Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
—¿En qué? —me sigue preguntando, y pone su mano sobre mi muslo, empezando a acariciarlo suavemente.
—En que... —mi voz se vuelve más baja, ronca—, que aunque dijimos que iríamos a esa puta fiesta, lo que de verdad me apetece es llevarte a mi cama y follarte hasta que sea de día que para eso te quedas a dormir conmigo.
—Pues tendrás que aguantarte un ratito más. Para eso te dicen el Muro, por lo mucho que aguantas.
—Te advierto que te vas a correr tantas veces que vas a perder hasta la cuenta de los orgasmos que voy a darte.
—No seas tan arrogante, Mario.
—Ya me lo dirás cuando tenga mi polla bien hundida en tu coño.
María se sonroja. No me contesta, solo deja escapar un plácido suspiro de su boca. Durante todo el camino no he podido apartar la mirada de sus piernas. Me desconcierta: me dijo que se iba a poner un vestido, pero al final lleva falda y chaqueta. Y aun así, está preciosa. Hay algo en la manera en que se mueve, en cómo la tela de su falda roza sus piernas, que me deja sin aliento y me hace sentir un calor que sube desde el pecho hasta la cabeza.
Dejamos el coche varias calles más atrás; ya no queda sitio libre, así que supongo que Saúl habrá invitado a más gente de la que me dijo. Caminamos juntos por la acera, cerca de la calle iluminada por las farolas, y no puedo evitar acercarme un poco más a ella.
—¿Tienes mucho frío, pecosa? —La abrazo para protegerla, y siento cómo tiembla en mis brazos. Su cuerpo se amolda al mío de manera perfecta, y el calor de su piel me invade, cálido y suave.
—En tus brazos no tengo tanto —me dice ella con una dulzura que me mata.
—Ya llegamos, preciosa. Aunque si me hubieras dejado llevarte a mi casa, no tendrías este frío... Estaríamos ahora mismo los dos en mi camita, desnudos, con la calefacción puesta, comiendo fresas con nata...
—¡Eres un caso, Mario! —me dice ella abrazándose más a mí—, pero vaya, que las fresas me las puedes dar mañana para desayunar.
—Tú vas a ser mi desayuno, pecosa, las fresas son para acompañar.