35. Un pequeño accidente

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Marzo

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Marzo

De verdad que intento concentrarme, lo prometo. Pero María lo pone difícil. No ayuda en absoluto que esté sentada sobre el césped, mordisqueando un bolígrafo y frunciendo los labios cada vez que escribe. Desde que le confesé cuánto me gusta verla con los labios pintados de rojo, no ha vuelto a usar otro color. Y cada vez que lo hace, consigue desarmarme por completo. Me resulta imposible apartar la mirada. Es preciosa. Sin exagerar, es la mujer más hermosa que he visto jamás.

Desde San Valentín, tengo la sensación de que lo nuestro avanza con paso firme, y no puedo negar que me encanta hacia dónde nos dirigimos. La he llevado a muchos de mis sitios favoritos y he disfrutado viéndola sonreír en cada una de nuestras citas. Incluso fuimos al cine a ver una de esas películas románticas que tanto le gustan. Algo tan simple como compartir unas palomitas a su lado se transforma en un recuerdo especial.

Me encanta estar con María. Nunca me he sentido tan cómodo con nadie. Y, aunque sé que tiene veinte años, hace tiempo que dejé de notarlo, porque en muchos momentos demuestra una madurez que supera con creces la mía.

—Concéntrate, muro —me dice Koke, dándome una colleja en el cuello.

—Estoy concentrado —le respondo, llevando mi mirada por encima de su hombro para ver cómo María se levanta y se dirige hacia el banquillo.

—Sí, claro. El entrenamiento es aquí —me dice, señalando esta parte del campo—, no donde está ella.

—Vale. Lo siento —me doy la vuelta para no mirarla más y Koke niega con la cabeza, riéndose.

—Ay, Mario. Mis plegarias han sido escuchadas. Estás enamorado...

—¡No sé de qué me hablas! —empiezo a trotar hacia la banda, cogiendo mis tobillos conforme lo hago. Giro la cabeza y vuelvo a mirar a María.

El cabrón de mi amigo se ríe de mí de nuevo y esta vez le respondo dándole un codazo, corriendo algunos metros así, fastidiándonos el uno al otro.

—La vas a gastar de tanto mirarla. He tenido una idea —me dice Koke mientras nos damos la vuelta para correr hacia el otro lado—: pídele salir.

—¿Que le pida salir? —le pregunto, riéndome, porque lo que más hacemos últimamente es eso, salir.

—Sí, así lo hacéis oficial. Y no tenéis que esconderos más. Que, madre mía, os coméis con la mirada en los desayunos.

—Humm —le digo, pensativo—. Pedirle salir... me gusta tu idea.

—Aunque puede que tu padre te mate.

—Correré el riesgo. Ella lo merece.

—¿Estás seguro de que quieres enfrentarte al entrenador del Real Madrid por su hija?

—Y al puto mundo, si hace falta.

Koke detiene sus pasos, mirándome de arriba abajo, para darme después otra colleja que, esta vez, no puedo evitar.

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora