Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Estoy en mi despacho, mirando el sobre que tengo en la mano. Me dan ganas de tirarlo directamente a la basura, pero sé que luego me preguntarán por él y alguien acabará enfadándose. Resoplo y voy directa a los vestuarios del equipo. Llamo antes de entrar, preguntando si están todos visibles. Me dicen que sí, que pase pues hace rato que el entrenamiento ha terminado y ya están todos vestidos.
Veo a Mario en una esquina. Me mira sonriendo y yo le devuelvo la sonrisa rápidamente sin muchas ganas, solo pensando es que cuanto antes acabe con esto del sobre, mejor.
—Saúl, Mario, Baena y Robin —les llamo intentando controlar la molestia que siento—, ¿podéis acercaros un momentito?
—¿Ya nos vas a regañar, María? —dice Saúl riéndose. Le sonrío de forma forzada y suspiro. Se acercan y les hago sentarse.
—Os han invitado el domingo a ver un desfile de la Madrid Fashion Week —les digo, rebelando así, el contenido del sobre.
—¡Hala! —dice Robin—. Es la primera vez que me invitan.
—Yo ya he ido un par de veces —añade Saúl con gesto de hastío—. Es aburrido. ¿Hay que ir a la fuerza?
—Si no queréis, no hace falta —les digo, sintiéndome un poco más contenta.
Mario me mira disimuladamente. Cada vez me cuesta más no prestarle atención a esa mirada. Por suerte, nadie se dio cuenta en Nochevieja de que nos besamos. Lo único que preocupa a sus compañeros es con quién se enrolló Mario en la cocina. Nadie sospecha que fui yo, y agradezco que así sea porque tendría que dar muchas explicaciones que no me apetece.
—¿Y de quién es el desfile? —pregunta Alex Baena, a quien casi ni miro para responderle.
—Pues... —resoplo— de Women's Secret.
La cara de los cuatro cambia al instante. Hasta Mario deja asomar una sonrisa. Parece que les ha tocado la lotería al ver la expresión de su rostro.
Putos tíos, pienso. Todos iguales.
—Bueno, María —dice Saúl condescendiente—, si nos han invitado tendremos que ir. Quedaría feo no hacerlo.
—Eso —dicen los otros dos.
Miro a Mario y él se encoge de hombros dándoles la razón a sus compañeros. Y ahora mismo odio que tenga esa cara, que muestra esa sonrisilla complaciente.
—No los voy a dejar solos —contesta Mario enfadándome su respuesta.
—Bien —digo, tendiéndoles el sobre—. Solo espero que mañana le ganéis al Madrid, porque quedaría muy feo que os metan cuatro o cinco goles y luego lo celebréis en el desfile.
—¿Por qué crees que nos van a ganar? —me dice Mario, muy molesto.
—Porque juega mi hermano.
Le dedico una sonrisa irónica y salgo de allí. Tengo un montón de cosas que hacer, entre ellas preparar el partido del Bernabéu. Mis tacones resuenan por todo el pasillo caminando cada vez más rápido. Estoy muy cabreada, sobre todo con la actitud de Mario.