Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Hace algo de frío a estas horas de la tarde. Me apretujo en la chaqueta y camino hacia donde está Enzo sentado. En cuanto me ve, me dedica una sonrisa, aunque no tan alegre como otras veces. En sus ojos se adivina tristeza, quizá provocada por su pelea con su novia.
—Adri es una dramática. Supongo que te lo ha contado todo —me dice Enzo, mirándome algo tristón.
—Sí, me lo ha contado —le respondo mientras le aparto un mechón del flequillo—. Le he dicho que no tiene sentido que piense en eso, y dice que no quieres contárselo porque es alguien a quien ella conoce.
—Si se lo cuento, nos mata.
Miro a Enzo y dejo escapar un largo suspiro, porque si mi mejor amiga supiera cierto episodio del pasado de su novio, no me volvería a hablar en la vida.
Ambos callamos, seguramente pensando en lo mismo.
Aquel verano en que cumplí dieciséis años y Mario me dijo que se iba al Atlético. Fue la primera vez que me trató como a una adulta y me confió un secreto que nadie más conocía.
Enzo y yo éramos inseparables. Mejores amigos. Hablábamos de todo y decidimos perder la virginidad juntos. Queríamos hacerlo con alguien con quien tuviéramos confianza y que no fuera un trauma para ninguno. Y puedo decir que fue un momento único. Enzo fue muy dulce y paciente conmigo.
—La perdería como amiga, Enzo —le recuerdo mientras le cojo la mano—, pero si eso significa que tú también la pierdas, adelante, cuéntaselo. No me importa, de verdad.
—No voy a hacerlo, María. Eso es algo tuyo y mío, y de nadie más. No lo entendería. Creería que todavía nos gustamos o que sentimos algo el uno por el otro, y sería un infierno para los dos.
—Adri es muy intensa, pero te quiere mucho —le digo, y estoy diciendo la verdad—. Mi amiga está profundamente enamorada de ti.
—Pues si de verdad me quiere tanto, tendrá que respetar mi vida. No voy a compartirlo todo con ella, y menos cosas tuyas y mías.
—Como quieras —miro hacia el horizonte, pensando en mis propios secretos, en cómo yo tampoco querría contar ciertas cosas a las personas más allegadas.
Apoyo la cabeza en su hombro y él pasa uno de sus brazos por mi espalda. Me atrae hacia él, dejándome descansar casi sobre su cuello.
—Nos lo pasamos bien —dice él riéndose, refiriéndose a aquel momento tan mágico para los dos.
—¿Haciéndolo o intentándolo? —le digo alzando mi cabeza mientras le ofrezco una sonrisa burlona.
—Las dos cosas. Creo que pocas personas pueden decir que su primera vez fue maravillosa.
—Si, es cierto —me pongo melancólica recordando lo mucho que nos reímos cuando nos tocábamos y nos besábamos—. pasamos un buen rato.
—Dos buenos ratos —recuerda Enzo guiñándome un ojo.