42. Como llegué a ser quien soy

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María y yo estamos en la cama

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María y yo estamos en la cama. Ella tiene las piernas cruzadas y apenas se cubre con la sábana y el edredón. Yo estoy recostado en el cabecero, observándola en silencio. Me siento nervioso, pero sé que necesito hablar, abrirme con ella. Quiero que conozca quién fui y cómo era mi vida antes de que apareciera en ella. Salvo Maya, Marcos y Koke, nadie más sabe nada de mi pasado. Ni siquiera a mi ex pareja le conté nunca mi historia.

—No estés nervioso, Mario —me pide María tomando mi mano. Siento cómo acaricia mis nudillos, ese gesto con el que intenta tranquilizarme—. Nada de lo que me digas va a hacer que te quiera menos.

—Me da vergüenza contarte todo, pecosa. Yo no he tenido una vida fácil —contesto, manteniendo una sonrisa nerviosa.

—Por eso te quiero más. Por lo valiente y fuerte que eres, Mario...

—A ver por dónde empiezo... —me muerdo el labio superior—. No te creas, pero me cuesta un poco hablar. Son los nervios.

—No tenemos prisa. Cuando tú quieras, cuando estés preparado.

Me sonríe con esa sonrisa que ilumina su rostro, la que ya me sé de memoria y que sé que es solo para mí. Después de todo lo que he sufrido, estoy convencido de que algo bueno he tenido que hacer en la vida para tenerla a ella. A la mujer que ahora sí puedo decir, bien alto, que es la mujer de mi vida.

—Joder... —me rasco el pelo y empiezo—. Mi padre nos abandonó cuando yo nací, así que nunca lo conocí. Mi madre tampoco me hablaba de él. Bueno, sí... se refería a él como "el hijo de puta". A mí me crió mi abuela. Desde que tengo uso de razón, mi madre solo aparecía en momentos puntuales. Venía a final de mes para que mi abuela le diera dinero de la pensión y desaparecía hasta el mes siguiente. Mi abuela fue quien se encargó de todo. Incluso me llevaba a los entrenamientos del Madrid. Esa fue una época muy feliz. Iba a verme a todos los partidos, se preocupaba de que comiera bien, de que estudiara... de que no me faltara nada. Aunque, a veces, alguna vecina llamaba porque habían visto a mi madre tirada en el parque, borracha, y tenía que ir a buscarla y traerla a rastras. Y créeme, no es agradable ver a tu madre así, dando el espectáculo a plena luz del día.

—¿Cuántos años tenías?

—Doce o trece, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo eran las burlas en clase. Y lo peor era escuchar que por treinta euros mi madre se dejaba hacer de todo.

María se lleva las manos a la boca, horrorizada.

—Creo que eso fue lo peor. Que en el instituto me llamaran "el hijo de la puta".

—Mario... Es horrible que siendo tan pequeño tuvieras que pasar por eso.

—Sí. Lo es. Pero empecé a pasar de todo, a hacerme el fuerte. Contestaba y me metía en peleas. Hasta que un día mi abuela me cogió y me dijo que, si no quería que dijeran que era como mis padres, no actuara como ellos.

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora