.
Y la otra me la quita.
María entra por la puerta y se me olvida cómo se respira. Lleva unos vaqueros tan pegados que su culito respingón me la acaba de poner muy dura. Y el jersey rosa de cuello a la caja le aprieta las tetas de una forma deliciosa. Joder, si es que hasta el pelo se lo ha recogido en una coleta.