Sus brazos estaban adoloridos, puestos en un ángulo incómodo mientras colgaban desde el techo gracias al par de cadenas oxidadas que se apretaban en sus muñecas y ya las dejaban amoratadas.
La sangre ahora seca que había salido de la herida causada por el golpe en su nuca se sentía como una molesta costra que le incomodaba cuando trató de mover el cuello.
No podía ver nada, ¿Tenía los ojos vendados? No, solo era que todo estaba oscuro.
Soltó un suspiro hastiado, sin perder la calma. No era la primera vez que pasaba por eso. Cerró los ojos un momento retrocediendo unos cuantos años, cuando tenía diecisiete.
***
Estaba parado entre todos esos sujetos con caras estiradas y trajes aburridos, como siempre. Ya llevaba cinco años haciendo lo mismo, tal vez no con las mismas personas, pero sí el mismo trabajo.
— Ya saben qué hacer. Quiero que me traigan a ese imbécil devuelta. Lo quiero vivo —su jefe estaba furioso, ladró la orden dando un golpe en la mesa haciendo que la copa de vino encima se diera vuelta.
Uno de los honorables trabajadores se había robado el botín de una misión. Casi mil dólares. No era mucho en realidad para el rubro en el que se desempeñaban, casi nada en realidad, pero lo importante ahí era el hecho de que se había largado con algo que no le pertenecía a nadie más que el maldito jefe de mierda que se daba aires de grandeza. Por su culpa ahora tendría que pasar toda la noche sin dormir, y a él no le pagaban horas extra, es más, podría decir que con suerte le pagaban.
— ¡Sí! —los más de veinte idiotas ahí estaban obligados a contestar así fuera con una sílaba. Era peor si callabas.
Se dividieron en grupos de cuatro y se repartieron en los lugares que el sujeto siempre frecuentaba. Buscaron en bares, callejones, algunos incluso ingresaban a las casas sin importarles si había gente dentro.
El grupo de Río lo encontró en una estación de buses de mala muerte, de esos que te dan la confianza en que tu destino sería directo al cielo gracias al excelente servicio. Qué bueno que en ese sitio solo estaba el tipo que repartía los boletos y el bus con cinco valientes personas dentro a punto de partir.
Uno de sus compañeros puso su mano sobre el hombro del ladrón y lo apretó con fuerza tras su espalda. El pelinegro podía imaginar el sudor corriendo por su nuca hasta la mitad de sus escápulas.
Solo quería terminar eso rápido. Si lo iban a matar de todas formas era mejor que lo hicieran ahora. Río se lo quitó de las manos a su compañero y lo arrastró al callejón vacío detrás de la estación. La oscuridad de la noche le daba un buen toque tétrico a su presencia huesuda.
Antes de que el otro pudiera siquiera replicar Río le rompió la nariz con un certero golpe. Y siguió, y siguió, y siguió. Hasta que el tipo que no tenía las agallas para nada más que robar le suplicaba entre gárgaras de sangre que por favor parara. Y Río se detuvo, cuando después de darle el último puñetazo le tomó la cabeza con ambas manos y dando un tirón hacia arriba y el lado con brusquedad le rompió el cuello.
Sus compañeros no intervinieron, sabían que cuando se le metía una idea en la cabeza a ese flacucho nadie podría sacársela y sería como un grano en el culo el solo intentarlo. Recogieron el cadáver del sujeto, la mochila deteriorada con todo el dineral dentro, y cogieron el brazo del menor, quien no se quejó dejándose arrastrar.
Cuando llegaron ante su jefe tiraron el cuerpo frente a él y la mochila. Dejaron al muchacho solo frente al adulto y retrocedieron unos cuantos pasos antes de ponerse firmes.
— ¿No te dije que lo quería vivo? —el hombre robusto tiró el humo del puro que estaba fumando en su cara. Repitió la pregunta ante la falta de reacción del niño— ¿No te dije que lo quería vivo?
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DRAGONES (Borrador)
FantasiRío trabajó durante casi toda su vida bajo las órdenes de la mafia creando así una personalidad un poco retorcida. El peor error que pudo cometer un día dejándose llevar por la avaricia fue robarle a su propio jefe, con quien saldó la deuda cuando l...
