Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Toma, la chaqueta que te dejaste anoche en mi casa.
Me cambia la cara en dos segundos. Siento que mi corazón acaba de romperse otra vez. Me quedo blanca.
Quiero llorar, quiero gritar. Quiero pegarle a Mario.
Y, cómo no, otra vez la culpa es de la camarera.
Alzo los ojos y lo miro, intentando que no se me note nada, aunque por dentro me esté desmoronando. Él coge la bolsa que le da ella y le da las gracias, como si nada. Como si no acabara de hundirme.
Tengo que salir de aquí ahora mismo o me temo que voy a ponerme a llorar. Y hacerlo delante de todos es lo último que quiero. Sobre todo delante de él. No se merece mis lágrimas. No se merece nada de mí.
Ya no.
Voy a levantarme, pero la mano de Koke agarra la mía, impidiéndomelo. Giro la cabeza y lo miro, desconcertada. Él me sonríe con ternura y acaricia mis nudillos, intentando tranquilizarme.
—¿Qué era eso que me contaste de la Fundación el otro día? —me pregunta, forzándome a hablar para que nadie note lo que está pasando.
—Pues... ¿la campaña de la epilepsia? —consigo decir sin ser capaz de mirar a Mario a la cara.
Escucho a Saúl y a Jan reírse con él, deseosos de que les cuente con detalle su encuentro con la camarera. Cada risa es un golpe más a mi destrozado corazón.
—Sí, eso, cuéntame —Koke me mira y me sonríe, realmente preocupado por mí. No entiendo cómo él puede entenderlo todo y Mario absolutamente nada.
—Estamos haciendo anuncios para Facebook e Instagram y creo que también habrá una recaudación de fondos...
—Suena interesante. ¿Os puedo ayudar? Me interesa mucho el tema —continúa Koke, dándome conversación y desviando la atención.
—Sí, claro. Miraré a ver cómo puedes...
El móvil me interrumpe. Lo cojo de la mesa y veo el nombre del míster en la pantalla.
—Dime, Diego.
—¿Podrías venir a mi despacho, por favor? Es muy urgente —me dice con un tono serio.
—Sí, voy para allá.
Me levanto y recojo mis cosas. Me despido con apenas unas palabras y sin mirar a Mario. No puedo hacerlo.
Mientras me alejo, sé que él me sigue con la mirada. Luego gira la cabeza y se encuentra con los ojos desaprobadores de Koke. Baja la cabeza, algo avergonzado.
Y yo sigo caminando, intentando que no se me caiga el mundo encima.
Entro en el despacho del míster con el corazón encogido. Lo que ha hecho Mario es lo peor que podía hacerme. Ya no hay dudas: esto se ha acabado. Ha faltado a su promesa y con eso lo ha roto todo.