12. El evento solidario

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Estoy sancionado

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Estoy sancionado.

Hasta el jueves sin entrenar.

Y Giulano también. En eso el míster ha sido muy estricto: sin querer saber la razón por la que nos hemos peleado, nos ha castigado a los dos.

Menudo gilipollas tiene por hijo. Lo que ha dicho de María ha sido ruin y rastrero. No he podido evitar pegarle cuando lo he escuchado hablar así de ella. Y poco se ha llevado para lo que yo pretendía. Suerte ha tenido de que nos separaran.

María.

Pienso en ella y todo mi cuerpo se revoluciona. Tenerla entre mis brazos ha sido el paraíso, pero también el infierno, porque después de haber estado con ella quiero más, la deseo todavía más. Quiero tenerla en mi cama desesperadamente.

Le doy un sorbo al botellín de cerveza que tengo entre las manos. Me paso los dedos por el cuello y resoplo un par de veces. Mi móvil no deja de sonar y lo llevo ignorando desde ayer. No tengo ganas de que nadie me caliente la cabeza.

Pero parece que no voy a tener tanta suerte, porque el timbre de la puerta suena un par de veces con bastante insistencia. También querría pasar de él, pero cuando alguien llama así es que pasa algo.

Voy a abrir y me encuentro a María al otro lado de la puerta. Trago saliva cuando mi mirada se detiene en su atuendo: un vestido corto de color negro con algunas vetas rojizas, cuyo escote no esconde esas tetas tan maravillosas que se desbordan por él. Me relamo los labios al mirarla, aunque su expresión es de puro enfado.

Y aun así, tan molesta como parece estar, está guapísima.

—¿Tú para qué quieres un móvil? —me pregunta muy cabreada—. Llevo llamándote todo el día.

—Paso de llamadas —le contesto, dándome la vuelta para volver al comedor, escuchando sus pasos tras de mí.

—¡No me digas! ¡No me había dado ni cuenta! Venga, Mario, dúchate y mueve el culo, que tenemos menos de una hora para irnos.

—¿Irnos? —la miro confundido, porque que yo sepa no he quedado con ella para ir a ningún sitio.

—El evento solidario de Valdecabañas. ¿O no te acuerdas?

—Ah, eso. Paso. No pienso ir. Que vaya otro.

Me dejo caer sobre el sofá y cojo el mando de la televisión, pero su cuerpo me impide ver la pantalla. Bajo la mirada hasta sus preciosas piernas, recordando lo bien que encajaban cerca de mi cintura.

—No, no pasas, porque te esperan a ti. Te comprometiste, dijiste que sí y vas a ir... ahora —afirma con rotundidad, cada vez más enfadada.

—No.

—Sí, Mario. No me cabrees. No me has visto realmente enfadada y, créeme, no te va a gustar.

—María, vas a necesitar algo más que amenazas para sacarme de aquí, así que no te esfuerces, preciosa, porque...

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora