Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Octubre
Nadie me entiende. Nadie parece comprenderme. ¿Tan difícil es ver que realmente lo estoy pasando mal? Siento que ya no sirvo para nada, que las personas más importantes de mi vida no me necesitan. Y es muy duro estar así. Sentirse así. Angustiada. Triste. Y muy culpable. Eso es lo que me mata: la culpabilidad.
—No creo que sea buena idea —le digo a mi madre, cruzando los brazos. Ella sostiene a mi pequeño Martín en una mano mientras con la otra le pone el chupete a Aurora—. Pero mírate, si te faltan manos...
—María, ¿quieres callarte de una vez y largarte? Estoy bien, y tu padre llegará en cualquier momento. Además, estos niños tienen dos abuelos más —mi madre me mira frunciendo el ceño, y yo me doy la vuelta enfadada.
Mario me observa, con el ceño fruncido, visiblemente enfadado. Llevamos más de diez minutos en el vestíbulo y aún no me atrevo ni a moverme.
—¿Podemos irnos ya? —me pregunta Mario al abrir la puerta de casa de mis padres. Ahora mismo lo odio por obligarme a salir.
—Si no hay más remedio —le contesto, acercándome a mis hijos. Le doy un beso a Aurora y ella me echa los bracitos—. Adiós, mi vida. Portaros bien.
Hago lo mismo con Martín, conteniendo las lágrimas. Los beso a los dos de nuevo y dejo escapar un largo suspiro.
—Vete tranquila, María. Estaremos bien —me dice mi madre, besando mi mejilla.
Ellos estarán bien, pero yo no. Y no le importa a nadie.
—Cualquier cosa, mamá...
—Sí, no te preocupes, y disfruta; que de eso se trata.
Me doy la vuelta, mordiendo mis labios para no llorar. Miro por última vez a mis hijos y salgo de casa de mis padres, pasando por delante de Mario. Bajo las escaleras y espero a que abra el coche, sin mediar palabra.
En cuanto lo abre, me monto en el asiento del copiloto y me pongo el cinturón, esperando a que arranque. Pasan unos segundos, y mi marido no hace ademán de mover ni un dedo. Ladeo la cabeza para mirarlo; él mantiene la mirada fija en la mía, apretando la mandíbula.
—¿Qué? —le pregunto.
—¿Cómo que "qué"? Joder, María. Que es nuestro primer aniversario de casados. Deberías estar contenta de que lo vayamos a celebrar, y más parece que te llevo a la guerra o algo así. Si no quieres ir, lo dices y punto.
—Pues vale.
—¿Vale qué?
—Que hagas lo que te salga de los huevos, Mario. Siempre lo haces.
—Más bien serás tú la que últimamente siempre se sale con la suya.
—Menos hoy.
Mario aprieta el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Agita la cabeza, cabreado, y arranca el coche mordiéndose la lengua. Yo cruzo los brazos y miro por la ventana, secándome una lágrima que acaba de escapar.