38. Aunque tú no me quieras

3.2K 158 97
                                        

Me llevo la mano de nuevo al estómago al sentir otra vez esa molesta punzada

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Me llevo la mano de nuevo al estómago al sentir otra vez esa molesta punzada. Achacarlo a los nervios es la excusa que me estoy poniendo para no salir corriendo al médico, que es lo que debería hacer, pero estoy muy preocupada por Mario.

Koke dice que no lo vio salir de la Ciudad Deportiva y que por eso no pudo hablar con él. Le ha pasado igual que a mí: no nos coge el teléfono. Así que, harta de que me ignore y temiéndome que le haya pasado algo, estoy en la puerta de su casa, llamando al timbre con insistencia hasta que por fin me abre.

El Mario que tengo delante de mí es irreconocible. Lleva la camiseta por fuera y el pantalón medio desabrochado, mientras sus ojos lucen muy brillantes. Demasiado.

—¡Hombre! Si está aquí mi enamorada —dice, pegándole un trago a una botella que tenía escondida en la mano izquierda—. Pasa, bonita, que nos vamos a divertir un rato.

Está ebrio, y verlo así me resulta muy desagradable. Abre la puerta y entro. La cierro detrás de mí y, antes de que pueda reaccionar, me acorrala contra la pared. El olor a alcohol es fuerte. No soporto verlo en ese estado. Se inclina para besarme y giro la cabeza, de modo que sus labios acaban rozándome la mejilla.

—¿Qué te pasa ahora? ¿Te has vuelto delicada? —se burla de mí, mientras pongo una mano en su pecho para empujarlo y que se aparte.

—Estás borracho.

—¡No me digas! Es que eres más lista...

María me guiña un ojo, dándose la vuelta para caminar por el pasillo. Lo sigo sin saber muy bien cómo voy a lidiar con esto, pues nunca se ha emborrachado delante de mí.

—No me cogías el teléfono. Ni a mí ni a Koke —le recrimino mientras él se sienta en el sofá, o mejor dicho, se deja caer de cualquier manera—. Y a él lo has ignorado en la Ciudad Deportiva. ¿Qué ha pasado?

—No te importa, María. Son mis mierdas, no te metas —gruñe, dándole otro trago a la botella.

—Pues mira, sí que me importa, y deja ya de beber, joder... —le grito intentando quitarle la botella, sin mucho éxito, porque esquiva mi mano sin ningún problema.

—¡No me sale de los cojones dejar de beber! ¡Para eso estoy en mi casa! Así que, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta, bonita.

—No me pienso ir y dejarte solo, gilipollas —respondo, igual de enfadada.

—Pues a lo mejor yo no quiero que estés aquí.

—Pues te jodes —le digo cada vez más cabreada por su actitud de mierda, porque sé que es la conversación con su madre lo que lo ha puesto así y no pienso dejarlo solo.

—¡Lárgate de mi casa, María! —me chilla, incorporándose en el sofá y lanzándome una mirada furiosa.

—¡No me da la gana!

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora