Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Marzo
Abro la puerta de casa de mis padres resoplando. Dejo el bolso en la percha de la entrada, me quito el abrigo y entro al comedor. Mi madre da el biberón a Aurora y Martín duerme en su carro, ajeno a todo. Me acerco para observar a mi hijo y acaricio su mejilla; está adorable. Por suerte, en los últimos meses ha ganado algo de peso, ya que desde que nació ha sido el más pequeño de los dos.
—Hola, cariño, ¿cómo te ha ido? —pregunta mi madre.
Me inclino para besarle la mejilla. Al mirar a Aurora, me invade la emoción: es idéntica a su padre. En sus ojos claros, en su sonrisa y en la forma de su rostro veo a Mario; cada vez que la observo, debo contener las lágrimas.
—¡No puedo más! Estoy agotada —me dejo caer en el sofá, derrotada—. ¡Tres casas, tres! Y ninguna me convence. No sé qué voy a hacer, mamá...
—Vamos, María... alguna tendrá que gustarte. ¿Cuántas has visto?
—Doce en lo que llevamos de mes. Siento que no voy a encontrar ninguna. Si no es la piscina, es el jardín; si no, los dormitorios son demasiado pequeños o necesita reformas. Estoy exhausta... no pido tanto, solo un lugar donde sentirme segura.
—Cariño, la casa perfecta no existe, créeme.
—Sí existe... es esta —murmuro con fastidio.
—Seguro que si Mario estuviera aquí...
—Ya... pero no está —Aprieto los labios y termino rompiendo a llorar al recordarlo. Dios, cuánto lo echo de menos.
—No llores, mi niña —dice mi madre mientras se sienta a mi lado.
—Lo extraño muchísimo, mamá. De verdad... no puedo sola. Lo necesito... —las lágrimas resbalan sin control por mis mejillas.
—Claro que puedes, mi amor. Además, tienes a Saúl...
—Pero Saúl no es Mario, mamá...
—Lo sé. ¿Por qué no descansas un par de días de la búsqueda? Luego lo retomas con más calma.
Mi madre acaricia mi rostro, apenada al verme así. Su hija, con solo 21 años, tiene demasiado sobre los hombros, pero ella permanece a mi lado para sostenerme.
El teléfono suena. Lo saco del bolsillo y aparece el nombre de Saúl en la pantalla. Respondo intentando serenarme; no quiero preocuparlo.
—Hola, Saúl —digo con un tono que busca parecer alegre.
—Hola, cariño. ¿Estás bien? No me quedé tranquilo al dejarte en casa.
—No te preocupes, estoy bien, de verdad...
—La última vivienda me encantó; es la mejor de todas las que hemos visto estos días.
—A ti lo que te entusiasma es tener una habitación solo para ti, que te conozco, Ñíguez...